Los grandes partidos se encuentran fijando las condiciones de cara a la posible investidura de Rajoy como presidente, quien a pesar de haber conseguido 33 diputados más que el Partido Socialista no logró la mayoría absoluta en las elecciones del pasado 20 de diciembre. La nueva situación política creada obliga a repensar las posiciones y hoy por hoy me parece que no queda otra que el Partido Socialista se muestre receptivo al diálogo con el Partido Popular, partiendo de que se siente más cerca del ala conservadora que del partido de izquierdas Podemos en un punto, sin duda alguna, clave: la integridad territorial de España.
Pedro Sánchez tiene claro que la solución para Cataluña es la reforma constitucional aunque no está dispuesto a gobernar, llegado el caso, a cualquier precio. El partido de Pablo Iglesias tendrá por ello que renunciar a su propuesta de defender un referéndum para Cataluña si quiere comenzar a dialogar con el PSOE. En caso de que Mariano Rajoy no fuera capaz de formar Gobierno, Pedro Sánchez lo intentaría con otras fuerzas políticas siempre que éstas no defiendan un referéndum o la autodeterminación. Esa es la línea roja que no se puede traspasar y que precisamente, en mi opinión, abre la puerta a una posible alianza entre PP y PSOE.
No es baladí que dos terceras partes de los votantes españoles han elegido a formaciones políticas que están de acuerdo en los grandes ejes: unidad de España, soberanía nacional y la igualdad de todos los españoles ante la ley, y eso creo que es un triunfo para la democracia española y refleja la buena salud de la que goza nuestro sistema político.
La reacción de Pedro Sánchez tras las elecciones brilla por su honestidad y humildad, lo que claramente contrasta con la altivez y agresividad dialéctica que le caracterizó en los días de campaña y que creo no le favoreció como esperaba ante el electorado, admitiendo ahora que el PSOE no cumplió sus objetivos el 20-D: “Yo asumo mi responsabilidad, no me conformo con ser segunda fuerza, ahora bien, los ciclos en este país nunca fueron de cuatro años, esto no ha sucedido nunca”. El candidato socialista parece estar convencido de que necesita dos legislaturas, aunque insistiría en que la mayoría de votos fueron de izquierdas lo que, a su juicio, le otorga mayor legitimación.
Me parece que no se puede pasar por alto que la fragmentación deriva del nacimiento de nuevos partidos que han irrumpido con fuerza en el panorama político español, diversificando en consecuencia la posición del electorado. En todo caso, el escenario actual en España no es tan inusual en el siglo XXI y lo encontramos repetido en otras democracias maduras donde ningún partido consigue superar el 30% de los votos. Las circunstancias cambian y los partidos políticos necesitan adaptarse e incluso en términos progresistas avanzar y adelantarse para no ir a remolque de la realidad social que los termina, de lo contrario, convirtiendo en instrumentos obsoletos incapaces de responder a las demandas del electorado.
Pedro Sánchez se ha apresurado a poner las cartas boca arriba y ha enumerado con precisión “los cinco principios básicos” sobre los que dialogará: 1) primar el interés general; 2) el PSOE votará en contra de Rajoy o cualquier candidato del PP; 3) si Rajoy y el PP son incapaces de liderar el PSOE con firmeza buscará gobierno progresista reformista, partiendo de que el verdadero debate en que se concentra la política de alianza es que “gobernar para dejar las cosas como están no, para transformar, sí”; 4) si llega ese momento, Sánchez exigirá “luz y taquígrafos” para que los españoles sepan de qué se habla y qué se pacta, y 5) no formará gobierno “a cualquier precio”. Derecho a decidir sí, pero derecho a decidir sobre el futuro de España todos juntos.
Esta claridad expositiva creo que favorece el buen clima político y además ayudará a Rajoy a calibrar sus movimientos a la hora de tomar decisiones en esa política de alianzas. Pase lo que pase, lo importante es que los líderes de los dos grandes partidos, PP y PSOE, parecen tener claro que lo importante es dejar las luchas internas a un lado y debatir sobre el mejor futuro para España y para los españoles.
Hay que aplaudir que no quieran eludir la necesidad de actuar desde la unidad, la legalidad y la política ante el desafío secesionista. El mejor futuro para España no está sino en un pacto que más que poner en evidencia lo que les separa, resalte lo que une a las dos principales fuerzas políticas, el PP y el PSOE: el respeto a la Constitución y las leyes, la defensa de la legalidad democrática y el no a la fractura que plantea el secesionismo. La cuestión que queda en todo caso pendiente es cómo encontrar entre ambos una solución política a Cataluña. Ese sería el siguiente reto.