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IMPRESIONANTE JULIETTE BINOCHE

Nadie quiere la noche: de la épica a Isabel Coixet

viernes 27 de noviembre de 2015, 09:35h

Isabel Coixet sigue tanteando nuevos terrenos con el estreno de Nadie quiere la noche, una cinta que va de la gran aventura inexplorada para la cineasta al intimismo más característico de su sello. Con una enorme Juliette Binoche al frente, la cinta contrapone el mundo de la rica y educada mujer de un afamado explorador con el de una esquimal, cuando ambas deben sobrevivir juntas al invierno polar extremo.

Nadie quiere la noche: de la épica a Isabel Coixet

NADIE QUIERE LA NOCHE

Director: Isabel Coixet
País: España
Guión: Miguel Barros
Fotografía: Jean-Claude Larrieu
Reparto: Juliette Binoche, Rinko Kikuchi, Gabriel Byrne, Matt Salinger, Velizar Binev, Ciro Miró, Reed Brody
Sinopsis: Josephine, una mujer rica y culta, va al Polo Norte para reunirse con su marido, el explorador Robert Peary. Durante el viaje se encuentra con una esquimal. A pesar de sus diferencias, ambas tendrán que unirse para poder sobrevivir a las duras condiciones climáticas de la tundra.

Lo mejor: La transición entre la aventura épica en la nieve y el universo intimista más próximo a Coixet | La química entre las actrices
Lo peor: Un final un poco abrupto

O la crítica de la Berlinale fue profundamente injusta con Isabel Coixet o el nuevo montaje que la directora catalana ha realizado de su último trabajo, Nadie quiere la noche, antes de su estreno en salas difiere mucho del que se presentó en el festival alemán. Coixet firma una cinta impecablemente rodada, con una pulcra dirección de actores y un desarrollo dramático bien construido, capaz de que al espectador no le importe terminar metido en un iglú con dos mujeres que apenas hablan. Esa es precisamente una de las mayores fortalezas de la cinta: que arranque como una gran aventura épica por los paisajes salvajes de Groenlandia a principios del siglo XX y termine en esa observación microscópica de la intimidad humana que tan bien se le da a la cineasta, y lograrlo con una transición fluida e hipnotizante. La otra es, sin duda, Juliette Binoche.

Nadie quiere la noche gira en torno al personaje real de Josephine Peary, esposa del afamado aventurero que aseguró haber sido el primer hombre en el Polo Norte, Robert Peary. Ella, una mujer adinerada del Nueva York más cosmopolita, acude en busca de su marido cuando está a punto de plantar la bandera estadounidense en el punto más septentrional del planeta, en 1908, movida por el amor, el espíritu aventurero y, más que probablemente, la fama. Hay que tener cierto arrojo para dejar la presentación de una película en manos de un personaje como Josephine, con el que es difícil identificarse o sentir, siquiera, cierta simpatía: altiva, egoísta, racista y clasista, una ‘joya’ que la actriz Juliette Binoche defiende sin ‘peros’ posibles. Y lo mejor de ‘La Binoche’ en la cinta está aún por llegar.

En su amago de aventura para reunirse con su amado –ella va por la nieve sentada en el trineo, como si siguiera en las manzanas de Park Avenue conducida por su chófer, espalda rectísima, vestido almidonado y abrigo de astracán-, Josephine se ve obligada a pasar las largas y extremas semanas del invierno polar junto a una joven inuit, el pueblo nativo de las tierras, interpretada por Rinko Kikuchi. Es entonces cuando la química entre ambas actrices eclipsa la a la propia historia. Y aquí es donde Coixet, que está experimentando en sus últimos trabajos con géneros muy lejanos a lo que se había convertido ya en su sello de autoría, es Coixet. Quizás con un estilo visual más clásico, al servicio de las intérpretes y no tanto a la propia cineasta, pero sí indagando, como en todas sus películas, en la esencia del ser humano a través de las emociones. Esta vez, contando un cuento de supervivencia, respeto y aceptación de la diferencia, que deja de serlo tanto cuando se lleva a las personas a su versión más básica, la de especie que necesita alimento, calor y compañía.

Aunque la historia de acercamiento entre culturas es previsible desde que la esquimal aparece en escena, Coixet es capaz de inyectar un par de giros de guión que refuerzan el contenido dramático, amén de algunas escenas que coquetean amablemente con la comedia en medio del drama mayúsculo y helado. Además, ofrece una base interesante para abordar la idea el colonialismo y, más aún, del incomprensible instinto de aventura y la búsqueda de objetivos más importantes que las propias personas que los persiguen.

Al final, todo está dispuesto para que el arco dramático de Binoche sea amplio, duro y sobrecogedor, tanto, que sí se echa un poco en falta algo más de profundidad en el personaje de su adorable compañera, todo luz. Aún así, el equilibrio entre ambas resulta solvente. De la misma forma, y en contraste con el escrupuloso y bien trabajado proceso de preparación que Coixet realiza para llevarnos hasta el verdadero corazón de la película, el final llega de una manera demasiado abrupta, precipitando de alguna fomra unos tiempos que hasta entonces trascurrían en su justa medida: sin prisa, pero sin aletargar al personal.

Coixet firma una cinta de tremenda belleza visual, reflexiva pero entretenida, intimista dentro de la inmensidad.

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