En una sociedad como la que vivimos, cuesta imaginarse o entender el mundo de hace medio siglo. Para los jóvenes especialmente, algunos hitos de esa época aparecen como reliquias de un pasado tan lejano como ignoto: el Muro de Berlín lo conocieron cuando ya estaba en el suelo, el Che Guevara parece más artículo de
merchandising que el líder de una revolución, si han conocido Praga es para contemplar sus bellezas y no para ver a tanques ignominiosos y temerosos de la libertad.
Para los mayores en cambio, la década de 1960 son años de referencia, seguramente entrañables y marcados por la sensación de estar viviendo una época especial, definitiva, llena de vida y de historia. Los Beatles eran un grupo que se disfrutó en tiempo presente, como la lucha de Martin Luther King emocionó a tantos que soñaban con aquel líder en una sociedad diferente. El asesinato de Kennedy fue noticia de prensa, no de libros de historia; la llegada a la Luna demostró que la tecnología y la conquista del Universo eran una realidad creciente y maravillosa.
Todo esto tenía realidades diferentes en cada país y continente: en América Latina se respiraban aires revolucionarios, que podían extender el socialismo desde la Revolución Cubana triunfante en 1959 a otros tantos países donde se pensaba que ese era el curso irreversible de la historia. En Europa los símbolos eran otros y marchaban en direcciones no siempre claras: la lucha contra Franco en muchas universidades españolas, que coexistían con una España en que las condiciones materiales mejoraban considerablemente; París se convertía en el centro de la rebelión juvenil en mayo de 1968, aunque terminaba con un De Gaulle fortalecido; el mundo detrás de la Cortina de Hierro comenzaba a observar algunas grietas que se mantenían en silencio mediante un férreo control estatal. En África, por mencionar una zona que vivía su propia historia, la liberación y la independencia era un proceso que había tardado décadas, pero que llegaba con más esperanza que resultados positivos en materia de desarrollo social y económico para sus pueblos.
La década de 1960 tenía sus complejidades en materia de paz mundial y la experiencia de la Guerra Fría. Uno de los momentos más impactantes del enfrentamiento entre los Estados Unidos y la Unión Soviética se produjo precisamente en estos años, con la llamada "crisis de los misiles" de 1962. La misma Revolución Cubana y su impacto en el continente llevó a desarrollar una categoría que podríamos denominar, con Tanya Harmer, la Guerra Fría Interamericana. Un caso más, de gran impacto, fue el desarrollo de la Guerra de Vietnam, tanto por lo que significó como proceso para USA y para el país asiático como por las repercusiones que tuvo en el mundo entero, convertido en símbolo de la "lucha antiimperialista" o de la extensión que tenía el conflicto de las superpotencias.
Un aspecto que no se puede dejar de mencionar es que se trató de una década juvenil, por las diversas expresiones que tuvo una cultura de ruptura generacional y de irrupción de los jóvenes universitarios en el debate político y social en diversos lugares del mundo. Una canción muy popular en su tiempo,
La puerta de Alcalá, tiene unos versos que conviene recordar para el caso español, pero cuyas circunstancias se repitieron en otras partes:
Todos los tiranos se abrazan como hermanos
exhibiendo a la gente sus calvas indecentes
manadas de macantes, doscientos estudiantes
inician la revuelta, son los años 60.
Y ahí está, ahí está, la Puerta de Alcalá.
Ahí está, ahí está
viendo pasar el tiempo la Puerta de Alcalá.
Lo que valía para España tenía sus expresiones propias en Berkeley o París, así como en Santiago de Chile o México. La cultura juvenil y sus expresiones son una prueba elocuente de la originalidad de la década, y sin duda requiere un tratamiento especial y una comprensión mayor, con todo lo que tenía de rebeldía y contestación, así como con sus fracasos, vacilaciones e incluso contradicciones. Por otra parte, un balance de la década recela de su carácter revolucionario desde una perspectiva política, y ve más bien la imposición de otras tendencias que permanecerían en el largo plazo.
En este sentido, resulta interesante el análisis de Hobsbawm en su autobiografía,
Interesting times. A Twentieth-Century life (Londres, Penguin, 2002). Entre otras cosas, ilustra cómo las grandes cosas de esos años podían no ser la destrucción del capitalismo o los regímenes políticos corruptos, sino que la destrucción de los patrones tradicionales de las relaciones entre la gente y el comportamiento personal
dentro de la sociedad existente, en lo que sería una clara contradicción con el marxismo, que aspiraba precisamente a la destrucción violenta del orden social existente, según confesaba Marx al final del
Manifiesto Comunista. Casi irónicamente el historiador, que hizo su vida intelectual en Inglaterra, afirmaba que se puede argumentar que el índice realmente significativo de la historia de la segunda mitad del siglo XX no fueron la ideología o las ocupaciones estudiantiles, sino la marcha delante de los
blue jeans. A esto podríamos agregar la revolución sexual, especialmente con la llegada de la píldora anticonceptiva, como otra manifestación de una transformación que se distanciaba de la política ideológica o partidista, pero que cambiaba la sociedad de una manera relevante.
Es que la década de 1960, desde los más diversos ángulos, resulta realmente atractiva de revisar históricamente, así como fue apasionante para sus contemporáneos. Se trata de una década con “personalidad”, plagada de contradicciones, pletórica de anuncios de un mundo por venir, que no siempre veían resultados coherentes en la realidad. Adicionalmente, si se miran con perspectiva los resultados históricos, efectivos, de las décadas de 1970 y 1980, con seguridad fueron muy distintos a los soñados en las barricadas de París, los patios de Berkeley y la sierra de Cuba. En definitiva, la historia es veleidosa y la libertad humana siempre da sus sorpresas.
Sin perjuicio de ello, es necesario comprender el valor generacional de la década de 1960, así como volver con interés a esos años. Y se podrá concordar con la reflexión de Tony Judt en su extraordinario
Postguerra. Una historia de Europa desde 1945 (Taurus, 2012, Séptima edición): "Los momentos de gran trascendencia cultural a menudo sólo se aprecian desde la retrospectiva. Los años sesenta fueron distintos: la importancia trascendente que sus contemporáneos asignaron a su propia época -y a ellos mismos- constituyó uno de los rasgos peculiares de este periodo".
Otra razón para volver a los años 60.