El relato de la gloria y declive contrapuestos de los gigantes españoles, protagonista.
Como se experimenta en cada eclosión de unicidad y excelencia deportivas, la resaca de la exquisitez gloriosa despliega un halo de autocomplacencia y dispara los detectores de presuntos sucesores, ante la legendaria estirpe recién extinta. Así, el Fútbol Club Barcelona ideado por Josep Guardiola -14 títulos en cuatro cursos-, que revolucionó el transcurrir tendente al tacticismo del balompié moderno a través de una trabajosa paleta alegre y combinativa, acunó, en su postrera cara decrépita, la inmediata urgencia por renovar nombres y piezas, en pos de prolongar la estancia en la cima histórica. La mano derecha de Pep, Tito Vilanova, el empleado de cantera en funciones, Jordi Roura, y el prestigioso americano Gerardo ‘Tata’ Martino trataron, de manera tan desesperada como infructuosa, de ajustar las renovadas plantillas a los preceptos de juego acordados, pero nunca lograrían refrescar el núcleo argumental táctico que daba lugar al envoltorio técnico y permitía a éste brillar hasta adoptar un estilo referencial. Los entrenadores en jefe no consiguieron reconducir vicios ya denunciados por el vigente preparador del Bayern de Munich. El club apostó por reformar el personal pero los conceptos centrales –compromiso colectivo sin pelota, presión y concentración en las ayudas de repliegue- permanecían en desuso, como arrinconados en el devenir de un equipo acostumbrado a conquistar cualquier territorio y convencido, en ese punto, de la validez de la autogestión. Y la inercia se secó hasta el punto de sugerir el cambio de ciclo.
Con Xavi Hernández acumulando suplencias en responsable silencio antes de su exilio, sin repetir un once y en plena batalla por la legitimidad alzaba Luis Enrique el telón de 2015. Arribaba trompicado después de perecer en el Bernabéu, en una deriva de desconexión con algunos elementos jerárquicos de su subordinación que atravesó el 0-1 vigués y desembarcó en Anoeta. Allí, el desafío lanzado a Leo Messi en forma de banquillo y resbalón colectivo se interpretarían como el punto de inflexión que buscaba y necesitaba Lucho, que atisbaba cómo sus ideas no encontraban coordinación y respuesta sobre el verde, quedando su equipo partido sin balón. El 10, que reservó fuerzas con su club hasta el sonrojo en la temporada previa, confluyente en el Mundial brasileño, firmó el armisticio ante un preparador que quería imponer su exigencia de compromiso como salvoconducto con final en la sanación la contaminación relajada que maniataba el potencial del vestuario. La reacción de La Pulga aunó voluntades para sumarse a dos ingredientes protagónicos -la entrada definitiva en dinámica del sancionado Luis Suárez y la aclimatación continental de Neymar a las atribuciones inherentes al calibre de su traspaso y calidad- y la tribuna del Camp Nou recuperó la sonrisa al degustar el reflejo más aproximado a la ensoñación del sextete. La velocidad asociativa daba la mano a ejercicios soberbios de achique, entregando el partido a los azulgranas, fuera cual fuera el pedigree del oponente. Inyectó el técnico verticalidad a la propulsión de rendimiento, configurando una variedad de armas ofensivas irresistible. El míster asturiano firmaría su propia página en la leyenda del club al efectuar una vuelta de tuerca: la posesión, tantas veces de bostezo horizontal, no volvería a yacer monopolística del guión. La filosofía manejaba también la entrega de metros para morder al contragolpe y crear, al espacio, el ecosistema idóneo para el desarrollo y autoconocimiento del tridente.
Éste último punto, el del desdén a la ortodoxia del control absoluto del esférico y la actitud en la red de ayudas tras pérdida, amaestró al favorito bávaro (con un aroma a poesía trascendental en la ruptura de cintura que Messi trazó sobre Boateng), de camino a la final de la Liga de Campeones. El conjunto culé no admitía ya parangón y conducía a bailar en su pentagrama a los colosos del viejo continente, Real Madrid incluido. La añoranza de una dimensión superior de Manchester City y París Saint Germáin (el delantero charrúa terminó por convencer a los paganos en el Parque de los Príncipes, tanto en la finura venenosa propia como en la ridícula endeblez ajena) y la rocosa Juventus del epílogo europeo de Andrea Pirlo y Carlos Tévez no pudieron sino dar testimonio de la efervescencia blaugrana. Rakitic, Mascherano, Ter Stegen, Claudio Bravo, Rafinha, Pedro y Mathieu completaron una obra futbolística que cosecharía Liga -94 puntos, 110 goles a favor y 21 tantos encajados-, Copa-aderezada con un slalom sublime de Messi al marcaje individual y en zona del Athletic-, Champions -a razón de 10 dianas por barba para Leo y Neymar-, Supercopa europea -ante un Sevilla de competitividad extremada, que confirmó la reconquista española del fútbol internacional con su entorchado en la Europa League- yMundial de Clubes, todo ello bajo un notable perfume de superioridad como estela. Tan sólo una noche espirituosa de Aritz Aduriz -que ha alzado la voz de su reclamación a Vicente Del Bosque en estos doce meses hasta el grito y el clamor general- rebatió con firmeza el monólogo acá y acullá de los representantes de Can Barça.
La relación entre el delicioso campeón del presente y el gigante madrileño pretérito, más allá de constituirse como la prototípica de enemigos íntimos que se retroalimentan en base al intercambio de dardos disfrazados de sana rivalidad -con Piqué, cómodo, en el rol de instigador de perpetuo rigor-, está virando hacia una suerte de mimética correlación de estadios antagónicos. De este modo, al tiempo que el bloque catalán cohesionaba sus piezas en pos del bien común y obligaba a los artistas a ejemplificar esfuerzos poco lustrosos para contagiar de intensidad a los menos agraciados, el Real Madrid implementó un proceso de desfragmentación de inicio en el paroxismo vivido en el baño y masaje marroquí (Mundial de Clubes 2014) y actual acontecer. Carlo Ancelotti elaboró un ensamblaje de los efectivos que encubrió el agujero en el diseño de plantilla -desprovista de centrocampistas defensivos y que quedó en suspense por la espantá de Xabi Alonso y Ángel Di María, dos vértebras de la estructura-. El lustroso maquillaje táctico del transalpino permaneció compacto hasta que el cansancio -escasas rotaciones- y la merma en el hambre competitiva de un tercio del vestuario -que negaron sudor a las labores menos lucidas, rompiendo por la vía abrupta el equilibrio del sistema- desnudaron, cual queso gruyere, el verdadero aspecto de la afrenta directiva y técnica a la lógica de la relación de fuerzas que gestiona el destino en esta actividad deportiva. Dispuso el presidente y la connivencia de entrenador y jugadores costó a la institución capitalina la factura de un ejercicio en blanco, por mor del sinsentido que constituye acumular talento en la cancha sin un sostén en la medular. Este paradigma, tan enarbolado entre los teóricos de la ortodoxia española como fútil en la práctica, traspasó los hábitos pútridos de autocomplacencia de Canaletas a Cibeles.
El rictus descompuesto y la exposición continuada de flaquezas se tradujo en una eliminación agria en las semifinales de la Liga de Campeones -ante una Juventus irreverente, que aleccionó a propios y extraños sobre el valor del colectivo por encima de las individualidades- y en una segunda plaza doméstica de ácida digestión -17 goles sacados de la meta propia más que el campeón-. El 4-0 sufrido en la ribera del Manzanares vendría a encontrar, guiños del destino, su homólogo en el 0-4 con el que la última edición del Clásico, disputada en el Bernabéu, mostró la distancia entre la profesionalidad de ambos proyectos. Ambas derrotas abrasivas retratan el amargor predestinado de la anarquía, de la autogestión balompédica. El primero, en plena carrera por revertir la hecatombe en ciernes, dibujó los límites tácticos de la libreta Carletto, que arrodilló a los suyos por el defecto en la preparación de las situaciones particulares que sí estudia Simeone. Un trabajo que tampoco había merecido la atención de buena parte de sus titularísimos. El segundo, por el contrario, evidencia una fórmula del caos algo más heterogénea.
La prolongada saeta entonada por la mitificación de Iker Casillas en su rocambolesco adiós de Chamartín -una de las imágenes del año, sin duda- anunció el declive de protagonismo ante tal despedida, en favor de la personalizada -como sujeto pasivo- por Ancelotti. Nadie impostaría, entonces, llantos por el capitán olvidadizo de tales galones. La aflicción intestina fijaría la santería en la nostalgia del “amigo” Carletto y punzaría la bienvenida del novel entrenador madridista, que se emocionaba, casi de incredulidad, en su presentación. El enésimo estío volcánico inscribió en nómina a Rafa Benítez, que trajo consigo de vuelta el perfil obrero de Casemiro y recuperó para la institución la sobriedad y efectividad en el repliegue. Con los guarismos entregando la razón al técnico, que preponderaba el estudiado orden a la volátil inspiración creativa de su centro del campo, salía a flote la apuesta entre infortunios físicos. Pero el liderato merengue y la sensación de consistencia no permitió un suspiro de observación al inmisericorde frente crítico, de camarín, tribuna y redacción, que azotó al preparador desde el primer pestañeo en base a la previa culpabilidad por ideología. Cuando la presión sin balón y a toda cancha tocaba techo coordinativo en San Mamés y París –con Keylor Navas, Lucas Vázquez o Jesé en coherente titularidad y eficiencia-, algunos de los zapadores que despidieron a Mourinho abrieron el callejón de la discusión endógena y las consiguientes filtraciones afloraron con alegría, horadando, en progresión geométrica, el rendimiento coral y el afecto de la opinión pública para con Benítez.
Ronado, Isco, James, Kroos, Bale, Benzema y Sergio Ramos, señalados por el descenso de intensidad en el desempeño de su trabajo, han verbalizado su disconformidad con la idea de juego de su técnico, enfrentando el mensaje defendido por Pepe, Modric, Navas o Marcelo, que subrayan en cada micrófono que emerge la urgencia por afianzar el compromiso de todos en defensa. La necesidad de jugar en unidad metafísica y no en proximidad individual. Ante tal fractura, alimentada con gasolina de altavoz mediático, el Madrid ha desfigurado su armonía inicial para brindar cobijo a los fantasmas de desorganización que expulsaron el entrenador “amigo” en junio. Desprovisto el bagaje goleador extrasensorial de Ronaldo, Bale sigue luchando por ajustarse al traje de mediapunta y Benzema, James e Isco se han enfangado en variopintas fluctuaciones de concentración. El zigzagueo en la voluntad de la plantilla y desacato a las directrices tácticas del banquillo pronosticaban tormenta. Y el campeón de Europa con el Liverpool parecería haber buscado el enfrentamiento con la tempestad sin capote: traicionó su libreta en el peor (o mejor) día. Afrontó la empresa frente al Barça con toda la calidad que tenía a mano, relativizando hasta el olvido el trabajo de equilibrio y las situaciones de tapón del florido flujo oponente. Mientras que los imperecederos integristas de lo ofensivo, que socavan la razón futbolística, sonreían al contemplar un once inicial sin músculo y salpicado de clase con balón, vanagloriándose por el arrodillamiento de Benítez, los goles y el rutilante dominio blaugrana tomaron la escena con esclarecedora y salvaje lucidez. La interpretación improvisada de un grupo de jugadores talentosos se descubrió ridícula ante una amalgama de talento similar supeditada al orden y compromiso tácticos. Esta exuberante bofetada teórico-práctica, que cerraba el círculo tenebroso abierto en el repaso sufrido en el Calderón por similares argumentos, lejos de sugerir el replanteamiento de la agresividad en la crítica al entrenador recién llegado y enfocar la lupa hacia el caprichoso cariz del vestuario, avivó el incendio, con Florentino Pérez negando el proceso de afile de la venidera guillotina que cortaría la cabeza de su apuesta.
No despide este 2015 el Madrid inmerso en un paisaje halagüeño. Más bien lo hace desde un solar. Desde una tabla rasa. Alejado del liderato en cifras y sensaciones, se ha visto envuelto en la histórica eliminación copera, que ahonda en lo desencajado de la inexistente estructura deportiva de la entidad. Los problemas legales de Benzema -el futbolista que habría de dirigir la orquesta atacante-, los sistemáticos rumores de salida de Ronaldo y los chivatazos con aire de ultimátum a Benítez que repiquetean sin piedad, susurran un árido desenlace de temporada, aunque todavía resten cinco meses. Mucho ha de recomponer la figura la institución y de renacer el compromiso en Valdebebas y la conexión entre banquillo y césped para que el transatlántico supere este bache que ha adquirido el color plomizo del marco latente. Ni el mayúsculo pinchazo coruñés del Barça le supo a oportunidad a los madridistas. Ni el orgullo del deportista de élite que observa cómo su máximo rival ejerce de modelo a través de conceptos abandonados en casa surte efecto. Rafael se maneja sin desahogo, en busca de la legitimidad gritada desde el palco, caminando entre hitos -el último, un 10-2 al Rayo con pañuelos y ambiente de atraco en la Castellana-. Su alternativa soñada no se antoja tan larga ni tan plácida como el otrora director del Nápoles más goleador conocido proyectó en su ilusionada mente. La guerra de guerrillas, tan familiar como nociva, ya ha colocado la diana en su espada. Los caminos y el crecimiento de las sendas elegidas susurran, en este intervalo de balance, direcciones y altura contrapuestas para Barcelona y Real Madrid. Quién lo diría si se atiende a la trayectoria de contracción competitiva entre ambos púgiles de los últimos ejercicios y al arranque de año, con los capitalinos embriagados de sí mismos -Décima y asombrosa concatenación de triunfos mediante- y los barceloneses fuera de eje, con Luis Enrique al filo del borde en su pulso a los tótems que debían sostenerle, sentenciarle o encumbrarle.
La arquetípica escenificación del Balón de Oro asoma ya con dos aseveraciones de generalizada asimilación: Leo Messi, con su viraje hacia la lectura de los pasillos que faciliten los goles ajenos, cultivó su liderazgo lo suficiente para cosechar su quinto entorchado; y Neymar, el cacareado sucesor de dieces de legado imperecedero (uno interactúa con él en la ciudad condal y el otro, brasileño, plantó bandera en los 60 y 70 del pasado siglo) acercó su evolución de la salida a la superficie hasta el escaño levitado de próximo nombre enunciado en el primer lugar de la elitista lista. Ronaldo, tercero de los nominados y en claro descenso de fragor estadístico, ya ha cedido el lugar en la parrilla, a falta de que su ambición filtre la asimilación interna de este hecho consumado. Ney, que estos días se debate en familia por la renovación que le acolche la “seguridad fiscal”, ha forzado a bailar y disfrutar su tonada a los acólitos y los más enconados escépticos. Su capacidad para cambiar de ritmo, sentar, hacer nudos, desbordar concentraciones a través de fintas enredadas y escudriñar fisuras en los cierres oponentes en solitario se ha visto acompañada, para goce del aficionado neutral, de finura rematadora y apertura de perspectivas desde el virtuosismo asistente. El carioca ha desarrollado en estos 12 meses una jerarquía y dimensión que le era negada en Europa a su llegada. Su inteligencia en el entendimiento de las demandas de cada situación y lo ecléctico de su chistera obligan al estudio de ajustes personalizados. Ya se ha ganado ese respeto. Y lo ha conseguido ante cierres tan consistentes como el de la Ribera del Manzanares, París, Mestalla o Munich.
La, aparentemente, atrevida consideración que supone equiparar el futurible de Neymar con el testamento de Messi crece, día a día, gracias a lo fulgurante de los escenarios que quema a su acelerado y sedoso paso. La efectividad ha germinado en su concepción del juego y, desde agosto, ha aceptado sin espacio para la duda la pesada responsabilidad de guiar la fábrica de espectáculo más exigida del planeta. El infortunio anatómico de Leo rompió el icónico tridente y el provisional 11 emergió uniformado como faro para sostener al Barça en el valle de concentración y rendimiento y lanzarle a la explosión próxima a la genialidad de engrase colectivo experimentada en este tramo de temporada. Su acepción de pichichi liguero (14 goles) no resulta anacrónica si se atiende a la progresión estadística -9 tantos anotados en su primer año y 15 en todas las competiciones y 22 en su segundo curso, alzando el dato hasta las 39 dianas globales-. Pero la producción que redunda en la aprehensión del vértice eficaz del juego no cercena en este extremo su consecuencia. Lo tangible apunta a las 10 asistencias acumuladas a estas alturas de calendario, tres más que en la anterior temporada completa, y lo intangible relata su influencia, desde el extremo izquierdo, en el frenesí asociativo en estático o al vuelo. En la estructuración ofensiva propia y defensiva ajena. Este rutilante proyecto de desafío a los eminentes aristócratas que contribuyeron a enriquecer o revolucionar el balompié ya ejerce de elemento sobre el que gravita el diseño de la línea argumental de cada partido en el que danza.
La remesa de paladines de Bale en aquella tesitura contemporánea a la contratación de Neymar, de exótica performance fiscal, habita, cada vez más residual, en este epílogo de año. Las paperas sufridas por el brasileño, que le apearon de las dos primeras finales del presente ejercicio, limitaron su repercusión a la del testimonial remanso de paz para el guerrero. Toda vez que la enfermedad sanó, el fútbol brotó de manera natural de entre los escorzos que imposibilitaban las aptitudes defensivas de sistemas e individuos y el Rayo, muy a su pesar, promocionó la gesta goleadora de la referencia de la canarinha (cuatro dianas). No se escuchan ya voces que insinúen la viabilidad de una superioridad del galés para con Ney bajo un prisma estrictamente futbolístico. En proceso paralelo al acontecido en la dialéctica Ronaldo-Messi, los valores diferenciadores en un caso son extrapolables a la versión actualizada. Así, el extremo zurdo ex del Tottenham sobresale en lo anatómico y en el golpeo de balón. Pero, en todo lo demás, en el terciopelo del cortejo del cuero, la filtración entre líneas, la supervivencia de paso ligero en espacios reducidos y la innata resolución de conflictos en los momentos trascendentes, no cabe debate. Como hiciera La Pulga, da la impresión que este 2015 ha inaugurado la batalla de Neymar contra sí mismo, en busca de la verdadera identidad y calado en la historia de este deporte.