www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El sueño de Azaña

sábado 21 de noviembre de 2015, 20:30h
Actualizado el: 21 de noviembre de 2015, 20:52h
Unamuno escribió: “¡Me duele España!”. Esta exclamación adquiere una resonancia dramática en un momento histórico en que se cuestiona la continuidad de España como nación. Azaña siempre deploró la división de los españoles, más apegados a su provincia que a la idea de crear una nación libre, moderna, próspera y democrática. En una carta dirigida a Indalecio Prieto, se queja amargamente de las querellas impulsadas por el independentismo: “Todo esto pasará y el país saldrá a vía libre. Lo que me ha dado un hachazo profundo terrible en lo más profundo de mi intimidad es, con motivo de la guerra, haber descubierto la falta de solidaridad nacional” (15 de septiembre de 1937). En La velada en Benicarló, manifiesta los mismos sentimientos, pero en la forma de diálogo teatral: “¿Dónde está la solidaridad nacional? No se ha visto por parte alguna. La casa comenzó a arder por el tejado, y los vecinos, en lugar de acudir todos a apagar el fuego, se han dedicado a saquearse los unos a los otros y a llevarse cada cual lo que podía. Una de las cosas más miserables de estos sucesos ha sido la disociación general, el asalto al Estado, y la disputa por sus despojos. Clase contra clase, partido contra partido, región contra región, regiones contra el Estado. El canibalismo racial de los hispanos ha estallado con más fuerza que la rebelión misma…”.

Casi ochenta años después, el panorama no ha cambiado demasiado. Cataluña ha lanzado un desafío que no se corresponde con su situación real. El notable hispanista Joseph Pérez considera que el nacionalismo catalán explota un victimismo injustificado: “No entiendo por qué Cataluña puede sentirse hoy discriminada. Nunca ha tenido tanta autonomía como ahora. En cuanto a la cuestión fiscal, el jacobino que hay en mí dice que el que paga es el contribuyente y no los territorios”. Pérez considera que llamar nación a Cataluña “es muy discutible. […] En la Edad Media, la lengua definía la nación. Y Cataluña es una comunidad con idioma, cultura y tradiciones propias. En este sentido, no carece de motivos para considerar que es, hasta cierto punto, una nación con sus rasgos originales. Pero esto no impide que haya una idea superior que sea la de España”. ¿Qué define esa idea superior? Según Joseph Pérez, dos acontecimientos históricos fundamentales. En primer lugar, “la voluntad de permanecer y relacionarse con la Europa cristiana. […] España habría podido tener el destino del África del Norte, una zona romanizada y cristianizada pero que a raíz de la conquista árabe pasó definitivamente al mundo oriental. Debía haber sido la suerte de la Península Ibérica, pero contra este destino hay una voluntad por parte de los herederos de la Monarquía visigótica que no se resignan, no se conforman y llevan a cabo una obra de gran envergadura que les permitirá reincorporarse a la cristiandad occidental”. En segundo lugar, “la Guerra de la Independencia, que fue un gran momento de patriotismo español. Los catalanes entonces no hicieron caso de Napoleón, que estaba apoyando el nacionalismo separatista. Pero los catalanes reaccionaron como españoles. Por eso digo que la de Independencia es una guerra nacional, de la nación española”. En 1932, Manuel Azaña apoyó el Estatuto de Cataluña porque entendió que no ponía en peligro al Estado, pero -al igual que Manzzini- opinaba que una nación demasiado pequeña no es viable como Estado. Varias décadas más tarde, la experiencia ha demostrado que el derecho de autodeterminación puede convertirse en algo profundamente dañino. El caso de la antigua Yugoslavia no puede ser más clarificador. Siempre es preferible una nación moderna, con cinco siglos de historia, que una fragmentación en pequeños países, lastrados por odios y rencores.

Joseph Pérez afirma que “España tiene uno de los modelos políticos más descentralizados de Europa, quizá del mundo. Los catalanes votan libremente desde hace muchos años. La lengua y la cultura catalanas se expresan libremente. ¿Dónde está el problema?”. La división política sólo debilita a las comunidades en litigio. Parece más sensato apostar por una España de ciudadanos, plural, diversa y tolerante, pero fuerte y unida. Era el sueño de Azaña, pero los intransigentes de uno y otro lado impidieron que su idea prosperara. Azaña murió en Montauban, relativamente solo y tristemente incomprendido. Se le acusó de no estar a la altura de las circunstancias, pero yo creo que encarna el ideal de sabio formulado por Unamuno: “vale más equivocarse con alma que acertar sin ella”. Spengler aseguraba que “en última instancia, la civilización siempre ha sido salvada por un pelotón de soldados”. Creo que esa frase es rotundamente falsa. En realidad, la civilización sobrevive gracias al sentido ético y a la responsabilidad de algunos hombres buenos, como el anarquista sevillano Melchor Rodríguez García, que aprovechó su cargo de Delegado Especial de Prisiones de Madrid para frenar las matanzas de Paracuellos del Jarama y salvar a 16.000 personas de ser asesinadas por las milicias revolucionarias. Su lema fue: “Morir por las ideas, nunca matar por ellas”. Fue el último alcalde del Madrid republicano, nombrado por Julián Besteiro a título simbólico. Su labor humanitaria no le salvó de las cárceles franquistas. Nunca abjuró de sus ideas y rechazó la oferta de colaborar con la dictadura. Vivió modestamente y murió en 1972. A su entierro acudieron falangistas y anarquistas. Se rezó un multitudinario Padrenuestro, se cantó “A las barricadas” y el féretro fue envuelto en la bandera roja y negra de la CNT, sin que se produjeran incidentes, a pesar de la época. Así se construye una nación de ciudadanos. El resto es estupidez y barbarie.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(0)

+
0 comentarios