En oposición a lo que suele manifestar mucha gente acerca de que el amor es poderoso, siempre he creído que tan preciado sentimiento es, más bien, todo lo contrario. Por una parte resulta extremadamente fácil confundirlo con la pasión, y esta, imbuida del arrollador deseo sexual que la caracteriza, puede que sí se encuentre dotada de una fuerza que parece invencible. Pero su vigor es efímero, bebe olvidando que si el amor no la acompaña no tardará demasiado en saciarse. Empacharse, incluso. Y empezará a vaciarse con la misma intensidad y aceleración que contribuyeron a llenarla. Al amor, en comparación, no puedo evitar concebirlo envuelto en fragilidad, sujeto a los vaivenes de las luchas de poder que a veces se entablan en parejas que no aprenden a jugar en el mismo equipo o no tienen la oportunidad de hacerlo. Bien porque una vez instalados en el convencimiento de que “ya está todo hecho” no recuerdan la fortuna de haberse encontrado en un mundo inmenso sujeto a mil y un azares o, quizás simplemente, porque olvidan que el amor, al revés de lo que ocurre con la mayoría de las cosas de la vida, nunca acaba de hacerse mayor.
Con la paz ocurre algo bastante similar. Cualquier persona normal la tiene como prioridad en su lista de deseos para todo el mundo. Sin embargo, igual que el amor, la paz nunca parece hacerse del todo adulta. Y es, desde luego, mucho más quebradiza, más delicada. Sometida a continuos desafíos, presta a saltar por los aires en cualquier momento, a pesar de que, por fortuna, en buena parte de Occidente hayamos disfrutado de ella durante un más o menos extenso periodo de tiempo y nos haya dado por pensar que la teníamos garantizada. No solo aquí, por supuesto. Paz en todos los rincones, y para rizar el rizo de los deseos ahora que llega la época de pedirlos a cada rato, una paz que venga acompañada de libertad. De pensamiento, en definitiva, de ser y vivir en la forma que elijamos o logremos conseguir. Con independencia de religiones, prejuicios, costumbres, colores, preferencias, apegos, inclinaciones. Respetando a los demás, para que los otros nos respeten. ¿Amor, paz y libertad? No se me ocurre mejor receta para eso que buscamos insaciables, la felicidad. Una dicha entendida – en mi humilde razón - como sosiego, equilibrio, oportunidad, trabajo, salud... ¿De verdad alguien puede dudar de que la inmensa mayoría de nosotros no desee con fruición tan valioso cóctel de vida para sí mismo y el resto de los humanos?
Lo que, al parecer, nos cuesta más aceptar es que todo lo frágil necesita de especiales cuidados, suerte, y, sobre todo, férreos y conscientes compromisos. A veces dolorosos y en apariencia contradictorios con aquello que queremos proteger. Terrible paradoja tener que entablar guerras para defender la paz y, sin embargo, en ocasiones llega un momento en el que no podemos dejar que sigan muriendo inocentes sin mover un dedo para terminar con los culpables. ¿Nos convertimos entonces nosotros mismos en culpables? ¿De hacer la guerra o de no defender la paz? Con los años, uno aprende que aunque jamás haya que dejar de creer en que se puede conseguir un mundo siempre mejor, solo con la realidad, bajando a la arena, podremos seguir avanzando en la construcción de sociedades cada vez más tolerantes, pacíficas, serenas, justas. Buenas. Y libres. Por eso, nos oponemos a la opresión y la dictadura con revoluciones. A veces, enarbolando precisamente los valores y símbolos de aquella mítica Revolución Francesa que sirvió para hacernos más iguales, más libres, más hermanos. Por desgracia, pocas, demasiado pocas revoluciones logran culminarse con éxito a base de flores, de velas, de abrazos. La mayoría, y en concreto la Francesa que tanto invocamos como germen de nuestra nueva era, primero se tiñeron de sangre, mucha sangre. “Contra nosotros, la tiranía alza su sangriento estandarte. ¿Oís en los campos el bramido de aquellos feroces soldados? ¡Vienen hasta vuestros mismos brazos a degollar a vuestros hijos y esposas! ¡A las armas, ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones! (…)”, canta La Marsellesa. Lo ha hecho hasta convertirse en símbolo de la lucha contra la tiranía, quién no recuerda la escena de Casablanca cuando se entona para acallar los canticos del puñado de nazis que bebían altivos en el bar de Rick. Y aunque Napoleón llegara a decir de su música que la misma ahorraría “muchos cañones”, lo que prima es su letra. Porque, queramos o no, para defender la paz, la justicia, la libertad, hay que combatir a quienes pretender exterminarlas.