www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

'TIRO CON ARCO'

La banalidad del terrorismo

Dani Villagrasa Beltrán
domingo 22 de noviembre de 2015, 18:50h
Actualizado el: 24 de noviembre de 2015, 18:01h

Cómo me gustaría poder decir que he pasado la última semana leyendo a Voltaire, afrancesándome de manera irresistible, yendo a los bistrós, bebiendo vino y declarando de manera firme que, a pesar de todo, me gusta este continente, su historia, su manera de vida y su pensamiento, pero la verdad es que no ha sido así. No he tenido tiempo para tanto dispendio.

Como muchos otros, he pasado la semana atareado. Pero también ha habido muchos momentos de soledad, de silencio. El camino hacia la redacción, el trayecto solitario, aunque rodeado de gente, en el metro. Como todos, digiriendo el ‘shock’. Pensando que hay unos jóvenes que están dispuestos a todo con tal de aterrorizarnos.

He leído la práctica totalidad de lo que se ha publicado. Análisis sociopolíticos, históricos, geoestratégicos, religiosos, económicos, belicistas, pacifistas… Los compañeros lo han dado todo para intentar comprender qué ha pasado.

La verdad es que envidio a los que se quedan con las largas explicaciones sociopolíticas. Me gustaría remontarme, como ellos, hasta las cruzadas, hasta más allá, hasta el Imperio Asirio, y desembocar en la guerra de Irak, para explicarme lo que ha ocurrido.

Sospecho que lo que más nos disgusta de este tipo de atentados no son los muertos –que para la mayoría no son más que nombres, historias, imágenes- , sino lo que descubrimos sobre nosotros mismos. La gente, de repente, afea que importen más los muertos en París que en Oriente Próximo, o en África. Aparece el tabú de la muerte, aparece la realidad de unos vagos enemigos que se creían lejanos. Incomoda la responsabilidad de dar una respuesta ‘a la altura de las circunstancias’. Nos da miedo lo que un atentado nos muestra de nosotros mismos, y de los demás.

Tenemos la sensación de que somos débiles como sociedad, de que no podemos soportar un ataque violento cuando, sabemos, ese tipo de acciones son comunes en otras latitudes. Nos escama pensar que cualquier esgarramantas puede hacer un destrozo en la vida de mucha gente y crear un verdadero agujero en el subconsciente colectivo.

De todas las febriles indagaciones que se han hecho durante la última semana, me quedo con la de los sabuesos de la información sensacionalista. Esas morbosas historias sobre los yihadistas, propietarios de un bar en Bélgica donde se trapicheaba con drogas, bebedores, porreros, mujeriegos; esa prima del cabecilla de los ataques que se inmoló apenas tres semanas después de haberse ‘radicalizado’, tras una vida dedicada a las fiestas, el alcohol, los ligues, el Facebook y el Whatsapp.

Cuando leo estas cosas me acuerdo del ensayo de Hanna Arendt, ‘Eichmann en Jerusalén’, sobre el juicio a Adolf Eichmann, en el que acuñó el concepto de la ‘banalidad del mal’. La masacre y el genocidio de la Alemania nazi no fueron perpetrados por monstruos sanguinarios sino por gente como Eichmann, un mediocre y aburrido funcionario que hacía lo que se le ordenaba, e incluso más, con el simple afán de medrar.

Gente perdida, que se agarra a cualquier clavo ardiendo para ser algo más. ‘No quise ser funcionario’, dejó escrito Adolf Hitler en su infumable ‘Mi lucha’.

El ser humano, esa cosa tan débil, tan delicada, tan voluble y tan fija en sus propios abismos, utilizado como arma arrojadiza.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(1)

+
0 comentarios