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MIRADA ESCOLÁSTICA

Frente a una barbarie sin cuarteles

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 27 de noviembre de 2015, 15:00h

El Estado Islámico ataca el corazón de Occidente a través de su terrorismo fanático y misterioso. Nueva York, Londres, París, Madrid han sentido su odio cerval y oriental a nuestra sociedad abierta con sus zarpazos sangrientos y demoledores. No necesitan tirar bombas desde superbombarderos que no tienen. No necesitan fortalezas volantes para desatar la tragedia. Sólo un Caballo de Troya instilado en el confiado y alegre Occidente es suficiente para empezar las grandes matanzas truculentas. De nada vale una poderosísima artillería antiaérea, magníficos cazas y drones, porque su fuente de carniceros es invisible, camuflados en el paisaje ordinario de los vecinos, simulando como ciudadanos corrientes, como un veneno personificado que circula por las venas y arterias más centrales de nuestra civilización, emponzoñándola, como un virus mortal contra el que sólo un antiviral sutil puede tener eficacia. Mimetizados como miembros de la sociedad occidental, llevan en su corazón bestial la tormenta despiadada y salvaje del Oriente más devastador, y tras el infame martirio derraman sus virus en esta sociedad superfluyente. La barbarie se diluye en la civilización como un mal soluble y corroedor.

Contra esa barbarie cercana y vecinal se impone su exterminio total. Miles de serpientes venenosas, yáculos, faras y ceneras, quelindros y anfisbenas, anidan en el seno de Occidente, que les da leche, calor y cobijo, para que una vez crecidas muerdan hasta matar, como forma de agradecimiento, ese seno protector, al que devuelven el paroxismo del odio en pago de su filantropía. Ya lo dijeron Esopo y Dante: la maldad es indomesticable.

Esta inmensa tragedia asesina ha enderezado totalmente la conciencia pública de Francia al compás de La Marsellesa. Los franceses han interpretado con envidiable patriotismo un gran acto de fe en Francia. Es la voluntad de acción, no sólo por el éxito de un régimen político, sino para la salvaguardia del patrimonio común y por el bienestar del pueblo. Tras la catástrofe nacional viene la renovada y cerrada adhesión a la República sin ninguna reserva mental. Se extiende por Francia un júbilo lleno de esperanzas. La República promete vengar la afrenta segura de sí misma. Hubiera sido un bello alarde de exactitud el de podar y aun sajar sin que un solo golpe fuera dirigido por ánimo de represalia, sino con un sentido justiciero de servicio patrio, de comunidad popular de destino. Por el contrario, la falta de ambición histórica, la falta de ambición por la justicia, la falta de amor propio y de espíritu de autoconservación hicieron que una masoquista España encontrase razones que justificasen la matanza del 11 de marzo. Pero Francia, fiel a Juna de Arco, se levanta una vez más, aplaude con gozo sano la aniquilación de los asesinos y declara elativamente ante el mundo: “Non is sum qui morte terrear”.

Los hombres somos radicalmente iguales. Es cierto, sin que la raza, la riqueza, la familia, el clima o la alimentación aporten elementos de bien o de mal en el alma. Todos somos iguales en el momento de nacer, igual de buenos todos. La diferencia viene a partir de lo que oímos, a partir de lo que leemos, a partir de lo que se nos programa en nuestro espíritu. Todo lo que el hombre suele hacer o padecer está programado por lo que ha recibido de la religión, de la escuela, de las normas sociales y políticas, y también de la ideología. El mal siempre viene de fuera, y entra por los oídos y por los ojos casi siempre. El odio se programa, el amor es espontáneo, como cosa propia que es de la naturaleza del hombre. El mal se desarrolla en los sermonarios moralizantes o políticos de quienes no aman la vida porque tienen algún pleito con ella. Los distintos terroristas del mundo son islotes escapados a la nivelación moral y política que deben ser eliminados como las ratas o los morbíferos insectos.

La barbarie islámica mata a veintisiete personas más en Bamako, cuando todavía estábamos dolientemente impactados de la carnicería perpetrada en París, y selecciona a sus víctimas entre quienes pueden recitar alguna aleya de las suras del Corán, y quienes no saben ninguna. Habrá que memorizar el Corán en estos tiempos terribles si queremos seguir con vida aunque con el espíritu muerto. Por otro lado, no se puede perder el momento en que el pueblo musulmán, las grandes masas del Islam, están ya propicias a aceptar, como consecuencia lógica desde la aparición hace quince años de este terrorismo integrista vesánico y demencial, el aplastamiento del yihadismo, y grandes sectores de antiguos integristas musulmanes se encuentran incluso dispuestos a desvincularse de las organizaciones, porque se ha pasado el límite de “lo razonable”. Y la razón y la sensatez son dones que Dios repartió entre todos los hombres.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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