Pablo Iglesias y los referéndums
viernes 11 de diciembre de 2015, 10:04h
Pablo Iglesias tiene un problema conceptual con los referéndums. Si en el último debate llegó a afirmar sin rubor alguno la existencia de un referéndum de autodeterminación en Andalucía en 1977, ayer insistía una vez más sobre su propuesta de hacer otro en Cataluña por su “derecho a decidir”. En ambos casos se equivoca gravemente el líder de Podemos.
Fue en febrero de 1980 -y no en el 77, en que por no haber, no había ni Constitución- cuando a instancias del Gobierno de UCD los andaluces aprobaron en referéndum su actual estatus autonómico, con arreglo al artículo 151 de la Constitución. No se trataba de refrendar “españolidad” alguna, sino de equipararse a nivel competencial con las llamadas “comunidades históricas”. El caso un hipotético referéndum en Cataluña, en el que coinciden Juntos por el Sí, la CUP y al parecer Podemos, es diferente. Como parte integrante de España, con arreglo al artículo 2 de la Constitución habría que preguntar no sólo a los catalanes sino al resto de españoles y con posterioridad disolver las Cámaras y redactar una nueva Carta Magna. La soberanía nacional corresponde a todos los ciudadanos españoles, y no sólo a una parte; en consecuencia, no se puede privar de ese derecho a una parte – a la mayor parte, en este caso- de la ciudadanía española. A los efectos, el señor Iglesias, que se dice admirador de la Constitución de 1812, debía leerse los artículos, 1º, 2º y 3º de la misma. Desde entonces –y pasando por las Constituciones de 1837, 1869, 1931 y 1978- los españoles constituyen una nación de ciudadanos, libres e iguales, que no una confederación de territorios, modelo, por otra parte que no existe en lugar alguno de Europa.
Uno de los pilares de la democracia es el respeto a la legalidad vigente. Sin eso, no hay estado de derecho que valga. De ahí que resulte inaceptable ver cómo alguien que enseña ciencia política en la universidad manifiesta un desconocimiento tan palmario del funcionamiento legislativo de su país. La demagogia es mala consejera, y más aún cuando se juega con la identidad nacional.