La posibilidad de una acción coordinada entre los países de Europa se ha desvanecido frente a la mezquindad de los líderes europeos sumamente ocupados en mendigar votos. Angela Merkel y Mariano Rajoy evitan definirse con claridad y contundencia a la solicitud de Hollande, mientras que la mayoría de los ciudadanos europeos se refugian en la aparente normalidad de la vida cotidiana eludiendo la idea de que su seguridad no depende sólo de la aldea vecina, sino de los sucesos de París, Madrid, Bruselas y, si quieren, de Moscú.
Sarkozy, el político más perspicaz de Europa, señaló durante su encuentro con Hollande la necesidad de contar con los rusos para llevar a cabo la guerra declarada al Estado Islámico. Ojalá la necesidad de contar con la fuerza del mandatario ruso no hubiera sido tan aguda, pero el realista Sarkozy reconoce que sin un aliado como Putin se puede dar la guerra por perdida. Obama, Merkel, sin hablar de Rajoy, comprueban con su comportamiento pusilánime que la posición decidida de Francia, desgraciadamente, sólo es compartida por un líder, cuya formación política empieza y termina en el peor de los maquiavelismos: Vladimir Putin.
La crisis que vive Europa es, sin duda alguna, una oportunidad para que Putin mejore su posición en el mundo y en Rusia. Necesita legitimación ante sus propios ciudadanos y ante los líderes mundiales. El reconocimiento de que el avión ruso cayó a causa de un atentado terrorista ha tardado más de dos semanas. La versión divulgada entre la población rusa, durante las primeras semanas, fue un inadecuado estado técnico del avión; existió un interés político en ocultar la razón verdadera de lo sucedido en Egipto, que no era otra que ocultar la decisión del gobierno ruso, bastante cuestionable para parte de la población, de bombardear Siria. La decisión de bombardear a los rebeldes (y no sólo el EI) en Siria responde a una tradición de la política exterior heredada de la URSS: si las cosas van mal dentro, hay que buscar un enemigo fuera. Ahora es el turno de Siria.
Además, hay otra constante de la política exterior rusa: asegurar las buenas relaciones con los tiranos de Oriente y mantenerlos en el poder en caso de conflictos, porque son el único modo de evitar las guerrillas y la pérdida de control en la región. Esta estrategia aplicada dentro de la Federación Rusa muestra su lado débil: el cabecilla de la República Chechenia, gracias a la financiación desmesurada del gobierno central, se jacta de mantener varios colegios donde los niños se levantan a las dos de la madrugada, rezan y pasan por lo menos ocho horas al día aprendiendo el Corán de memoria. Otras ocupaciones de los párvulos consisten en ver las películas religiosas y practicar deportes, preferentemente las artes marciales. Salen del “colegio” una semana cada tres meses para visitar a sus familias. Si el gobierno local promueve abiertamente este tipo de educación sin que nadie lo cuestione, la capacidad de controlarlo por el gobierno central de Putin es más que cuestionable.
Chechenia es sólo una de las regiones de población mayoritariamente musulmana. En Rusia actualmente viven 14,5 millones de sunitas, sin olvidar los 5 ó 6 millones de migrantes musulmanes que llegan a las grandes ciudades rusas de Kazajistán, Uzbekistan, Tayikistán. Ellos no necesitan un visado para pasar la frontera rusa. Si a todo eso añadimos que la lengua rusa actualmente es la tercera lengua más hablada por los del EI, después del árabe e inglés, la cosa es alarmante para Rusia, cuya capital, Moscú, es la ciudad que alberga más musulmanes de Europa. Moscú cuenta con una de las mezquitas más grandes del mundo, en ella caben hasta diez mil fieles; por cierto, fue inaugurada por el presidente Putin, junto a su homólogo turco Erdogan y el palestino Mahmud Abbás. Los musulmanes en Rusia en su mayoría pertenecen a los sunitas, como el EI. En fin, todo indica que el gobierno ruso ha cometido un error empezando a bombardear Siria, porque no se ha ocupado en pensar las consecuencias que ello traería para la seguridad mínima de sus ciudadanos.
Los trágicos sucesos de París brindaron una oportunidad única a Putin: decir la verdad. La destrucción del avión ruso fue un atentando del EI. Es probable que sin París, la población rusa hubiera seguido sin saber a ciencia cierta por qué han muerto 224 de sus conciudadanos. Pero, ¿podemos culpar solo a Putin de aprovechar esta oportunidad para dejar de ser agresor y convertirse en héroe? Evidentemente, no; también los líderes europeos niegan la realidad, e incluso niegan, cuando les interesa, que estemos en guerra, por unos cuantos votos. Pero, al final, la realidad se impone: hay que recurrir a la fuerza, a la guerra, para responder a uno de los mayores ataques que ha tenido la democracia occidental en los últimos años.