Tengo muy claro quién ganó el debate “decisivo” del pasado lunes, fue el Grupo A3media y les felicito sinceramente por ello. Como el riesgo a que en pleno puente nadie quisiera pasar varias horas pegado a la televisión, sabiendo ya a quién pensaban votar y por tanto con qué púgil iban, el medio se afanó en publicitarlo hasta el frenesí. Dio sopas con honda a los de la Paramount antes del estreno mundial de alguna secuela, por ejemplo, de Misión Imposible y creó una expectación antes nunca vista en España, menos tratándose de un programa de contenido, en principio, político. Ojo, parecían decirnos, que si no ven el debate luego no van a saber a quién votar. Cuidadito, no se equivoquen, que en estas dos horas se decide todo. No sé, quizás hasta podríamos habernos ahorrado el lio de montar unas elecciones con todo lo que ello conlleva: colegios electorales, papeletas, mítines, carteles, urnas. Deposite su voto en Twitter con la etiqueta correspondiente de A3 y ya hacemos nosotros las cuentas.
En todo caso, cada uno iba a votar al “suyo” como ganador del debate mucho antes de que las cámaras se metieran en los coches de los representantes de cada partido igual que si se dispusieran a recorrer el trayecto para encerrarse en la casa de Gran Hermano o para ponerse a prueba en una isla. La previa del debate anunciaba cómo iba a desarrollarse el mismo: frívolo espectáculo versus profundidad de discurso. Sociólogos y analistas varios, repasaban el atuendo elegido, los gestos, la forma de entrar en el coche o en la cadena de televisión, de saludar a los anfitriones y de caminar por los pasillos. El triunfo de la imagen sobre el contenido llevado al paroxismo más absoluto. En definitiva, si me lo permiten, un circo. Circo, por otra parte, en el que había que participar sí o sí. Candidatos – o suplentes – y, por supuesto, nosotros, la buscada y encontrada audiencia. Porque ahí estuvimos casi todos, con mejor o peor disposición, pero estuvimos. Menos mal que a este país es difícil ganarle en ingenio humorístico y pudimos distraernos del concierto de metales que amenazaba nuestro ya decidido criterio cuando, una vez despedidos los protagonistas, tuvimos que escuchar también a los “secundarios”. Que Soraya Sáenz de Santamaría se mostraba poco natural y a Albert Rivera se le movían hasta los pelos de las canillas, creo que ya lo veíamos todos sin necesidad de que nos lo explicaran después. Que Pedro Sánchez había salido a enterrar su vacío bajo paladas de agresividad y que Pablo Iglesias se aferraba al “no os pongáis nerviosos” como una especie de anclaje recomendado por su coacher personal, también lo veíamos con estos ojitos sin esperar a que nadie nos lo señalara más tarde.
Debates, sí, por supuesto. Incluso, si quieren, todos los días de aquí al día 20, aunque personalmente preferiría un sistema electoral de doble vuelta. Porque mucho más frívolo que quedarse a debatir en la superficie, es intentar hacer adivinanzas sobre con quién pactará cada partido en caso de que ninguno obtenga mayoría absoluta. Ayer mismo, el socialista primer ministro francés Manuel Valls pedía el voto para el partido conservador de Sarkozy de cara a la segunda vuelta de las elecciones regionales que han dado una escandalosa victoria al partido radical de Marine Le Pen y familia. "Está en juego la República”, se ha podido escuchar a Valls, ya que a su juicio la extrema derecha busca "dividir", "que los franceses se ataquen entre ellos" y "mentir a los que están desesperados". Sin una segunda vuelta, esto no sería posible, no habría remedio, ocasión para reflexionar (de nuevo). El electorado francés lo sabe y no es la primera vez que utiliza la primera vuelta para tirar de las orejas a sus dos grandes partidos. El Frente Nacional ya ha salido como fuerza más votada en otras elecciones, pero siempre ha sido únicamente en la primera vuelta: la que ayuda a aclarar de qué palo va cada uno para poder dar el voto definitivo a quien dicta el sentido común, la responsabilidad como demócratas que tenemos todos a la hora de ejercer nuestro derecho – y obligación – al voto.