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ESCRITO AL RASO

Una vida de Black Friday

domingo 29 de noviembre de 2015, 18:17h

Todo el mundo está de rebajas prenavideñas, en este frenesí que nos hemos importado directamente de los Estados Unidos: Amazon, ese escaparate de las tentaciones, batió el viernes su récord de ventas en España. Los candidatos Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera caminan en su decadente Black Friday por la penuria de los platós de radio y televisión con el mismo desparpajo que caracteriza sus discursos de olvidanza, repetidos ad nauseam por la vía lamentable de nuestros pecados. Le colocan al propio hijo una colleja de rebajas en mitad de un directo o recomiendan en la universidad, delante de cientos de alumnos, libros de Kant que nunca han leído ni leerán, sin que se les caiga la cara de la vergüenza.

Felipe González, que de rebajas entiende poco, ha dicho en plena precampaña que ve “a demasiada gente mirando hacia otro lado”, lo dice él, el presidente que permitió que se instalase la corrupción de forma permanente (terrorismo de Estado –caso GAL–, fondos reservados –5 millones de euros sustraídos de las arcas públicas–, casos Roldán, Juan Guerra y Filesa, Malesa y Time-Export, etc.). González, multimillonario expresidente que ha venido cobrando millones de euros como asesor de diferentes multinacionales, se duele de la gestión contra el Daesh de los líderes políticos españoles. Para eso está él, el hombre de los bonsáis y de la democracia detenida que se olvidó muy pronto de cantar “La internacional” del 76 porque prefirió tararear el “Money” de Cabaret.

Algunos tuvimos nuestro particular Black Friday con unas rebajas de libros con títulos de la literatura centroeuropea de autores como Alexander Lernet-Holenia, Hermann Ungar, Ernst Weiss y los imprescindibles Madame Roland –exquisitas Memorias privadas de una mujer igualmente exquisita que perdió la cabeza en la guillotina, 1793– y Joseph Roth –Los cien días, maravilla que recoge el centenar de días que pasó Napoleón antes de morir–, y fue con nuestro querido Fernando Sánchez Pintado, otro loco de los libros y un ser humano espléndido, de la estirpe de los improvisadores y heterodoxos que nos enamora, que nos invitó a su casa, a escuchar música antes de partir hacia la última función de El señor de las moscas, en el Conde Duque, de la Joven Compañía... pero en joven compañía: “Tres son multitud, David”. Fernando es un hombre sabio.

Sí. Hay miradas que enamoran un fin de semana de Black Friday, incluso con un cachorro de dálmata de por medio en lontananza. Hay un periodismo femenino y norteño, muy de fiar y pret-à-porter, lleno de vida y de ilusión, que sabe escanciar la sidra como nadie y que sabría distinguir un buen codillo de otro que no lo es a varios metros de distancia. La elegancia de altura sentada a la mesa, la melena lacia y larga, promesa de un misterio en flor, y la risa siempre dispuesta, asomada al ballet carmesí de los labios. La saludable naturalidad de las provincias combinada con negros y grises, el cuero y el punto. “La crónica deportiva empobrece, porque estos no saben hablar de otra cosa”, nos dice sin dejar de sonreír, antes de los calamares y las madrileñas patatas con alioli, mientras las primeras luces de la Navidad ya van por libre en una deliciosa plaza Mayor. Detrás de una gran tímida se esconde una géminis con las cosas claras: “No quiero que piensen que soy como Sara Carbonero”. Espero que no, porque el periodismo racial y de tablao flamenco, de micrófono auténtico, no tiene nada que ver con el de la presentadora de los deportes: “Menos mal que no eres tan famoso como Iker, porque imagínate qué escándalo”, nos dice bajando por Atocha. La epopeya empieza sobre la marcha, sin darnos casi cuenta: la mirada nos hace hombres y mujeres, y nos renueva cada vez que miramos, conquistando la vida con la imaginación abierta de par en par. Cuánto nos gusta el norte a algunos. Se lo decíamos hoy a nuestro amigo Eugenio Fontaneda en la hora del vermut: para cuándo ese mapa-guía del amor español, con sus regiones dulces y eternas y sus provincias de ventisquero y mentira. El norte y el sur, el oeste y el levante, recogidos los corazones a escala y por colores: del rojo bermellón al negro, de la pasión verdadera y eterna a laperformance.

Estados Unidos inventó el Black Friday y en España nuestros líderes lo aplican solo para hacer el ridículo. Ya no sabemos a quién votar, porque Alberto Garzón pierde fuelle: los demagogos del surrealismo político, que lo mismo te hacen una pingoleta preescolar a lo Soraya en “El Hormiguero” que reciben un zurriagazo o un masaje tipo beso en la boca de Pablo Motos –Dios nos libre–, según seas de izquierdas o de derechas –ay, Pablo, Pablo–. Así, este Black Friday transcurre para algunos como recuerdo prosaico de otros viernes, las notas menores de este otoño que se va como la traca política que es y que se acaba, con un discurso de Primark o Media Markt; para otros, como un poema intensísimo, acendrado y singular, nacido de las entrañas del periodismo y el teatro, de los periódicos y la cultura, de nuestro mal disimulado deseo de hacer que cada día sea inolvidable. Son los recursos mágicos que nos ofrece a veces la vida: una promesa eterna en mitad de una obra de William Golding, incluso en mitad de un Black Friday.

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