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TRIBUNA

Las raíces del mal: los atentados de París

lunes 23 de noviembre de 2015, 18:38h
Lo primero que hay que recalcar es que los atentados los sufrieron europeos -franceses en su mayoría- pero también los cometieron europeos. Este es un dato importante. Los terroristas eran europeos y tan franceses como el presidente Sarkozy, que lo es de segunda generación. Lo que quiero decir es que es un problema nuestro, no importado. Otra cosa es que estemos de acuerdo con la política de inmigración de la UE, pero siempre he considerado que lamentarse del pasado o condicionar las soluciones al pasado es, en política, una gran pérdida de tiempo. Israel es una realidad, por vulnerable que sea en opinión de algunos su razón histórica, y también lo son los al menos 20 millones de musulmanes que viven con nosotros.

Lo segundo es que el Daesh no es una excepción en la historia de la humanidad. Hemos convivido con muchos grupos violentos que han tenido territorio (las FARC, Al Qaeda, Jemer Rojo, innumerables guerrillas o señores de la guerra). Su nivel de atrocidad es homologable a otras tragedias recientes como pueda ser las de Ruanda o la guerra de los Balcanes, o de hace poco como Camboya, o de no hace mucho como Alemania; y no sigo porque, como escribía Voltaire, la historia de los grandes acontecimientos del mundo apenas es más que la historia de sus crímenes. También hay que destacar que campamentos de formación de terroristas los ha habido siempre. A nosotros los españoles, y me refiero a la ETA, nos tocaban Libia y Cuba.

Esto de la formación militar de los terroristas tiene su miga. Todo aquel que haya hecho el servicio militar sabe, aunque sea de forma precaria, manejar un CETME (el equivalente al AK-47, más conocido como Kalashnikov). Aclaro que las prácticas de tiro en la mili consistían en un par de mañanas. No estamos hablando de una formación intensa y larga para enseñar a una persona a disparar; con un par de mañanas es suficiente. Y no les digo nada de lo complicado que puede resultar tirar de una anilla para inmolarse con un cinturón bomba. Otra cosa es montar los cinturones, pero como en el caso de los coches bomba y demás inventos macabros, las organizaciones criminales suelen tener un artificiero itinerante que enseña y los monta para que sean otros los que los usen. Es decir, muy poca ciencia y aún menos instrucción.

Pero vayamos al meollo, a la raíces del mal. La izquierda, al enfrentarse a estos problemas, se vuelve extrañamente burguesa. Creen que la felicidad sólo es cuestión de dinero, y no hay más que acercarse a las clases altas para ver lo confundidos que están. Pero ésta no es la cuestión. Las raíces del mal, de la violencia, no están en la desigualdad ni en la pobreza. Países y zonas ricas han tenido episodios de violencia injustificables y, por el contrario, países y zonas muy pobres no los han sufrido. Lo razonable es que si hubiera una relación causa/efecto, desigualdad y pobreza igual a violencia, ésta se diera habitualmente. Lo malo para ellos (y bueno, en mi opinión) es que no ocurre así. Pero la izquierda mantiene el discurso del dinero porque no deja de ser para ellos una bandera que se proyecta hacia afuera. No sé si por pereza mental o por alguna razón más táctica.

Hannah Arendt escribió sobre la banalidad del mal. Creo que es lo más importante, certero y profundo que se ha escrito nunca sobre la violencia. Los que hemos vivido de cerca estallidos de violencia lo entendemos, intuimos la veracidad de su planteamiento. La violencia tiene que ver con que la gente deje de pensar y se deje arrastrar por un liderazgo violento. El totalitarismo consiste en que esto y la violencia que conlleva ¡Ojo Venezuela! se considere normal, banal; burocrática incluso.

Una pequeña digresión. El argumento de la izquierda sobre el origen de la violencia en la pobreza habría hecho que la inseguridad en España, se hubiera incrementado durante estos años de profunda crisis. No ha ocurrido… ¡Un motivo más de reflexión!

Otro argumento político sobre el origen del Daesh es la guerra de Irak, la de Bush hijo, sin que la dictadura de Assad tenga nada que ver. Pero… ¿Cómo aplicamos esta idea a otras zonas con problemas similares como Yemen, Libia, o con menos publicidad, el Sahel, donde se está organizando una auténtica bomba de relojería aunque, por ahora, estén entretenidos con el tráfico de drogas y personas? Quizá la respuesta es que todo grupo terrorista busca su progresión hacia la ocupación de un territorio. El que Al Qaeda (o su versión 2.0, el Daesh) se haya apoderado de una zona rica y estratégica era inevitable, con Bush o sin él. Esa es mi opinión.

¿Cuáles son las soluciones? La primera, aprender a convivir con los, al menos, 20 millones de musulmanes que ya son europeos, con los que hay que trabajar mucho para que su inmensa mayoría asuma nuestros valores democráticos, particularmente los jóvenes. Es el mínimo de integración que debemos exigir.

La segunda propuesta consistiría en desarrollar todo el cinturón del Islam (y puede ser una metáfora con los cinturones bomba) que rodea Europa. Una cooperación económica y política, exigiendo plena democracia, seguridad jurídica y economía de mercado. Y con esta propuesta no le doy la razón a los progres pues, pese a que Europa y esa zona tienen la diferencia de renta más alta del planeta, creo que esta especie de Plan Marshall que propugno será la única forma de evitar que, en lugar de 20 millones de musulmanes, vengan cinco o seis veces más. Y lo quiero evitar no porque tenga una especial manía al Islam - que no la tengo-, sino porque creo que este continente empieza a estar demasiado lleno e inestable. Puede que venzamos al Daesh, pero saldrán más. Vuelvo a Hannah Arendt, hay mucha gente que se va a dejar arrastrar como zombies a hacer el mal. Estamos a tiempo de evitarlo, pero sólo si tenemos las ideas y los objetivos claros. Nos jugamos mucho.

Luis Asua Brunt

Abogado, empresario

Abogado, empresario. Estudio en la Complutense y London School of Economics . Ejerció la abogacía en Londres y a su vuelta, 13 años en la cosa pública: 12 como concejal en Madrid y 1 como Viceconsejero de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio. Su último comentario: “Ah y no vuelvo ni a tiros a la política”.

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