Orhan Pamuk es un escritor a la antigua. En este mundo de objetos cada vez más diminutos, él escribe novelas cada vez más largas. La última, Una sensación extraña, es uno de esas ladrillos de papel que acostumbran a llevar las estudiantes norteamericanas en sus excursiones por Europa. Uno las ve en Starbucks, o en los asientos del AVE, los zapatos de deporte quitados, la mirada sumida en esos sólidos bloques de pasta de papel de más de un kilogramo de peso, y piensa ¿qué harán? ¿Estarán leyéndola de verdad? ¿Será todo una añagaza para poder tener a mano un objeto arrojadizo y defensivo en caso de que un abyecto europeo invada su espacio personal? ¿Es la gran novela en realidad un arma femenina defensiva disfrazada bajo la forma vintage de un libro?
Pamuk tiene claras las respuestas a estas cuestiones. Para él, la novela sigue viva y en estado de buena salud. Lo dice en sus entrevistas y se remite a los números. Sus números, mejor dicho. Mientras que antes, todo joven que se preciara en Estambul quería ser poeta, ahora quiere ser novelista, afirma. Y esta afirmación está tan impregnada de melancolía como la vida del protagonista de Una sensación extraña, un vendedor callejero de “boza”, una bebida turca hecha con trigo y suavemente alcohólica. Impregnada de la melancolía de las culturas, los países y las ciudades decadentes, que corren con la lengua fuera tras el primer mundo, el mundo white, anglosaxon y protestant, con incursiones de orientalismo japonés y chino. Según Pamuk, todos los jóvenes turcos quieren ser novelistas pero, mientras lo hacen, probablemente la mayoría de los jóvenes estadounidenses quieren ser dueños de una red social, o una marca que construya algo en un parque industrial chino.
Pamuk quien, además de ser un defensor de la novela río, tiene el Premio Nobel de Literatura, ha creado en esta novela un laberinto amable, lleno de canales suavemente melancólicos en los que las voces de los vendedores callejeros se mezclan con la voz interior de un adolescente delicado, convertido él mismo en vendedor ambulante. El libro está escrito en una tercera persona bastante tradicional, pero tiene algunos toques desestructurados, como los que se dan a una tortilla de patatas en un restaurante de lujo. Porque la literatura de Pamuk tiene algo del recetario de un restaurante de postín: está bien presentada, bien servida, con materia prima clásica y algún detalle de modernidad.
Mevlut Karatas es un hombre cuya vida es relatada a través de un narrador con ecos de oralidad, interrumpido de vez en cuando por otros personajes que le roban la voz para intervenir en primera persona. Comienza su relato con una anécdota muy divertida, cuando decide fugarse de su pequeña aldea rural con quien será su esposa. La había conocido, una joven bellísima, la menor de tres hermanas, en una fiesta familiar. Tras enamorarse de ella, le estuvo escribiendo cartas durante tres años. Al final, la joven decidió aceptar las peticiones de su amante epistolar y huir con él. Él preparó la fuga en camioneta con un primo suyo. Cuando ella llegó, de noche, emboscada, partieron en la furgoneta camino a lo desconocido. Y en la oscuridad de la noche, de repente, atisbó su cara y se dio cuenta de que aquella no era la joven a la que había conocido en la fiesta hacía tres años, sino otra hermana suya, más fea. Había equivocado los nombres y las caras.
Tras este hilarante comienzo, que marca el destino y el carácter del protagonista, el libro irá pasando a una larga retahíla de personajes, parientes y amigos de Mevlut, que irán contando su aventura en Estambul. El Estambul que retrata es el de una ciudad en trance de cambio y reconstrucción, a la que llegan continuamente inmigrantes de pueblos y aldeas rurales en busca de una nueva vida. Habitantes que construían una chabola en cualquier terreno y se dedicaban a buscar una forma de ganarse la vida en las cambiantes calles de la ciudad del Bósforo, el puente entre Oriente y Occidente. Un paisaje humano reconocible por un lector español, extrañamente cercano al Madrid o la Barcelona de los años cincuenta y sesenta, ciudades en las que convivían chabolas con edificios de la burguesía y centros comerciales levantados al lejano modelo norteamericano. Una vida de aventureros diarios, y de ríos vitales que corrían por debajo de aquella realidad llenos de resignación y esperanza.
El libro, al final, es un canto a Estambul, a la condición humana, y a la levedad y precariedad de la existencia. Es una declaración de amor a la cotidianidad y a la vida simple. El vendedor acaba siendo un apóstol de lo desconocido, algo que no llegamos a conocer claramente. Quizá de la humanidad rural que choca con la dureza de la ciudad, de un sistema de enseñanzas y valores que se difumina en el aire para dejar lugar a un vacío. Pamuk ha hablado alguna vez de su contencioso con Ataturk: llevó el laicismo a la sociedad turca, pero la eliminación de la religión dejó un inmenso vacío que nada sino la amargura y la melancolía ha podido llenar. Mevlut, en cierta manera, recorre ese vacío con su palo sobre los hombros y una lata en cada extremo llena de boza.
En un artículo del año 2012, Pamuk daba cinco consejos a un escritor en ciernes: no comenzar a escribir hasta tener una idea clara de la composición total de la obra, no buscar ni la perfección ni la simetría, ver el mundo a través de los ojos de sus personajes, mostrar algo de la hechura, de las pinceladas, y dejar que la belleza accidental surja sin querer controlarla. Pamuk fue pintor antes que novelista, y estos son cinco consejos de pintor. Una sensación extraña es un gran fresco, amable, risueño, melancólico y al final profundamente conmovedor. Dice algo de cada ciudadano del sur de Europa, pero también algo de la condición humana en general. O mucho. Está trufada de elementos históricos, tan queridos por muchos lectores, pero para mí perfectamente prescindibles. Lo más atractivo es esa historia dickensiana, de un joven caminando por una ciudad en busca de un sustento casi milagroso. Ahí es donde este libro deja de ser el arma arrojadiza de una estudiante norteamericana para convertirse en algo que los defensores de la novela siempre aducen en su discurso: un misterioso objeto de placer, el de la lectura.