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TRIBUNA

Felipe VI, un Rey del Siglo XXI

domingo 27 de diciembre de 2015, 19:36h

El final del reinado de Juan Carlos I no ha sido particularmente grato, pues se ha juzgado su figura por cuestiones personales, ignorando su legado como hombre de Estado, que desempeñó un papel decisivo en la transformación de una dictadura en una sociedad moderna, democrática y plural. En su espléndida biografía Juan Carlos. El Rey de un pueblo (2003), Paul Preston señala que la izquierda y los sectores más inmovilistas de la derecha le recibieron con idéntica hostilidad, pues le consideraban una amenaza para sus intereses. Durante mucho tiempo, el príncipe vivió como el rehén de un régimen que le controló hasta la humillación. Su imagen de persona triste y solitaria convivió con una conciencia muy clara de que la restauración monárquica sólo disfrutaría de legitimidad, comprometiéndose con la instauración de una democracia homologable a la del resto de los países europeos. Su abnegación y sentido del deber se reflejaron en una Transición compleja y con momentos de enorme crudeza, con la ultraderecha y el terrorismo de ETA y los GRAPO intentando boicotear simultáneamente el proceso de normalización democrática. Paul Preston desmonta las teorías sobre la supuesta complicidad de la Corona con el golpismo, rescatando una frase de un artículo de Francisco Umbral escrito durante la dramática noche del 23-F: “Cuando los españoles creíamos merecernos algo mejor que un Rey, resulta que tenemos un rey que no nos merecemos”.

El indudable patriotismo de Juan Carlos I no merece ser rebajado por aspectos de su vida privada. Todos los jefes de estado han incurrido en flaquezas y errores que ponen de manifiesto su condición de seres humanos. Algunos de los peores tiranos se han caracterizado por un intransigente rigorismo moral. La pasión de Churchill por los puros me parece infinitamente más simpática que la cruzada contra el tabaco de la Alemania nazi. La simpática imagen del primer ministro británico siempre será recordada como una forma más tolerante de encarar la existencia que el frío ascetismo de Hitler. Creo que Felipe VI ha heredado el patriotismo de su padre, pero con una visión más acorde con nuestros tiempos. Admirador de Carlos III, se ha caracterizado hasta ahora por la prudencia, la austeridad, un espíritu abierto y el deseo de renovar la Corona, estableciendo el necesario equilibrio entre tradición y modernidad. Su subida al trono ha coincidido con uno de los períodos más críticos de la historia reciente. La durísima crisis económica que comenzó en 2008 ha propagado un comprensible clima de malestar social. El paro, los desahucios y la corrupción han dibujado un panorama descorazonador que algunos han aprovechado para cuestionar la idea de España como nación. En nuestro país, es ridículo hablar de derecho de autodeterminación, pues ninguna región o nacionalidad sufre una ocupación militar que reprima sus peculiaridades lingüísticas o culturales. El hipotético “derecho a decidir” es un ejercicio de oportunismo político que puede provocar efectos catastróficos. De hecho, ya ha creado una atmósfera de crispación que representa una amenaza para la estabilidad y la prosperidad del país.

Felipe VI ha defendido la unidad de España en su Mensaje de Navidad, escogiendo como escenario el Salón del Trono del Palacio Real. No le ha guiado el afán de solemnidad, sino el propósito de subrayar el papel de la Monarquía en una sociedad democrática. Juan Carlos I estableció que nadie se sentara en los sillones rojos reservados al Rey y la Reina, pues su ocupante legítimo es el pueblo español, donde reside la soberanía, conforme a la Constitución de 1978. El Salón del Trono conserva la decoración original de la época de Carlos III, con su magnífica bóveda decorada con un fresco de Tiepolo. Me atrevo a conjeturar que Felipe VI ha pretendido reafirmar su aprecio por el monarca ilustrado, precursor de la bandera rojigualda como enseña nacional. No está de más señalar que esos colores, asumidos por las Cortes de Cádiz, simbolizaron la resistencia a la invasión napoleónica, contribuyendo poderosamente a crear un sentido nacional. En su mensaje, Felipe VI ha destacado nuestros “siglos de historia en común”, que definen “nuestra identidad a lo largo del tiempo”. Con templanza y determinación, ha afirmado que “es necesario ensalzar todo lo que somos, lo que nos hace ser y sentirnos españoles”. Hay “distintas formas de sentirse español”, pues en nuestro ordenamiento constitucional “caben todos los sentimientos y sensibilidades”. El Rey ha subrayado que España es una nación diversa y plural, con distintas lenguas y una gran tradición cultural. “Querer, admirar y respetar a España, es un sentimiento profundo, una emoción sincera, y es un orgullo muy legítimo”. Cabe preguntar: ¿qué es España? ¿Un concepto? Sólo en parte, pues ante todo España son los españoles, el interés general, el bienestar común. Así lo entiende Felipe VI, según el cual el patriotismo significa luchar por “un progreso cívico y moral”, un objetivo que sólo se materializará mediante el “diálogo”, la “generosidad” y el “compromiso”, y no con una división que sólo conduce “a la decadencia, al empobrecimiento y al aislamiento”.

Felipe VI ha destacado la necesidad de crear “empleo –y empleo digno-, que fortalezca los servicios públicos esenciales, como la sanidad y la educación, y que permita reducir las desigualdades, acentuadas por la dureza de la crisis económica”. España es un proyecto que cuenta con todos, “hombres y mujeres, jóvenes y mayores, nacidos aquí o venidos de fuera; empujando todos a la vez, sin que nadie se quede en el camino”. Hay que “sustituir el egoísmo por la generosidad, el pesimismo por la esperanza, el desamparo por la solidaridad”. Hay que “desterrar rencores”, solidarizarse con los refugiados que huyen de la guerra y con los inmigrantes, “acosados y angustiados por la pobreza”. España no puede volver al pasado, mirar hacia atrás y fantasear con enfrentamientos cainitas. “Hace décadas el pueblo español decidió, de una vez por todas y para siempre, darse la mano y no la espalda”.

El mensaje de Felipe VI es el discurso de un rey del siglo XXI, que sabe combinar la responsabilidad histórica, la vocación modernizadora y la sensibilidad social. Se le ha reprochado que incidiera excesivamente en la unidad de España, pero nuestro país se juega su continuidad como nación y es comprensible que se aborde con especial énfasis una cuestión esencial para nuestro futuro inmediato. No creo que una España dividida mejore la calidad de vida de los sectores más débiles y vulnerables. Es mejor caminar juntos que por separado. El verdadero reto –de acuerdo con las emotivas palabras del Papa Francisco en su mensaje de Navidad- es llevar la esperanza a los que “sufren el frío, la pobreza y el rechazo de los hombres”. No creo que Felipe VI contemple con indiferencia esa tragedia, que nos recuerda la ineludible obligación de tender la mano a nuestros semejantes.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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