Sí, pero cuál de ellas, porque guerras las hay en medio mundo. La de Siria, por ejemplo, lleva cuatro largos años y, hasta el día de hoy, que se sepa, ni una sola pancarta. Por supuesto que “No a la guerra” Y si hablamos de Irak, la franja de Gaza, Afganistán, Somalia, Mali, Sudán del Sur, Yemen, Libia y República Centroafricana, pues más de lo mismo.
Ahora bien, conscientes de que estamos en un momento de extrema dificultad en cuanto a orden internacional se refiere, hay que entender que no solo inquietan las confrontaciones bélicas, sino que la proliferación de ideologías extremistas, furias nacionalistas y ambiciones imperialistas son argumentos suficientes para poner bajo sospecha a otras comparsas de corte revolucionaria, no por ello menos beligerantes en esencia. No conviene olvidar las lapidaciones de mujeres en Arabia Saudí, en los Emiratos Árabes, en Pakistán y en Irán. Otrosí son las ejecuciones por blasfemia, el asesinato y la práctica homosexual, delitos estos castigados con la muerte a espada y en plaza pública, en Arabia Saudí, o a cuchillo en los territorios del Estado Islámico. Ninguna pancarta, ninguna voz.
Resulta curioso, cuanto menos, que ahora nos acordemos de sacar del fondo de armario la rancia pancarta para orear su olor a naftalina, cuando llevamos contemplando tantos desafíos como víctimas a diario cuentan en la impunidad de los actos llevados a cabo. Y uno se pregunta si no sería más efectiva dicha acción haciéndolo sobre el terreno por las propias calles de Bagdad o en las de Damasco o tal vez en Mogadiscio o en Dubai dejando latente toda la rabia que atesoramos por tanta barbarie. Buena oportunidad para ser protagonistas del programa “Españoles por el Mundo”
Los deseos en la pacífica convivencia es lo que todas las personas de orden queremos. A nadie, absolutamente a nadie que tenga voluntad de no perder la armonía de vivir en libertad, en seguridad de nuestros hijos, de pasear o transitar por una avenida, estar leyendo en un parque o dormitando en el asiento de un transporte público, es lo que todo humano de bien desea. Como digo son argumentos sobrados para mantener la suerte suprema de estar vivo para amar, para leer, para educar y ser educado, para respetar, para ser mejor persona y, en definitiva, para poder salir a cualquier vía pública y ser uno más entre todos, sin distinción de condición religiosa, ideología política, condición sexual, cinéfilo o de artes escénicas.
Son ustedes libres de pasear el slogan, faltaría más, pero nada de lo que está sucediendo dejará de ocurrir por un simple abrazo de Vergara, porque esta no es una guerra al uso, aquí no juega la empatía ni el vocablo almidonado, esto es apostar por la muerte súbita a manos de un terror educado en la escuela pública para dar muerte al infiel; o sea, Occidente, contenido y continente. Sepan ustedes, aunque me consta que lo saben, sepamos todos también, de una puñetera vez, que cualquiera de nosotros somos carne trémula para el terrorismo radical, de manera que, con pancarta o sin ella, los fanáticos tienen la fe intacta de morir a coste cero a cambio de un paraíso que les devuelva la propiedad de unos califatos perdidos.
Por supuesto que “No a la guerra”, y por descontado que hay que cortar de raíz la cuenta de resultados de quienes financian y protegen la barbarie, ahora bien, cuando leemos declaraciones como las de Julio Rodríguez, antiguo jefe del Estado Mayor de la Defensa, ya saben, el exjemad reconvertido en candidato de Podemos, va y se descuelga diciendo “que las bombas de izquierdasson de auxilio” entonces lo serio se politiza hasta convertirse en las famosas guerras de Gila. O sea, ¿las suyas son bombas de matar flojito o bien son simples balones de Nivea? A esto añade que lo conveniente es no discriminar a la gente por su religión o etnia. Pues naturalmente, y esa es la historia que nos persigue solo que al revés, porque Occidente es una puerta abierta al multiculturalismo y a las sociedades paralelas. No confundamos, señor Rodríguez, al fundamentalismo radical con la convivencia pacífica, porque el Islam, como las demás religiones monoteístas tienen su Dios y su credo, y como cualquier otra religión solo es cuestión de saber administrarla para la paz y el orden terrenal. Por eso “No a la guerra” pero sin demagogia electoralista.
Desconozco si el fin justifica los miedos, digo bien, miedos, porque todas las víctimas inocentescaídas, con independencia de su color de piel o su lengua vernácula, ya nunca tendrán la ocasión de mirarnos a los ojos y preguntar a qué clase de “No a la guerra” nos estamos refiriendo y cuál de ellas es la que nos mata más de cerca, porque las pancartas no lo especifican.