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MEMORIAS

J. R. Moehringer: El bar de las grandes esperanzas

domingo 01 de noviembre de 2015, 20:46h
J. R. Moehringer: El bar de las grandes esperanzas

Traducción de Juanjo Estrella Duomo. Barcelona, 2015. 464 páginas. 19,8 €. Libro electrónico: 9,99 €

Por Francisco Estévez

Tras calentar manos en los rotativos del New York Times y Los Angeles Times el reconocimiento nacional llegó a J. R. Moehringer con el premio Pulitzer por un reportaje sobre comunidades aisladas de la profunda Alabama en el 2000. En nuestros pagos es conocido por la redacción de la incisiva biografía de Andre Agassi, donde reconstruye con brillante brío la conflictiva vida del polémico tenista. Open. Memorias (2009) se ha mostrado como uno de los últimos éxitos literarios y no poco se debe al mérito de su negro literario (la presencia de la firma de Agassi en los créditos tiene más de vanidad que de autoría real). El periodista y escritor es capaz allí de transustanciar una posible anécdota biográfica más de bar sobre una vida jugosa y dispar en noble artesanía con digno vuelo literario.

No fue aquel raquetazo de suerte, el neoyorquino ya había escrito su gran texto en 2005, The tender Bar, que a nuestras tierras llega gracias al fuerte tirón de ventas de Open. ¡No hay bien que por best-seller no venga! Pero solo una a veces errónea manía de adaptar los títulos desvirtúa un tanto el original The tender Bar al mutarlo en El bar de las grandes esperanzas. ¿Cuándo entenderán algunos que el título es cifra y llave de todo el mundo que encierra y atesora el libro? Aquí el peso objetivo, focalizado en la construcción de la personalidad, que se observa en el título The tender Bar queda difuminado por ese eco ilusionante de Charles Dickens y sus Grandes esperanzas que retumba en su adaptación al español, El bar de las grandes esperanzas. La forma de acercarse al libro será bien distinta por el lector sensible. Su disposición cambiará ya que el acento cae solo del lado amable de las posibles lecturas del libro. Ello aminora cierto amargor latente y disminuye un tanto su carga dramática al marcar énfasis en la parte dulce del recuento infantil de las memorias, acaso la más lograda, con pasajes hipnóticos y de justo trazo. Pero desvía el foco de otra buena parte del libro.

Estas memorias nos presentan al niño que fuera Moehringer en busca de un padre ausente, la sustitución por otros modelos masculinos donde el bar común se muestra como verdadero filón. El análisis quirúrgico de la cultura del bar en su cautivadora introspección es capaz de desbordar ese pequeño límite espacial al brindarle una dimensión más universal. El camino lector y escritor de aquel niño de mirada analítica y entrañable seducirá al lector con anécdotas de muy variado tono pero casi siempre de un valor destacable. El camino de adulto le obliga, cómo no, a tomar posición en el mundo tras una época de visita obligada a los infiernos y cielos de esa juventud que rápida se escapa de entre los dedos.

Un observador conspicuo revestido de sensibilidad -ese ideal de lector al que debemos tender- considerará estas memorias como una valiente decisión de conocimiento a través de la escritura, por encima del cierto empuje de estudio sociológico y de inquietante análisis del hombre moderno en busca de sus modelos y su lugar en el mundo. La sencilla pero trabajada prosa de Moehringer es una saeta y a veces incluso un mortero que taladra la conciencia posmoderna. Ya habíamos saboreado en Open un buen trago de ironía, dulcificado por la humildad y entreverado con gotas de discernimiento humano. Aquel coctel gana aquí en profundidad y el retrogusto es una voluntad de descifrar ese misterio intangible del alma humana, siempre insatisfecha, tal vez curiosa, pero siempre sedienta de fuertes licores y nuevas ambrosías. Por ello extraña o no la sedienta paradoja que al final muestra su protagonista en su decisión de abandonar la bebida. Algunos siempre tendremos en la punta del recuerdo a ese malogrado Max Estrella de Luces de bohemia (obligada visita a todo dipsómano lector) quien ya sabía que el espejo está siempre en el fondo del vaso.

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