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ENSAYO

Gregorio Marañón Bertrán de Lis: Memorias del Cigarral 1552-2015

domingo 06 de diciembre de 2015, 17:54h
Gregorio Marañón Bertrán de Lis: Memorias del Cigarral 1552-2015

Taurus. Madrid. 245 páginas. 28 €. El nieto de Gregorio Marañón nos invita a una privilegiada visita por un escenario excepcional, el toledano Cigarral de Menores, que el insigne médico y humanista adquirió en 1921, convirtiéndolo en un espacio de tolerancia y espíritu liberal.

Por Carmen R. Santos

Hay lugares mágicos, excepcionales, luminosos, que parecen encontrarse solo en el mundo de los sueños. Sin embargo, afortunadamente, existen. Uno de ellos es el Cigarral de Menores. No es el único de este tipo de fincas que, con un origen que se remonta al siglo XI y una consolidación en el XVI, se ubican en un Toledo donde la modernidad no ha ahogado la tradición. Pero, sin duda, como señala el académico y arquitecto Fernando Checa, “de todos ellos, el Cigarral de Menores es el más interesante y característico, por su tipismo y belleza arquitectónica, por su adecuación al lugar y al paisaje, y por haber sido durante muchos años el hogar predilecto del Dr. Marañón que le dio renombre universal”.

Ahora, gracias a Gregorio Marañón Bertrán de Lis, nieto del célebre médico y humanista, tenemos la oportunidad de convertirnos en sus privilegiados visitantes, de transitar por sus espacios interiores y exteriores, de conocer su devenir -que va más allá del suyo propio para imbricarse en el de España-, de sumergirnos en un ámbito “donde el tiempo se remansa y pasa sin herirnos. Su retiro siempre nos aguarda cuando las tormentas de la vida amenazan con desarbolar nuestro espíritu, cuando precisamos de ese descanso que precede al inicio de una nueva aventura o cuando, sencillamente, buscamos el goce en paz de nuestra felicidad”, según confiesa el autor de este delicioso libro que aúna pasado y presente, historia e intrahistoria, biografía y memorias, y que se enriquece con un espectacular y abundante material gráfico.

El volumen se abre con una parte introductoria, donde, entre otros asuntos, se aborda el término “cigarral”, cuya etimología ha propiciado no pocas teorías, algunas sumamente pintorescas, y divertidas, como la de los viajeros ingleses del XIX, sobre quienes se consigna una acertada precisión: “Los viajeros ingleses del siglo XIX, verdaderos artífices de la España de pandereta, en ocasiones con fundamento pero más frecuentemente inventándosela, afirmaron que estas propiedades se llamaban cigarrales porque eran los lugares a donde los clérigos toledanos se retiraban para fumar a escondidas sus cigarros”.

A continuación, Marañón Bertrán de Lis lleva a cabo un completo repaso por los distintos momentos y dueños que ha tenido el Cigarral de Menores, desde 1552 hasta nuestros días, en el que se combina un exhaustivo trabajo de documentación con el testimonio personal. Se comienza así estudiando la escasamente conocida singular figura de Jerónimo de Miranda y Vivero, nacido en Valladolid en 1552, su primer propietario, un culto y rico canónigo de la Catedral toledana, atraído por el erasmismo, y con varios familiares perseguidos y quemados por la Inquisición. A su muerte, Miranda y Vivero deja en herencia la finca a la Orden de los Clérigos Menores, que la habilitan, siguiendo sus instrucciones testamentarias, como convento e iglesia, bajo la advocación de san Julián. Empieza de esta forma una nueva etapa de este emblemático Cigarral que, zarandeado por episodios como la guerra de la Independencia o la Desamortización, llegará hasta 1921. Entre 1822 y este inicio de la década de los veinte del pasado siglo, el Cigarral tendrá siete dueños, entre ellos el ministro de Estado del Gobierno de Cánovas, Manuel Silvela, y acogerá a personajes como Maurice Barrés, autor del famoso ensayo El Greco o el secreto de Toledo, o Gustavo Adolfo Bécquer, quedando hoy en el Cigarral, recuerda Marañón Bertrán de Lis, “una preciosa fuente romántica junto a la que, según la tradición, se sentaba a soñar sus versos”.

A partir de 1921, el Cigarral de Menores vivirá sus años de mayor auge y esplendor al ser comprado y restaurado por Gregorio Marañón, que descubrirá Toledo de la mano de Benito Pérez Galdós y de José Hurtado de Mendoza. El insigne médico y humanista, personalidad capital de la cultura del XX y cuya huella permanece hoy viva, lo denominará Cigarral Los Dolores, en homenaje a su mujer, Lolita Moya, su inseparable compañera de afanes y proyectos. También será conocido como Cigarral de Marañón. En él, Gregorio Marañón escribirá buena parte de sus libros en un despacho recoleto y austero, que en la actualidad se conserva intacto. Y sobre todo lo convertirá en un espacio donde se reunirá la flor y nata científica, literaria y artística de nuestra Edad de Plata, sin olvidar a ilustres figuras europeas, como Marie Curie, o el primer ministro francés Édouard Herriot. De esta manera será un lugar de ineludible referencia de la historia española anterior a la Guerra Civil, mejor “incivil”, como bien la calificaría Miguel de Unamuno. Precisamente el rector de la Universidad salmantina es uno de los asiduos visitantes, que recitará allí los impresionantes versos de su Cristo de Velázquez, conmoviendo a todos, o pasajes de su nivola San Manuel Bueno, mártir, momento que provocará una hilarante anécdota protagonizada por Federico García Lorca, quien también leyó en el Cigarral sus poemas y obras de teatro, como Bodas de sangre el 26 de febrero de 1933 poco antes de su estreno.

Junto a Unamuno y Lorca, una nutrida pléyade de nombres de las generaciones del 98, del 14 y del 27 se deleita con el Cigarral y con la afectuosa hospitalidad de Gregorio Marañón y de su esposa. Citarlos a todos resultaría interminable, recordemos, a modo de ejemplo, a Baroja, Azorín, Valle-Inclán, Ignacio Zuloaga, Ortega –“por quien mi abuelo sintió una gran admiración intelectual”, apunta Marañón Bertrán de Lis-, Pérez de Ayala, Salvador de Madariaga, Eugenio d’Ors, Manuel Azaña, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Benjamín Palencia, en un larguísimo etcétera.

El Cigarral de Menores es un enclave favorecido por la naturaleza hasta el punto de que Tirso de Molina, en su obra Cigarrales de Toledo (1624) lo describe como un sitio apacible con un jardín, “pedazo del de Adán que es la envidia de los sitios más soberbios”. Pero lo decisivo es que allí numerosas personalidades, más allá de su indudable relevancia, se congregaban como amigos “en la paz del Cigarral -explica el autor del libro- poseídos de un mismo espíritu liberal, para disfrutar de conversaciones y lecturas, para compartir conocimientos, para pensar apasionadamente en España”.

Lo que no debe olvidarse es cómo modélicamente Gregorio Marañón puso en práctica lo que, según nos recuerda su nieto, aprendió de Menéndez Pelayo y de Pérez Galdós: “Ambos le enseñaron, con el ejemplo de su amistoso entendimiento desde ideologías diferentes, el valor de la tolerancia que guió su vida”. Una enseñanza que los “hunos y los hotros” -en expresión de Unamuno- hicieron volar en pedazos en una contienda fratricida que jamás debió producirse. Una enseñanza de espíritu liberal, de respeto mutuo, por encima de diferencias ideológicas, que Gregorio Marañón Bertrán de Lis, activa y brillante personalidad de la vida política, empresarial y cultural española de hoy, recuperó para el Cigarral al adquirirlo en 1977. Una enseñanza de cuyo abandono los españoles tenemos trágica experiencia.

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