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ENTRE ADOQUINES

En absoluta desconexión

miércoles 11 de noviembre de 2015, 20:37h
Caminaron hasta la parte más recóndita e inaccesible del bosque en busca de setas, pero en lugar de hongos con sombrero lo que encontraron fue un hombre que no parecía estar en muy buenas condiciones de salud. Los dos excursionistas italianos que caminaban por la boscosa zona de la Maremma, en la Toscana, se acercaron a él para interesarse por su estado y ofrecerle ayuda. Sin embargo, el hombre - que se identificó como Carlos Sánchez Ortiz de Salazar, de nacionalidad española - aseguró no necesitar nada. Rectifico: lo único que necesitaba era, en realidad, que le dejaran en paz. En completa soledad, como llevaba viviendo las dos últimas décadas, desde que un buen día salió de su casa sevillana de Cazalla de la Sierra y no volvió a dar señales de vida. Igual que un maldito truco de magia: ahora está, ahora no está. Tenía entonces 26 años, se había licenciado en medicina y psicología, padecido una profunda depresión y, por supuesto, los motivos para esfumarse sin dejar siquiera una nota para su familia únicamente él los conoce. “Soy español, me llamo Carlos y vivo aquí desde hace veinte años”, cuentan los excursionistas que les dijo el hombre a la vez que les mostraba su ajado carnet de la Facultad de Medicina de Sevilla, antes de añadir: “Me habéis descubierto y ahora tengo que escapar”.

Nos creemos que hoy el mundo se ha hecho demasiado pequeño para esconderse, que ya quedan poquísimos lugares en los que cavar un agujero lo suficientemente profundo para agazaparse en él y que nadie te encuentre. Estamos convencidos de que cualquier movimiento deja un rastro digital o es captado ipso facto por un sofisticado satélite. Que cualquiera puede capturarte con la cámara de su móvil o reconocerte a través de las imágenes distribuidas en los medios de comunicación de todo el mundo por quienes te buscan. Que se terminó con la madre de todas las desapariciones, ese terrible “se fue a comprar tabaco”; y que solo haciéndote con una nueva identidad – incluido un rostro transformado para burlar los programas de reconocimiento facial -, evitando dejar rastros de ADN o huellas, podrás estar “a salvo”. En definitiva, que las nuevas tecnologías han acortado al mínimo las distancias, alumbrado las sombras, destapado los agujeros. Y, sin embargo, casos como este sin duda extraordinario de Carlos Sánchez, llevan a reflexionar sobre lo poco que en la actualidad nos preocupamos por saber quién es la persona que vemos cada día en el mismo sitio, sola, con la mirada perdida. De dónde viene o si hay alguien que lo está buscando.

Porque aunque ahora la resurrección de Pablo – declarado oficialmente fallecido el 23 de abril de 2010 – nos parezca increíble, lo cierto es que los vecinos de la zona y miembros de la Guardia Forestal sabían de su existencia. Llevaban años viéndole merodear por allí y hasta describen el pequeño huerto que el desconocido había sembrado o el precario sistema construido para aprovechar el agua de lluvia. Es de suponer que lo comentarían entre ellos a la hora del café, pero también que luego lo olvidarían nada más emprender sus tareas cotidianas. Nadie le preguntó su nombre, de dónde había salido, si tenía para comer o pasaba frío. Y esto, como la mayoría de las cosas, tiene su lado bueno y su lado malo. De una parte, nadie tendría que dar explicaciones sobre su pasado o su forma de vida; de otra, las redes sociales amenazan con dejar por completo de lado las interpersonales, esas que se tejen a pie de calle.

El llamativo caso de Carlos Sánchez pone de relieve, por otra parte, que también en la mayoría de las situaciones suelen confrontarse dos derechos igualmente válidos y comprensibles. Porque en una desaparición voluntaria, con independencia de los motivos o circunstancias, a la libertad del que elige poner tierra de por medio se contrapone el derecho de una familia a saber que su pariente no ha desaparecido a causa de un violento crimen, que sigue vivo y, más o menos, a salvo, a pesar de que no quiera volver a hablar con ellos. Después de que los excursionistas decidieran llamar a la policía y la prensa local publicase la historia del ermitaño español, la noticia llegó a los periódicos nacionales y una asociación dedicada a buscar personas desaparecidas se puso en contacto con los padres de Carlos. Resulta difícil imaginar el impacto, las prisas con las que viajaron al país transalpino para tan ya inesperado reencuentro. Cuando por fin llegaron al bosque toscano, solo lograron ver el destartalado refugio donde había vivido su hijo. Carlos había desaparecido por segunda vez, probablemente sin llegar a leer las palabras que su madre – dicen que nadie te conoce mejor que quien te dio a luz – había repetido incansable a la prensa: solo quería abrazarle, saber que estaba bien. Y después lo dejaría “tranquilo”. En total desconexión del mundo, al resguardo de inoportunos buscadores de setas.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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