"
Nunca he vivido esto", confesaba
Jose Mourinho en la sala de prensa del coliseo londinense que acoge al Chelsea, en la previa del trascendental enfrentamiento ante el Oporto. En efecto, el técnico luso asistía esta jornada, en plena marejada -más mediática que social- ante la tétrica concatenación de eventos revirados que le podrían avocar a la cuneta de la legitimidad. El fin de semana alumbró la enésima derrota inesperada -en casa, 0-1, ante el recién ascendido Bournemouth- y cultivaba el terreno para que también enterrara, con abrupta precocidad sus opciones continentales -en cinco de las últimas seis ediciones condujo a su equipo hasta las semifinales-. El Dinamo de Kiev figuraba virtualmente clasificado -jugaba en Ucrania ante un Maccabi Tel Aviv desprovisto de puntos- y el bloque portugués gozaba de aptitudes para culminar la afrenta. La fortuna había configurado un guiño en escorzo por el que su némesis madridista,
Iker Casillas, se interpondría en la maltrecha relación de objetivos
blues. Si la morbosa tesitura no supusiera un aliciente ambiental suficiente para el evento, el club inglés animó a "tirar al vulnerable" portero madrileño, que con su amalgama de pifias en el duelo previo autografió el cariz épico de esta batalla de claro aroma español. Cruzaba urgencias un partido con visión directa del abismo para los propietarios de los banquillos. Se desplegaba una batalla de antagonistas en el corazón del Real Madrid. Un duelo con nombres y currículums legendarios de trompicado presente.
El entrenador doble campeón de Europa ideó un planteamiento con dos modificaciones nucleares.
Cesc Fábregas salía de escena y Diego Costa se hacía con el rol titular. Quería el preparador imponer la cobertura física -con Matic y Ramires- para lanzar el vértigo tras robo. Oscar, William y Hazard, repletos de desequilibrio, alimentarían al delantero hispano-brasileño. Azpilicueta e Ivanovic habrían de taponar las acometidas de la creación por banda oponente y Zouma y Terry abrigarían a un Courtois recuperado para la causa a tiempo. La intensidad, el ritmo y las ayudas colectivas en el cierre marcarían la longitud del camino del Chelsea en este crucial envite. A la espera de recobrar la lucidez -Cesc y Pedro cayeron en desgracia-, apostaba Mourinho por refrescar estándares de juego y entregar a la competitividad tactica -olvidada este curso- su futuro a corto plazo.
Se cubría las espaldas en preparador con el sonado sacrificio de calidad. Julen Lopetegui, que arribaba a Stamford Bridge después de un renqueante inicio de temporada, decidió apuntalar su esquema con el fin de poseer la ventaja del cuero en la pugna por el mando. Así, el preparador vasco dispuso una zaga de tres centrales -Marcano, Martins Indi y Maicon-, dos carrileros largos -Layún y Maxi Pereira- y una medular de músculo que salvaguardara la intención de elaborar en estático. El mexicano Héctor Herrera lucía como la pieza de mejor manejo en una línea cerrada por la brega de Danilo e Imbulá. El sistema yacía sin punta referencial. Brahimi y Corona, dos interiores con llegada, se repartirían el peso ofensivo del desborde. El Oporto buscaba las cosquillas de una retaguardia con tendencia a la cesión de espacios interlineales y arrinconaba la presencia goleadora de Aboubakar. El talento de Ruben Neves y Tello también figuraba abandonado por el intencional brío del centro del campo dispuesto. Debía
afilar su efectividad y precisión el equipo luso para sobrevivir ante la tensión anunciada.
Respondió con celeridad el enfrentamiento al guión teórico: la pelota iba a virar entre la querencia portuguesa y la presión intensa local, con la precisión como variable decisiva. El centro del campo quedó delimitado por la exigencia técnica en el primer impulso. El Chelsea intercambiaba la subida de líneas con el repliegue en cancha propia, ejecutando una reducción de espacios notable que templaba la verticalidad del equipo visitante, constreñido a la hozirontalidad. Se asentó la tendencia local al vuelo y la economía temporal de la posesión en busca del golpeo rápido. Los visitantes, por su parte, se afanaban por disponer del balón. La batalla en la parcela central estaba servida. Brahimi abrió boca en el primer resquicio -minuto 5- con un disparo que sacó, apurado, Courtois.

Empezaba a confirmar el esbozo táctico el partido, con ambos equipos afirmando sus intenciones, cuando el cuero cayó en las botas de
Hazard y al espacio. El belga detectó el movimiento a la espalda de la zaga oponente de
Diego Costa y le sirvió el mano a mano con astuta clase.
Casillas emergió, bien colocado, para taponar el remate de su compañero de debacle mundialista. Sin embargo, la pericia del meta no encontró coherencia en Marcano, que ya había marrado el despeje que abrió el agujero, y el rechace se coló mansamente en la meta visitante, tras golpear el torso del central. Maicon trató de salvar la situación pero su carrera desesperada no evitó el 1-0 en el 12 de juego. Se adelantaba un Chelsea que desdeñó la pelota pero limitó la productividad inicial del rival. Es decir,
parecería recobrar el cohesionado adn que le llevó a alzar la Premier League.
La comedida celebración de Mourinho dio paso a un intervalo de ascenso de vatios del bloque inglés. La propuesta táctica de imposición del físico y salida había cosechado rédito con velocidad, sin conexión con la elaboración. Sí disponía de este punto un Oporto que navegaba en la pausa de la horizontalidad. La superioridad de piezas en la medular resultaba flagrante, con Layún y Pereira apostados en los costados, pero el cierre ordenado de un Chelsea agazapado para morder a la contra no entregaba el control del tempo.
La red de ayudas intensas y efectivas, hecho descontextualizado esta temporada, amortiguaban el movimiento escalonado de Brahimi y Corona, jugadores destacados en la ofensiva visitante.
Cruzada la primera media hora, la posesión de balón entregaba una relación de 60 a 40 por ciento, pintado de azul y blanco. La línea argumental se cumplía a rajatabla, con la pulsión competitiva sin entregar una pulgada al respiro. Ante tal paisaje se manejaba con
más comodidad la idea de Mourinho, que a esta altura volvía a intercambiar presión elevada con repliegue y salida, deshilachando el compás de partido luso y otorgando un susto a Casillas. Un robó de Azpilicueta en campo ajeno encontró continuidad en Matic, que movío la transición y concetó con la pared de seda dibujada entre Oscar y William. El
8 culminó el argumento con un chut desviado por la zaga que lamió el poste.
No encontraba variables Lopetegui ante la calma del Chelsea. La circulación del Oporto no esquivaba la futilidad, ya con desventaja en el marcador y la inherente obligación por alcanzar, al menos, la igualada. La clasificación se alejaba al tiempo que se disolvía la concreción por falta de referencia que enganchara la depauperada escala de creatividad de la medular con los atacantes.
La superioridad asociativa visitante no rendía resultados en ocasiones generadas por las imprecisiones. El músculo diseñado para el centro del campo penalizaba y cercenaba la fluidez en la inquietud de Courtois y, con el marcador a favor, tan sólo
Corona había esbozado desbordes reseñables, en brillantes
slaloms solitarios, ante la acumulación de obreros ingleses en el achique.
Había caído el partido en el cumplimiento riguroso de los renglones británicos. Tan sólo dos fogonazos cupieron antes del intermedio. Brahimi remató desde media distancia para que
Courtois se desperezara, en sencilla atajada -en el 42-, y
Casillas estiró su anatomía, en virada reacción, ante el disparo cruzado de Diego Costa -en el 45 de juego-. La tensión confluyó en acopio de amarillas, con Maxi Pereira airado ante los mejores minutos del curso de Oscar. Hazard y William transitaron sin trascendencia y, por ende, la consecución de llegadas no ofreció un repunte en relación con lo experimentado desde agosto. Sí viró el número de opciones cedidas, aminorado, y el rendimiento colectivo ganó en empaque.
Sin cambios se decretó al reanudación.
No variaron los peones pero sí la actitud. Elevó la tensión y ambición posicional el Chelsea, que avanzó metros y, en consecuencia, cedió huecos para la recuperada verticalidad visitante. El terreno quedó, entonces, mejor abonado para la alegría y los disparos se reprodujeron. William lanzó desde la frontal y Casillas repelió el intento en el primer suspiro; Corona, en contragolpe y por la vía de la enésima diagonal repleta de habilidad, encontró a Courtois en la respuesta lusa; y Brahimi chutó a las nubes, desde la frontal, tras un número de regate sublime, para cerrar
cinco minutos de paroxismo. Se había rebelado con personalidad el Oporto, dispuesto a subir metros y discutir el control de las evoluciones a través de un cortejo del esférico mejor planteado hacia el arco rival. Sin embargo, no conseguiría tal propósito Lopetegui en primer término. Los huecos a la espalda de la adelantada medular lusa abrieron el espacio certero para que la calidad de Hazard y William esbozara contraataques que sólo la merma técnica de Diego Costa no tradujo en opciones de remate, con la presencia de Iker como único obstáculo. Sería el ex artista del Shakthar, por ende, el encargado de fijar el veneno de la valentía arriesgada asumida por Lopetegui. Una frenética contra encontró la lectura de situación de
Hazard, que distribuyó para regalar una opción franca de remate a la llegada en el segundo poste de
William. El brasileñó
encañonó al primer poste y Casillas no supuso oposición al chut raso que se coló fuera del radar del meta. Corría el minuto 52 y la montaña duplicaba su dureza ante la firmeza en el rictus colectivo inglés, que estudió a su contrario y desnudó sus flaquezas.
El 2-0 radicalizó el escenario. El Oporto quisó disponer de mayor profundidad en la posesión y los pupilos de Mourinho ahondaron en su encierro y huída hacia la sentencia en el frenesí del contraataque. Los técnicos contemplaron la necesidad de apoyar sus directrices con modificaciones tangibles y se disparó el guarismo de sustituciones. Imbula -superado en la creación y contención- cedió su lugar
Aboubakar, Maxi Pereira abrió paso para la calidad de
Ruben Neves, Tello entró por Herrera -desfondado, incapaz de mostrar su pelaje de llegador-,
Pedro sentó a Oscar -que había entregado su fugaz mejor versión del año- y
Mikel sustituyó a Diego Costa -fallón, como de costumbre, de cara a portería-. Recuperaba el
nueve Lopetegui, que, además, renegaba de su infructuosa apuesta inicial al redoblar la intención, confiar a la creación su centro del campo y dejando a Danilo como único obrero recuperador.
Corona proseguía su labor de desequilibrio, tirado en banda y en diagonal, y la zaga británica desvió, sin margen, el remate posterior de Brahimi en el 63. Había crecido de manera vehemente el segundo clasificado de la Liga portuguesa.
Neves engrasó la circulación para hacer daño entre líneas al tiempo que el físico cedía en el achique local. Parecería desatinada la elección inicial y el retraso de la influencia del joven centrocampista en el juego. Con él sobre el verde, se agudizó la sensación de peligro visitante y la reculsión local. El vigente campeón inglés, que empezaba a dejar oquedades, había descendido su intensidad y un gol metía en el partido al respingo luso.
Pero las modificaciones introducidas por Mourinho, que afianzó la consistencia en el repliegue y recuperó la amenaza con balón y en vuelo, alumbró diez minutos finales de disputa decidida por la posesión del cuero, neutralizando el presumible avance por aluvión portugués. Hazard se estrelló con la fría rotundidad del poste tras una asociación puntiaguda y la escena viraba de nuevo. Quería
cerrar el partido con más pelota y menos vértigo el Chelsea, que conseguía contemporizar ante la incapacidad visitante para recuperar el balón. La lectura de
Mou lanzaba las opciones de los suyos. La medular portuguesa, repleta de talento, sollozaba sin juego continuado. Incapaz de crear peligro, el Oporto atisbaba su despedida de la máxima competición continental impotente, adoleciendo de cohesión en la activación tras pérdida.
Mourinho, que sufrió el desplante de Hazard en su sustitución por Remy, había ganado la partida táctica. Un remate desviado de éste último y la volea soberbia de Brahimi que lamió el poste sellaron el epílogo de los tres puntos que situaron a los ingleses en la siguiente fase, como primeros de grupo, y a los lusos en la Europa League. El duelo Casillas-Mourinho se resolvió con una actuación firme del primero y la superioridad para con su par del segundo. Venció el favorito, que este miércoles evidenció la lógica si vestuario y técnico mantienen sintonía. "Ésto supone una buena oportunidad para que Iker gane el único título que le falta, la Europa League", lanzó con cerbatana sarcástica en rueda de prensa un entrenador que, después de semanas de ahogo,
arranca una apnea de respiro que emana de la predisposición de sus pupilos a cumplir los preceptos y automatismos trabajados. Sentando al cerebro capital del proyecto en el partido más importante.
El sujeto pasivo, que cayó derrotado del combate maniqueo, frena el ritmo en la legendaria suma de partidos disputados en la élite con justicia. Su
dignidad bajo palos, contaminada en el transcurso de su etapa post-Chamartín, evidenció inseguridad aérea, capacidad reactiva sin virtuosismo y solvencia en los bailes de a dos. Cumplió, aunque alejado del uniforme salvador. Una conclusión de indigesto carácter para los integristas del misticismo del santo en vida profesional. La continuación extramuros del epílogo anunciado cuando los protagonistas de este miércoles convivían en Valdebebas. La vida, acá y acullá, continúa. Aunque parezca mentira.
Ficha técnica:
Chelsea: Courtois; Ivanovic, Zouma, Terry, Azpilicueta; Ramires, Matic, Willian, Oscar (Pedro, m.81), Hazard (Remy, m.89) y Diego Costa (Mikel, m.85).
Oporto: Casillas; Maxi Pereira (Rúben Neves, m.55), Maicon, Marcano, Martins Indi; Danilo, Héctor Herrera (Tello, 69), Imbula (Aboubakar, m.55); Layún, Corona y Brahimi.
Goles: 1-0, m.12: Marcano (pp). 2-0, m.51: Willian.
Árbitro: Cünet Çakir (TUR). Amonestó a Costa (m.18), Matic (m.30) e Ivanovic (m.73), del Chelsea; y a Maxi Pereira (m.33), Danilo (m.39) y Martins Indi (m.42), del Oporto.
Incidencias: 41.096 espectadores asistieron al partido correspondiente a la sexta jornada de la Liga de Campeones, disputado en Stamford Bridge.