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FORO DE LIBERALISMO

Manifiesto liberal 2015

jueves 12 de noviembre de 2015, 10:08h
El pensador español José María Méndez, Presidente de la Asociación Estudios de Axiología, firma este texto en defensa del liberalismo, escrito para animar el Foro de Liberalismo que tendrá lugar los días 18 y 19 de este mes de noviembre en el Colegio de Doctores y Licenciados de Madrid.

Las leyes de la oferta y la demanda producen desigualdad

¿Por qué las diabólicas leyes de la oferta y la demanda hacen que un excepcional tenor, soltero, rico por su casa y mala persona, gane veinte veces más que un cantante mediocre, sin más recursos que su trabajo, casado, con diez hijos, los padres a su cargo, y además excelente persona?

Por dos principios de libertad y dos hechos de la naturaleza.

Principio de libertad para la oferta. Cualquiera que crea que puede ganarse la vida cantando, que lo intente sin trabas ni impedimentos
Principio de libertad para la demanda. Cualquiera que guste de la Opera, que gaste su dinero oyendo al cantante que prefiera, sin trabas ni impedimentos.
Hecho de la naturaleza para la oferta. De 100 tenores, sólo 2 o 3 son excepcionales. En cambio los mediocres son los 98 o 97 restantes.
Hecho de la naturaleza para la demanda. De 100 oyentes, al 95% le gusta más el cantante excepcional que el mediocre. Sólo un 5% no distinguen entre uno y otro.

Si respetamos la naturaleza y los dos obvios principios de libertad, es fácil comprender por qué se produce la gran injusticia de que el tenor excepcional -al que ya le sobraba el dinero- gane veinte veces más que el tenor mediocre -al que no le llega el dinero para sacar adelante a su numerosa familia-.

Igualdad y Suficiencia

Entre los valores éticos más urgentes o elementales destacan la Igualdad y la Suficiencia. En el lenguaje ordinario mucha gente los engloba sin más bajo la inadecuada palabra Justicia. Propiamente se trata de valores de Respeto, que es un concepto previo al de Justicia. Con todo, para facilitar una fácil y rápida comprensión de lo que sigue, respetaremos el lenguaje vulgarmente admitido, y emplearemos con frecuencia las palabras justicia y justo, o la expresión economía justa. Pero siempre ha de entenderse que en rigor estamos hablando de los valores éticos de Igualdad y Suficiencia, que brevemente exponemos a continuación, y que hay que suponer ubicados en una escala axiológica mínimamente seria.

Igualdad. Todas las personas humanas tienen en principio la misma dignidad y los mismos derechos. Todos somos iguales ante la ley, o al menos así debiera ser. Como espíritus pensantes y libres todos valemos lo mismo. Este es el valor más bajo y elemental que llamamos Igualdad. En su dignidad esencial, las personas son estrictamente iguales, con igualdad aritmética, como decían los antiguos.

Suficiencia. No todas las personas tienen las mismas necesidades básicas, dejando aparte las superfluas. No todos tienen la misma edad, el mismo sexo, la misma salud, las mismas dotes intelectuales y físicas, los mismos gustos y aficiones, ni las mismas situaciones familiares o sociales. Pero todos debieran tener un mínimo de necesidades básicas cubiertas. Desde Beveridge se suele usar la palabra inglesa Welfare, o la española Bienestar. Se suelen citar siete necesidades elementales: alimentación, vestido, vivienda, transporte, sanidad, enseñanza elemental y prestaciones sociales. Con expresión que sigue siendo precisa, la Suficiencia exige una igualdad geométrica o proporcional.

Hemos escogido el ejemplo de los dos tenores para que sean más obvios los dos principios de libertad y los dos hechos de la naturaleza que se cruzan en las discusiones sobre una economía que debiera ser justa pero no lo es.

¿Cómo lograr una distribución económica justa?
Vamos a usar la palabra socialismo en su acepción más amplia posible. Y lo definimos como la pretensión de obligar indirectamente a la naturaleza a ser justa. Se supone que es posible conseguir una economía justa limitando de un modo u otro los dos principios de libertad para la oferta y la demanda. Pues es obvio que alterar los hechos de la naturaleza para la oferta y la demanda está fuera de las posibilidades humanas.

Por muy diferentes que hayan sido los medios propuestos por los diversos socialismos, el fin siempre ha sido el ideal de que el tenor mediocre y más necesitado gane más que el tenor excepcional y menos necesitado. A cada cual según sus necesidades, como tantas veces se ha dicho.

Las ecuaciones de Walras-Pareto

Estas ecuaciones fueron formuladas hacia 1870 por matemático francés León Walras (1834-1910). Se planteó esta cuestión económica: ¿cómo es posible que millones de decisiones ciegas, guiadas sólo por el deseo de vender lo más caro posible y comprar lo más barato posible, produzcan el milagro de una solución, como son los precios estables que observamos en todos los mercados?

Y pacientemente acabó por encontrar la respuesta exacta. El inmenso sistema de ecuaciones que eso supone tiene solución, y además única, porque el número de ecuaciones es igual al número de incógnitas. Son conocidas como ecuaciones del equilibrio general. En rigor, el ejemplo de los dos tenores no es sino la simplificación al máximo de la hazaña intelectual de Walras. Tiene en economía una cierta semejanza con la proeza de Newton en física. Este unificó en una misma teoría el movimiento de los cuerpos en la superficie terrestre con el movimiento de los astros en el cielo. Walras unificó de manera semejante todas las múltiples observaciones certeras, aunque siempre parciales, que habían hecho los economistas que le precedieron.

El trabajo de Walras tenía sin embargo un defecto estrictamente matemático. Las funciones de demanda de productos finales eran tratadas con números cardinales. Pero no hay manera de definir una unidad de valor económico, válida para todos los consumidores. El ingeniero suizo Wilfredo Pareto (1848-1923) substituyó las funciones cuantitativas de Walras por funciones ordinales. Introdujo sus famosas curvas de indiferencia y preferencia. Y pudo probar que con esta corrección el equilibrio general seguía en pie. Por eso se suele hablar de ecuaciones de Walras-Pareto.

Estas ecuaciones forman parte de nuestro conocimiento sobre la naturaleza, lo mismo que las ecuaciones de Maxwell sobre electro-magnetismo, o los hallazgos más recientes de la física cuántica.

Y sin embargo hay una gran diferencia en la actitud humana frente a la naturaleza en lo económico y en lo físico. En lo físico aceptamos las ecuaciones de Maxwell como son. Y gracias a ello hemos construido máquinas y artificios eléctricos que han hecho progresar enormemente a la humanidad en su bienestar material. No hemos intentado el absurdo de querer mejorar o corregir la naturaleza.

En cambio, en lo económico hemos tratado, y seguimos tratando, de forzar el libre funcionamiento de los mercados, para obligarles a que produzcan una distribución justa. Hemos sido tan insensatos que hemos creído que podíamos interferir o modificar las ecuaciones de Walras-Pareto, sin pagar las esperables y amargas consecuencias.

Forzar la naturaleza, aunque sea indirectamente, siempre sale mal

Obviamente no podemos forzar la naturaleza directamente. Pero sí de manera indirecta. Volviendo al ejemplo de los dos tenores, no podemos modificar los dos hechos de la naturaleza, pero sí limitar los dos principios de libertad. Es lo que ha buscado siempre todo tipo de socialismo: conseguir más justicia distributiva restringiendo la libertad de los agentes económicos. Se intenta el absurdo de obligar a la naturaleza a que sea justa.

El ejemplo más formidable de esta falaz esperanza ha sido la substitución de las ecuaciones Walras-Pareto por los famosos planes quinquenales soviéticos. La magnitud de problemas matemáticos abordados por primera vez en la historia tuvo un efecto favorable. Surgieron matemáticos de la envergadura de Kolmogorov, Banach o Kantorovich. Pero eso es lo único positivo que ha quedado de la inmensa tragedia humana que fue la Revolución Rusa.

Se confirmó el esperable fracaso de obligar a la naturaleza a ser justa. Sin duda el pastel, o PIB en la jerga aceptada, salía ya repartido de una manera más equitativa en una economía totalmente socializada. La distribución final estaba más de acuerdo con las necesidades objetivas de las personas o grupos. Pero el precio a pagar fue que el pastel a repartir era mucho más pequeño que el conseguido por la economía liberal. Se demostró que es imposible mejorar la eficacia de la naturaleza. El aprovechamiento de los recursos disponibles es siempre inferior en una economía planificada que en una economía liberal. Planificar la economía, total o parcialmente, es tanto como distribuir la miseria de modo justo. La Igualdad que se consigue es igualdad en el atraso. Y la Suficiencia que se logra es pobreza para todos. De hecho, ésta fue la causa decisiva por la que se vino abajo en 1992 el enorme gigante con pies de barro que fue la economía soviética enteramente planificada.

En la URSS se abolió la propiedad privada de los medios de producción. La pluralidad y variedad de empresarios privados fue substituida por un único y gigantesco empresario estatal. El desastre en que terminó la utopía del comunismo soviético nos recuerda que la iniciativa libre de la empresa privada es parte esencial de las ecuaciones de Walras-Pareto. Sin duda el estado debe vigilar para que no se produzcan monopolios ni monopsonios, o para que no se destroce el medio ambiente y se respete la ecología, o en otros casos parecidos. Debe limitar la libertad empresarial en situaciones de emergencia similares. Ha de establecer reglas de juego en algún mercado concreto, si los empresarios privados no lo consiguen. Pero el principio general tiene que ser la no intervención del estado. Restringir la libertad e iniciativa de los empresarios únicamente en casos de fuerza mayor, y por tanto siempre excepcionales. Una economía sana ha de ser liberal, ha de estar en principio a favor de la libertad, tanto en la oferta como en la demanda. Rechaza instintivamente la intromisión de los políticos en economía.

Recordemos que la palabra socialismo se toma aquí en su acepción más amplia posible. Y que lo definimos como la pretensión de forzar la naturaleza a ser justa.

Uno de sus extremos es el comunismo soviético o sus equivalentes, que podríamos designar como socialismo integral. En el extremo contrario podríamos situar el socialismo religioso. Es más bien teórico que práctico, pues sus promotores no suelen ser políticos sino clérigos de distintas confesiones o creencias.

Pero no vamos a perdernos ahora en la selva de las medidas más o menos nocivas para los mercados libres, y propuestas por las variadas doctrinas intermedias que se suelen etiquetar como social-democracia. Incluso los partidos que se autocalifican de conservadores o de derechas practican también un socialismo más o menos aguado. Volvamos al ejemplo de los dos tenores para centrarnos en lo esencial.

Es obvio que no podemos alterar los dos hechos de la naturaleza. No podemos variar la proporción entre cantantes mediocres y excepcionales. Como tampoco podemos impedir que a la gente le guste más oír a los excepcionales que a los mediocres. Lo único que podemos hacer es limitar de un modo u otro los dos principios de libertad. Y eso es siempre una pérdida social. El pastel a repartir se hace siempre más pequeño.

Por ejemplo, podemos decidir que el tenor excepcional actúe hasta un máximo de veinte veces al año, mientras que el tenor mediocre puede cantar incluso todos los días del año. Podemos decretar que las entradas para escuchar al tenor excepcional sean diez veces más caras que las del mediocre. Podemos imponer al tenor excepcional un impuesto del 90% de sus ingresos y al mediocre sólo del 10%. Etc., etc. Pero siempre disminuye el PIB. El tenor excepcional se retira y sólo canta para sus amigos. El nivel artístico de la Opera queda determinado por el mediocre y se empobrece.

Dicho de otro modo. Las ecuaciones de Walras-Pareto, o la libertad de los mercados, forman parte de la naturaleza. La libertad de los agentes económicos no es esencialmente distinta de la libertad de movimiento de las aves migratorias. Lo que se entiende por economía liberal, o economía de mercado con una expresión menos precisa, no es más que el elemental reconocimiento de que no podemos mejorar o superar en eficacia a la naturaleza, sino sólo rebajarla o estropearla. Todos los socialismos de todo tipo, sean de inspiración más o menos política o religiosa, han ignorado siempre esta obvia realidad, y la siguen ignorando.

Mundo de la naturaleza causal y mundo de la libertad y los valores

El hombre está compuesto de cuerpo y espíritu.

Por su cuerpo material, el ser humano pertenece al mundo de la naturaleza causal. La causalidad domina el mundo de la naturaleza. Las mismas causas producen siempre los mismos efectos en las mismas circunstancias. Y todo efecto tiene al menos una causa. No hay lugar para la finalidad. Nos puede parecer que el delfín hace su cabriola pensando en la sardina que le van a dar después. Pero la conducta del delfín es simple resultado de una domesticación previa. La finalidad no está en el delfín sino en su domador.

Por su espíritu, el hombre está inmerso en el mundo de la libertad y los valores. La tajante frontera entre ambos mundos es el lenguaje. El espíritu humano es a la vez pensante y volente; es una inteligencia capaz de razonar, y una voluntad capaz de proponerse valores fines y decidir sobre los medios adecuados para lograrlos. Para nuestra desgracia, la misma voluntad puede también proponerse antivalores como fines y decidir sobre los medios apropiados para conseguirlos.

La llamada vulgarmente Justicia social -o los valores éticos de Igualdad y Suficiencia con terminología más rigurosa- sólo puede conseguirse en el mundo de la libertad y los valores. Nunca puede ser un producto automático del libre funcionamiento de las leyes de la oferta y la demanda, en la medida en que éstas pertenecen al mundo de la naturaleza causal. El ejemplo de los dos tenores es bien claro al respecto.

Así pues, distingamos entre distribución económica, que tiene lugar en el mundo de la naturaleza causal, y redistribución axiológica, que debiera realizarse exclusivamente en el mundo de la libertad y los valores.

Como mejor funcionan las ecuaciones de Walras- Pareto es dando la mayor libertad posible a los agentes económicos. En una economía liberal, en que se limita la acción del estado a situaciones excepcionales, es donde el pastel resultante resulta mayor. Cierto que estará también mal repartido. Por fuerza es así en el mundo de la naturaleza causal, que es ciego a los valores. Este injusto reparto es precisamente lo que llamamos distribución económica. Pero la consideramos como algo provisional y remediable en el mundo superior de la libertad y los valores.

En efecto, nada impide superar a continuación ese defecto mediante una redistribución axiológica, que corrija las desigualdades previas. El respeto a la naturaleza y la prioridad del ciudadano sobre el estado -las dos columnas de una economía liberal- nos proporcionan el mayor pastel posible. Pero por muy mal repartido que esté, nada impide corregir luego ese defecto mediante la decisión libre de tomar los valores de Igualdad y Suficiencia como fines a alcanzar.

En realidad, el Welfare o Bienestar conseguido en nuestras sociedades occidentales después de la segunda Guerra Mundial es el ejemplo más a mano de redistribución axiológica. Ha sido una hazaña axiológica bastante mejor que el paraíso soviético. Se ha logrado mucho, aunque quede todavía mucho camino que recorrer. La mentalidad liberal -por desgracia más propia de anglosajones que de latinos, teutones o eslavos- ha sido de hecho la más benéfica para la humanidad, tanto al conseguir el mayor pastel en la fase de producción en mercados libres como al lograr una efectiva mayor justicia en la fase de redistribución axiológica.

Otro indiscutible progreso ha sido una Agencia estatal que controla los ingresos de todos los contribuyentes y establece tarifas progresivas sobre ellos. Denostar amargamente a los ricos jamás hará daño a los paraísos fiscales. Y tantas veces esa recriminación rezuma el veneno de la envidia o el resentimiento. En cambio, ponderar a los tycoons la belleza de la magnanimidad, o la grandeza moral del mecenazgo, es más inteligente y más acorde con su objetivo éxito empresarial.

La redistribución axiológica debe ser ante todo obra de la sociedad y no del estado. Mérito más de los ciudadanos que de los políticos. Son las personas las que deben proponerse los valores de Igualdad y Suficiencia como fines de su conducta. La redistribución axiológica oficial, llevada a cabo por poderes públicos, y sobre todo por el estado, no puede ser la única. De poco sirve, si la sociedad como tal es opaca a los valores. Los protagonistas principales de la redistribución axiológica han de ser los ciudadanos y no el estado. La nada-natural redistribución axiológica debe llevarse a cabo con la misma mentalidad liberal que la natural distribución económica previa.

Si el tenor excepcional amase de corazón los valores de Igualdad y Suficiencia, él mismo tomaría con gusto y rapidez la iniciativa de repartir equitativamente sus ganancias con el tenor mediocre. Y éste, si no es un resentido envidioso, no verá en ello una humillación, sino que reconocerá la realidad tal cual es.

La pérdida de la conciencia moral, la incapacidad para distinguir el bien y el mal, la sistemática alabanza del vicio y la feroz burla de las virtudes clásicas y cristianas, eso es lo que nos impide alcanzar una sociedad más rica y justa a la vez, o sea, una distribución económica lo más eficaz posible y una redistribución axiológica aceptable y llevada a cabo por ciudadanos libres y amantes de los valores.

La vuelta a los valores éticos, que son los mismos para todos los humanos, ése es el camino para llegar a esa meta. Pero está bloqueado por la miopía de los que no ven la diferencia entre el mundo de la naturaleza causal y el mundo superior de la libertad y los valores. Su mentalidad está contaminada por el absurdo prejuicio de que es posible forzar la naturaleza para que produzca mecánicamente los valores de Igualdad y Suficiencia.
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  • Manifiesto liberal 2015

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    8880 | Gustavo - 29/11/2018 @ 01:37:54 (GMT+1)
    Creo que debemos comparar entre sí las ineficiencias creadas por los fallos de mercado y del Estado para saber cuándo y cómo intervenir. Y en cuanto a que "La redistribución axiológica debe ser ante todo obra de la sociedad y no del estado. " no debemos olvidar que el estado es nada menos que la sociedad política y jurídicamente organizada.

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