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DE PABLO TRAPERO

El Clan, la bofetada de los monstruos improbables

viernes 13 de noviembre de 2015, 10:39h
Pablo Trapero estrena un thriller con tintes reflexivos sobre el caso real del Clan de los Puccio, el caso de una familia bonaerense de bien metida en asuntos turbios que conmocionó a la sociedad argentina de mediados de los ochenta. Magnánima interpretación de Guillermo Francella.
El Clan, la bofetada de los monstruos improbables
Los vecinos que siempre saludan en el ascensor son los peores. Al menos si tenemos en cuenta las impresiones de allegados y conocidos cuando se destapa cualquier atrocidad cometida por el hasta entonces ‘ciudadano modélico’ de turno. Pero si hacemos oídos sordos a los ruidos que llegan del sótano, entonces nos convertimos en cómplices. Así se resume el fondo del nuevo trabajo del aclamado cineasta argentino Pablo Trapero, que llega a las salas españolas después de reventar la taquilla su casa para contarnos un suceso que sacudió el país a mediados de los años ochenta.

Si no se conoce en profundidad lo ocurrido con el llamado Clan de los Puccio, la cinta consigue un perfecto efecto de agarre con la presentación del personaje central, Arquímedes Puccio, una suerte de El Padrino o, más recientemente, el patriarca de Los Soprano, que se desvela deliciosamente monstruoso en los primeros minutos de película. El trabajo de Trapero coincide con Ford Coppola y David Chase en narrar el horror hecho cotidianidad, revistiéndolo de thriller sin demasiadas pretensiones pero dotándolo de un fondo sangrante que habla de la Argentina recién salida de la dictadura, pero también de España, de Alemania, de Europa en su conjunto, y de sus crímenes, cometidos por individuos, amparados por poderosos y pasados por alto por buena parte de la sociedad.

Arquímedes Puccio, perteneciente a la clase media-alta bonaerense, con el apoyo de su familia oscilando entre el beneplácito y la colaboración directa, organizó entre 1982 y 1985 varios secuestros, torturas y, finalmente, asesinatos. La extorsión fue su medio de vida durante la etapa que narra la película, esa cuyo pasado queda brillantemente sugerido en la trama por apenas dos pinceladas relacionadas con el Gobierno de la dictadura militar argentina. Trapero va al grano para ofrecer una cinta adscrita a las claves del género, aunque filtra vapores de un trasfondo más reflexivo, terrible por lo real y, a pesar de las apariencias ‘argentinísimas’ del filme, universal.

El joven Peter Lanzani (Alejandro Puccio) aprueba con nota su debut en la pantalla grande y en un personaje con mayor carga dramática que los que hasta ahora lo habían convertido en un ídolo de las masas adolescentes de Argentina. Pero, sin duda, hay que destacar el brillante trabajo del veterano Guillermo Francella, un Puccio padre frío y educado que abre, con la mirada, una perturbadora ventana a la olla exprés que se intuye en su interior, oscuro, perversamente “normal”.

Con algunos saltos en el tiempo que alternan la caída del Clan con sus años de auge, la película se estructura sin artificios innecesarios, con algunas secuencias que pequen, quizás, de un exceso de evidencia -en las que se contrapone la normalidad de la vida de los Puccio de puertas para afuera con sus oscuros negocios dentro-, pero que funcionan engranadas en el ritmo de la narración, animada con una divertida banda sonora de temas ochenteros reinterpretados. Tras cintas de culto como Mundo grúa o Carancho, Trapero se dirige al gran público con una producción (de los hermanos Almodóvar, por cierto) que se puede disfrutar como una pieza de género bien construida, con un esquema claro y una estructura clásica, pero que mantiene la esencia del cineasta, capaz de retratar su tiempo y meter los dedos, sutilmente, en las llagas que haga falta.

Aunque El Clan se ajusta en gran medida a los hechos reales –al menos a los que se conocen sobre el caso-, Trapero exprime el potencial dramático del asunto, sobre todo en algunos personajes, para enfatizar su objetivo: obligar a mirar aquello ante lo que solemos apartar la vista y hacer que escueza al espectador en la sala o, mejor, tras los créditos finales.
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