La última semana del año es un momento propicio para sentarse a leer un buen libro y hacer memoria. Galaxia Gutemberg, que viene traduciendo desde hace años magníficos títulos de la literatura soviética, nos brinda ahora la edición en español de “Leningrado: Asedio y sinfonía” de Brian Moynahan. El autor es un historiador que cohonesta la investigación con el ejercicio del periodismo. Desde hace algunos años, presta especial atención a la Historia de Rusia. Ha escrito, por ejemplo, sobre Rasputín y sobre el Ejército Rojo. Ahora, el lector en lengua española puede disfrutar de su último libro, que consagra a Shostakovich y su magnum opus: la Séptima Sinfonía “Leningrado”.
No les ocultaré que Rusia es una de las pasiones de mi vida –los lectores habituales de esta columna lo saben- y que soy poco objetivo cuando se trata de Shostakovich, uno de mis compositores favoritos. De toda su obra, las obras dedicadas a la II Guerra Mundial –especialmente, las Sinfonías “Leningrado”, “Stalingrado” y “Babi Yar”- me conmueven cada vez que las escucho. Tuve, en fin, la suerte de nacer en un hogar donde la música y el interés por Rusia estuvieron siempre muy presentes. Vaya, pues, por delante que no hay lector más predispuesto que yo a leer cuanto se publica sobre ella, que es mucho más una civilización que una geografía.
Leí el libro de Moynahan en inglés hace como un año. Desde entonces he lamentado que no estuviese en español para recomendárselo a algunos amigos. Ahora Galaxia Gutemberg me brinda la ocasión de regalarlo en estas fechas y compartir con ellos estas más de 500 páginas de buena prosa e información valiosísima. Por lo pronto, ya le he comprado uno a mi padre.
El libro se divide en 15 capítulos y una “obertura” y el ritmo es ágil. Va acompañado de un listado detallado de personajes –muy útil por si uno se pierde con los nombres- una serie de mapas, una generosa bibliografía y un suplemento de fotos. Alejandro Pradera Sánchez y María Cifuentes han hecho la traducción y cuidado la edición respectivamente. El producto final es admirable. Frente a mi triste edición inglesa en tapa blanda y formato gigantesco, la española tiene tapa dura pero es más manejable y ligera.
Hablemos del contenido.
Por esta obra, desfila la gran cultura soviética de comienzos del siglo XX y de cuya destrucción nos dejó buena cuenta Vitali Shentalisnki en sus tres libros sobre la persecución de los intelectuales en la URSS: Meyerhold, Mayakovski, Mandelstam y tantísimos otros. Moynahan nos conduce de la mano por sus casas y sus salas de concierto y teatro. Nos enseña sus aficiones y sus influencias. Por ejemplo, la importancia del jazz en la obra de Shostakovich –escuchen sus suites de 1938 para la Orquesta estatal de Jazz que dirigía Knushevitsky- ya se anticipaba cuando, en la primavera de 1923, el joven compositor tocaba música para películas en salas de cine. Allí, nos dice Moynahan, “aprendió a improvisar en un enorme abanico de registros, de lo cómico a lo trágico, de lo luminoso a lo sombrío”. Me gusta pensar que la sonoridad y el dramatismo del “Ataque” de la Octava Sinfonía “Stalingrado” se fue forjando en la oscuridad y el humo de tabaco de un cine.
Sin embargo, aquí el protagonismo lo tiene Leningrado y un pueblo martirizado. El horror de las purgas pasa ante nosotros. Vemos cómo el Terror de Yagoda, Yezhov, Beria diezma la inteligencia de la URSS al tiempo que decapita a las fuerzas armadas. Esta parte del libro es un prólogo estupendo para la lectura de Terror y Utopía, de Schlögel, que ha traducido hace unos meses Acantilado. El mismo Meyerhold, que llamaba “Dima” -diminutivo de Dmitri -a Shostakovich, sería encarcelado, torturado, y finalmente fusilado el 2 de febrero de 1940. La lista de los amigos represaliados, perseguidos, torturados y muertos sería interminable. Él mismo sufrió las campañas de difamación de Pravda y las denuncias contra los “enemigos de clase ocultos”. Su éxito se eclipsó con las denuncias lanzadas contra él y que sufriría de nuevo en 1948 junto a otros grandes compositores (Prokofiev, Khachaturian). Shostakovich respondió a los ataques y la censura con una sinfonía: la Quinta.
Tras las purgas y el Terror, llegaron los nazis. El lector debe prepararse para las escenas más aterradoras –permítanme la cita del folletín- cuando Moynahan describa el invierno de 1941: el hambre, los bombardeos, la resistencia desesperada, inquebrantable, invencible de la ciudad que el compositor amó toda su vida. Lean con calma la descripción que hace de la ciudad asediada. Vean la orquesta incapaz de interpretar una sinfonía nacida bajo las bombas. Hay polémica sobre si comenzó a componerla en la ciudad o si ya tenía una parte terminada para cuando comenzó el asedio y continuó con ella durante la batalla. Les confieso que –como lector- me conmueve la sola idea de que Shostakovich creaba mientras los nazis destruían. El compositor fue afortunado y pudo huir. La Séptima Sinfonía se estrenó en Kuibyshev el 5 de marzo de 1942. Sonó por primera vez en Moscú el 29 de marzo de ese mismo año y, por fin, se estrenó en Leningrado el 9 de agosto de 1942, el día siguiente a la recepción en la que Hitler había celebrado la caída de la ciudad. La obra de Shostakovich demostraba que Rusia seguía en pie y que la ciudad resistía. Esos rusos, dios mío, esos rusos que van a escuchar a este músico bombardeados, tiroteados, muertos de hambre, oprimidos durante años y con una dignidad a prueba de tiranías. Escuchen a Eliasberg, el director judío de una Orquesta de la Radio de Leningrado famélica e incapaz de ensayar la sinfonía de seguido, por la debilidad extrema de sus músicos. Por cierto, la vida de este director daría para otro libro extraordinario.
No quiero agotarles con este encendido elogio de un compositor y un pueblo. Termino recomendándoles que compren el libro y lo regalen. En estos días, acérquense a alguna librería - ¡compren libros, caramba! – y háganse con esta delicia de Moynahan. Llévense dos para regalar uno. Incluyan la referencia en su carta a los Reyes Magos. Hagan lo que sea. A fin de cuentas, no deberían necesitarse pretextos para regalar libros.
Que lo disfruten.
Feliz año 2016.