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TRIBUNA

¿Queríamos esto?

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
jueves 24 de diciembre de 2015, 20:47h
El resultado de las elecciones no me ha sorprendido, pero no por eso estoy menos preocupado. Desde que comenzó este siglo, con la fecha simbólica de los atentados en Nueva York del 11-S, vengo desarrollando en estos artículos un argumento que descansa en tres ideas: una, que estamos entrando en una nueva época para las democracias atlánticas; dos, que nuestro sistema constitucional mantiene su eficacia, a pesar de que lleva veinte años sin reformarse; y tres, que nuestro sistema de partidos políticos está sufriendo en grado sumo esa falta de reformismo político, y que en estas elecciones se ha llegado a la última fase de ineficacia. Y como yo había previsto en mis escritos anteriores ese resultado maligno, es por lo que estoy preocupadamente inquieto.

El que el rival electoral se haya convertido en enemigo político se remonta en España a los últimos años del siglo pasado. Podría fecharse en los llamados “años de plomo”, coincidentes con el último gobierno de Felipe González, en los que hasta los asuntos de terrorismo fueron motivo de morbosa desunión política. A propósito de las teorías del enemigo en las democracias de Carl Schmitt (un jurista genial que fue nazi por un tiempo), se ha demostrado que las democracias dejan de funcionar cuando el comportamiento de los partidos obedecen sólo al binomio amigo-enemigo.

Por eso estamos preocupados por el resultado de las elecciones: los acuerdos para formar gobiernos y mayorías estables son imposibles. Entre los partidos tradicionales de gobierno porque las desconfianzas son enormes y vienen de hace muchos años; y entre éstos y los nuevos partidos porque cada uno de los tradicionales ve en el partido ideológicamente más cercano un proyecto para destruirle y ocupar el espacio electoral que hasta ahora mantiene. En el caso de Podemos, sus propuestas revolucionarias (por ejemplo, la autodeterminación en Cataluña y en otras nacionalidades) desaparecerían de inmediato si consiguieran ocupar el espacio PSOE, como ha sucedido en Grecia, una vez que Syriza ha suplantado a los socialistas del PASOK.

El sistema de partidos español ha evolucionado hacia atrás, hacia una concepción precientífica. La ciencia surge cuando las incógnitas lógicas son resueltas con las matemáticas, y para empezar, utilizando la aritmética y la geometría. En el próximo Congreso de los Diputados las sumas salen, lo que ocurre es que la geometría política parece imposible. Con una distribución de escaños parecida, países europeos, con Alemania como ejemplo deseado, han formado gobiernos eficientes (atendiendo problemas como el desempleo, el cambio climático o el papel de Europa con los refugiados. ¿Se sabe qué proponen de estos asuntos nuestros electos?) y estables (para hacer frente a China y su ultracapitalismo).

Esto que digo no es una metáfora literaria. La democracia nace y se desarrolla en paralelo a la ciencia moderna. Si nosotros no tenemos unos partidos que puedan sumar juntos, para acordar (¡el acuerdo es la esencia de la actual democracia liberal!) un programa de actuación, entonces nos encontramos en un retroceso cultural escolástico, y algo de eso viene sucediendo desde hace al menos veinte años, cuando realidades plurales, como la misma Constitución, fueron utilizadas para condenar a los que no profesaban un pensamiento diferente al que se defendía como oficial y obligatorio.

El debate político casi ha desaparecido. Hay unas causas comunes que explican su retroceso en la mayoría de las democracias europeas y americanas. El intelectual ha sido sustituido por el periodista, y éste por la estrella del espectáculo. Pero en España existe alguna singularidad. Como el debate parlamentario ya no existe, asfixiado por el “argumentario” y la rigidez de los reglamentos, los platós de las televisiones privadas se presentan como alternativa, solo que más entretenida. Y como la televisión pública es igualmente parcial, sólo que mucho menos entretenida, y que cada vez llega a menos público, esta situación beneficia a un tipo de estrellas mediáticas y a sus cadenas comerciales televisivas, pero sus intereses no pasan por las necesidades de objetividad y pluralismo ideológico de una sociedad democrática como la nuestra.

No es casual que los nuevos líderes y los nuevos partidos hayan surgido en las televisiones privadas. Es evidente que entrevistar al enemigo tiene más audiencia que conocer los matices de pensamiento de un rival reflexivo. Desde luego, con las entrevistas de Bertín Osborne -¡en la cadena pública!- hemos conocido las destrezas culinarias y amorosas de los candidatos a presidir el Gobierno de España, pero poco más, pues Bertín no se le ocurrió preguntar algo que hoy nos podría servir para estar mejor informados.

Como en otros tiempos lejanos, los informadores hacen cábalas con lo que pueda decir el Rey en su mensaje de Navidad sobre nuestra situación política. El Rey tiene autoridad moral, pero el poder lo tenemos nosotros, que acabamos de elegir a nuestros representantes. Una expresión más del raquítico pensamiento líquido que nos domina. Íñigo Errejón, un republicano de la marca “Podemos”, un activo partidario de “empoderar” a los ciudadanos, ahora propone que el presidente del Gobierno sea una persona sin color político, elegida fuera de los partidos, en suma, Errejón quiere que las características del Rey sean también las del presidente del Gobierno.

El presidente Charles De Gaulle se dirigió a exaltados franceses, que bramaban porque no querían dar la independencia a Argelia, con esta famosa frase: “Yo ya os he comprendido”. Contra lo que esperaban, De Gaulle hizo exactamente lo contrario. Rompió una tendencia que estaba agotando a Francia. ¿Habrá alguien que haga algo así para romper la mala tendencia en España? Sería volver a la política moderna.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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