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Una victoria moral

miércoles 04 de junio de 2008, 23:19h
El Congreso de los Diputados adoptó una resolución por unanimidad, lo cual, a día de hoy, es una importante noticia. En este caso, a lo inusual de la situación, se une el sentido de una causa en la que todos los grupos estuvieron de acuerdo. La iniciativa se debe en gran medida a José Luis Cortés, el padre de la pequeña Mari Luz, asesinada en Huelva por un pederasta. Su campaña de recogida de firmas para lograr la cadena perpetua para quien cometa este tipo de delitos ha cristalizado en una proposición no de ley, que insta al Gobierno a que redacte un texto ad hoc. Dicho texto recogería el endurecimiento de penas a que fueren condenados quienes delincan prevaliéndose de la edad o indefensión de sus víctimas, así como el cumplimiento efectivo de dichas penas. También, se crearía un registro especial de pederastas, al cual sólo tendrían acceso las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y las autoridades judiciales.

No es, en efecto, la cadena perpetua que pedía el padre de Mari Luz -apoyado, además por cientos de miles de firmas-, pero sí una buena medida. Falta concretarla en un texto legal, refrendado por las Cámaras, pero el embrión ya está en marcha, Las penas privativas de libertad cumplen una triple función. En primer lugar, su mera existencia debe tener un efecto disuasorio en el posible delincuente. Así, un delito tipificado con una pena severa tendrá, al menos en teoría, menos visos de comisión, por mor del temor que el cumplimiento de tal pena suscitaría. En segundo lugar, quien delinque ha de pagar acorde con la gravedad del acto en sí: cuanto más grave sea un delito, mayor será su pena. Y por último, la sociedad ha de tener la seguridad de que aquéllos que cometen determinados crímenes estarán apartados de la misma durante una buena temporada. Ojalá todo esto se plasmase en una desaparición inmediata de determinados comportamientos, aunque por desgracia, tal cosa no sucederá. Pero, al menos ahora, habrá un mayor control, y un régimen de penas más severo, que es lo que la sociedad demandaba. Aunque ojalá que no hubiese habido motivos para semejante demanda.
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