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Instagram no es la vida real: el caso de Essena O’Neill

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
martes 03 de noviembre de 2015, 20:14h

Parece una obviedad: Instagram no es la vida real. Las redes sociales, en general, son fragmentos de una vida que se exponen con la intención de causar una reacción concreta en el receptor y que se disponen, se acentúan o, directamente, se crean en base a ese efecto determinado que se espera recoger. ¿Es necesario abordar la evidencia? Quizás sí. Para quienes no somos nativos digitales, las redes sociales han llegado a una vida que ya era vida antes de los likes, los followers y los ‘favs’. Pero para esos que han aprendido a relacionarse con ellas como vehículo normalizado, la cosa es distinta y, a ratos, siniestra. Suelo intentar abordar los cambios socioculturales en el contexto concreto en que ocurren; y es un tema recurrente en algunos de mis círculos. Mis padres jugaban siempre en la calle, yo combiné el corro de la patata con las videoconsolas y ahora un niño de dos años te pide que le pongas el Candy Crash aunque apenas atine a pronunciarlo. El cambio es inevitable y siempre encontraremos ejemplos similares en generaciones anteriores, pensando que la nuestra no sufrió perjuicio alguno por aquello que a nuestros abuelos les parece el tristísimo fin de cualquiera de sus realidades. Y aún así, la última denuncia de la modelo australiana Essena O’Neill me hace pensar en si la realidad digital se nos está escapando de las manos.

O’Neill tiene 18 años y, hasta hace una semana, más de 700.000 seguidores en su perfil de Instagram, un puñado de fotografías con todos los tópicos atribuibles a las chicas ‘cool’ de la Red: deporte, playa, amigas, amor por los animales, dieta ‘heatlhy’ con alguna canita al aire con la comida basura –una especie de ‘mira, soy humana’-, y estudiadas muecas de las de ‘salgo increíble aunque intente ponerme fea’. Bien, pues la guapa, exitosa y millonaria joven ha explotado. Y lo ha hecho de una forma, cuanto menos, curiosa. Primero, ha anunciado que abandonaba todos sus perfiles de las redes sociales aludiendo que “no son la vida real”. Segundo, ha borrado más de 2.000 fotos de su perfil de Instagram. Tercero, ha editado los textos que acompañaban a muchas de sus entradas en la red social, explicando la “realidad tras la foto”. Y cuarto, ha creado una web, www.letsbegamechangers.com, en la que justifica su nueva postura y predica lo que, según ha descubierto, es la vida: cuidado del medio ambiente, veganismo y salud física y mental.

Claro está que el de la modelo australiana es un caso extremo, que empezó a gestionar su imagen en redes sociales a los trece años y con 16 ya recibía importantes sumas de dinero –según ella misma ha confesado- por subir una foto vestida con una marca de ropa determinada o tomando una bebida concreta. Sin embargo, a través del extremo podemos hacernos una idea de cómo afecta un uso descontrolado de las redes sociales, sobre todo en el caso de menores de edad. Cuenta O’Neill que el refuerzo externo a través de las redes sociales empezó a funcionar como una droga, y que la necesidad de obtenerlo –mediante likes o comentarios positivos- condicionaba su vida: una foto que pretende expresar un momento espontáneo y divertido y que es en realidad el resultado de repetir una y otra vez el disparo, a veces a costa de discusiones y enfados con quien sostiene la cámara (esto siempre me ocasionaba una duda acerca de las fotos que, sin ser selfies, pueblan hasta el colapso los perfiles de mucha gente; duda aclarada: responde a no tener la más mínima vergüenza explotar a un tercero para cubrir las necesidades de tu ego; gracias, Essena); la dependencia de los números -¿sólo cien likes? ¿un unfollow?-; o la presión de publicar jugando en contra del disfrute real del tiempo. Para ser justos, la aceptación y la reafirmación de uno mismo en base a terceros es un comportamiento humano mucho anterior a la irrupción de Internet, sobre todo en momentos convulsos como la adolescencia. ¿Quién no ha falseado en algo su persona para encajar en un grupo, para recibir la aprobación de alguien? Sin embargo, con las redes sociales entran en juego factores como la inmediatez, el anonimato, la distancia, el feedback o la globalidad, que incrementan el impacto de dichas conductas y las hacen más tendentes a una obsesión, ya sea ligera o dramática.

Hay otro aspecto de la revelación de O’Neill que no hay que dejar pasar: la instrumentalización económica. Nos hemos acostumbrado a que personajes famosos anuncien productos en los medios convencionales y nuestra percepción sobre esos productos ya no es tan influenciable cuando el contrato millonario entre empresa y anunciador es evidente (aunque siga siendo rentable para la imagen de marca). Tampoco es un secreto ya que las ‘celebrities’ cobren por incluir en sus redes sociales –esos espacios en los que comparten supuestamente su vida personal y privada- determinadas firmas y conductas, como los jugadores de fútbol conducen coches concretos y calzan deportivas de una marca u otra. Pero ahora, el mundo empresarial busca nuevos talentos, ojo avizor en las redes para aprovechar cualquier reducto de audiencia que pueda consumir sus productos por imitación de la supuesta vida espontánea y natural de cualquiera que tenga tirón por h, b o ciencia infusa en la Red.

Pero lo más llamativo de la historia de ensueño y amargo despertar de Essena O’Neill es su modo de redención. No basta con anunciar su retirada. La modelo retransmite su ‘nuevo yo’ en vídeos diarios que cuelga en su recién estrenada web. En el último, publicado este lunes, una emocionada O’neill agradece los mails recibidos, esos en los que muchas personas aplauden su osadía, su buen hacer y su determinación para denunciar la presión a la que pueden terminar sometiendo las redes sociales a sus usuarios. La modelo es un mar de lágrimas que parecen fruto del alivio: ‘Menos mal, la gente me sigue queriendo’; como si hubiera estado pasando el mono y la última e inesperada dosis le hubiera reconfortado hasta la extenuación. El exhibicionismo y la necesidad de un refuerzo exterior masivo e informe siguen ahí. ¿Será que no hay cura para esta enfermedad?

Laura Crespo

Redactora jefe de El Imparcial

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