Salvando las distancias, las coherencias en urnas y poco más, después de visto lo visto en los resultados electorales, los auténticos ganadores han sido los agraciados con el premio gordo de la lotería de Navidad. Disculpen pero el sarcasmo es lo único que nos queda ante la deriva de ingobernabilidad en la que hemos caído. La verdad es que ha sido sin querer, porque aquí, en nuestro país, muchas de las cosas suceden así, casi sin queriendo –como decía un buen amigo-, y claro, a la postre nos sale un berenjenal que no hay por dónde cogerlo.
En estos momentos hemos cumplido con la doctrina de votar. Buena sintonía con el deber ciudadano y mejor causa para disfrutar de un día en familia. Paseo otoñal en puertas de algún invierno venidero y planes para el menú de la cena de Nochebuena, son argumentos más que suficientes para relajarnos y disfrutar de un domingo de hermanamiento. Todo resulta placentero hasta que cierran los colegios electorales y se procede al escrutinio. Y claro, cuando el resultado ha sido el que ha resultado ser entonces la cosa se pone fea. ¿Y ahora qué? Nos preguntamos unos y otros.
No lo sabe nadie, créanme, pero una cosa si debemos tener en cuenta, como esto comience a marear la perdiz y no sean capaces de formar gobierno lo antes posible, los inversionistas, ya saben, los que apuestan por España poniendo dinero sostenido en cualquier país seguro en matices, pues nos vamos al carajo en cuatro días. La cosa no es para jugar ni con globos morados, naranjas, azules o rojos. Como la cosa se alargue más de la cuenta o como la falta de gobierno estable pase por no hacer un gran pacto capaz de mirar por los intereses generales, y dar de lado histriónicas aspiraciones partidistas, pues repito, visto lo visto, más nos vale estar cerca de un desfibrilador.
Que el resultado habido nos puede parecer exótico, pues sí. Que incluso podemos presumir hoy de ser más vanguardistas, también. Que los cambios y el reparto de dones parecían inevitables, era previsible. Y ahora qué, ¿Mejor o peor que hace tres días? -cabe preguntarse-, porque lo de tener un mapa electoral con más mezclas políticas que castas tiene la India, nos lleva a la diferenciación de haber votado en franquicia de conciencia pero sin tener a mano la píldora del día después. Y el resultado ha sido un embarazo en toda regla. Ya veremos cómo y quienes se encargan de la gestación, porque el paritorio está esperando, o bien Moncloa o bien la maternidad de O´Donnell.
El circo de las navidades está servido, porque en esta ocasión nadie conoce el verdadero destino de su voto, si por posibles alianzas de gobernar debemos entender lo acontecido; pero eso sí, hay personas a las cuales todo este frangollo les invita a festejarlo a bombo y platillo, y es que todo lo que huela a revolución lleva genética en la memoria. Es lo que tienen los nuevos tiempos y lo que traen los fuertes vientos.
Sin embargo, no hay mal que por bien no venga, es ahora cuando vamos a ver el verdadero rostro de la patulea política que tenemos en este país, pues todo aquello que no sea defender la unidad por un bien común, todo aquello que no represente el modo de sacarnos de esta maraña, servirá para quitar la careta a cuantos practican el arte del poder sin tener en cuenta que ahora lo necesario de verdad no es un gobierno perfecto, sino uno que sea práctico y transparente, por eso España no puede esperar perdiendo el tiempo con nuevos ensayos, porque los experimentos en política significan revoluciones.