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DESDE ULTRAMAR

Fenece 2015, alumbramos 2016

Marcos Marín Amezcua
jueves 31 de diciembre de 2015, 17:36h

Terminándose 2015, el año en que el siglo fue quinceañero, cuando lea usted esta columna en pantalla, será el preciso momento en que le extenderé mis felicitaciones por el año entrante y en ambas orillas del Charco estaremos dando las campanadas a su hora, tomando las uvas de la suerte –una sacrosanta tradición que me fascina y recomiendo a todos practicarla sin ambages ni pretextos– dejando atrás un año viejo movidito, zarandeado, posiblemente dejándonos a nosotros un tanto testereados por su discurrir sobrado de altibajos, de abrojos, pero también con felices o extraordinarios momentos –porque la vida misma viene así, revuelta, con su cuota de lo bueno y de lo malo junta, un cambalache en toda regla– o al menos, es que nos deja muy conscientes de que nos ha legado experiencia y ya se marcha el año 15 a golpe de segundero y no deseamos retenerlo, porque suele llevar apuro en esfumarse. Yo celebro que parta y no vuelva más, sepultado por cada toquido campanero.

¿Qué le digo? Que a mi el año saliente me deja más en estado de aturdimiento que de limerencia. Mas no me arrepiento. De forma indubitable, me deja satisfecha la impronta ingente de este año viejo. No faltan ánimos, solo queda el deseo de afrontar lo que venga y el coraje para hacerlo.

Para mí no ha sido un año sencillo, pero mi balance reporta que afronté sus retos. No me dejé ni uno solo de los desafíos lanzados. Y sin pecar de hipersensibilidad, prefiero que zarpe largándose aprisa, sin retraso y desde luego, sin saber yo si lo hace para dejar en su nada envidiable sitio a mejores días (siempre es lo deseable, claro que sí) porque la vida es como viene; que sabemos que ya la realidad se abre paso, como dice una querida amiga desde Guadalajara, la capital de Jalisco.

Que 2015 no estuvo para lanzar cohetones, puede ser. Que aunque salpimentado de sobra, no lo recordaré como un año ornamentado ricamente de alamares, también es verdad. Se va y punto. Que años van y vienen y son de camuflajes variopintos. Con sus muchas cosas y sus tantas vivencias. Pero queda siempre reconocer que el tránsito de un año a otro suele ser un instante mágico, que invariablemente es esperanzador, fiel a nuestra naturaleza en plan de búsqueda de nuevas realidades –ya que nos damos la licencia de soñar y de animar los deseos más inalcanzables y más recónditos– y estamos a emprender novedosas tareas agazapados en renovadas oportunidades, reales o asumidas, hipotéticas o posibles. ¡Qué bueno que seamos así! Plantemos cara.

Sí, es vedad que la expresión de mi amiga tapatía me recuerda a otra: la realidad es terca. Pero uno lo es más y eso compensa todo con creces. Prefiero ser obcecado para afrontar los múltiples lances o bravatas que nos plantea nuestro existir, ya que nuestro inconformismo siempre puede conducirnos por senderos insospechados siendo un aliciente para nuestra superación, si engalanan nuestras vidas y que nos corresponde aprovechar los quiebres que presenta la realidad, para obtener de ellos las mayores ventajas. El otro camino sería alicortar nuestras ambiciones y eso se antoja sencillamente impensable.

Y que cada minuto cuente. Un 31 de diciembre siempre es para hacer todo eso que dejamos de efectuar 364 días previos. Es el último periquete para realizar lo abandonado, para que ese pendiente no pase al año venidero, que siquiera sentemos las bases de lo que deseamos que ya sea norma común o acción cotidiana de nuestra existencia, o de aquello que deberemos hacer el año siguiente. No cabe pues, eso de que ya carece de sentido hacerlo, no, porque un año es tal hasta su último segundo, agotándose y no antes. Una Nochevieja amerita toda nuestra disposición. Por todo eso para mí es muy importante marcar justo la ocasión del cambio de año. Porque nunca es cosa menor. Puede ser algo catártico. Esa mezcla de recuerdos, de sabores, de presencias y planes al unísono, tiene su aquel. Es el punto de unión del pasado y el futuro.

Cuando arranquemos del exfoliador la última cuartilla, esa que se queda tan sola y abandonada por las demás, casi desnuda, la correspondiente al 31 de diciembre, día de San Silvestre, y cese el carrillón, echemos un fugaz vistazo a esas cenizas del año terminado y emprendamos gustosos antes que temerosos, el andar por la vereda que se abre ante nosotros, privilegiados en deambularla, con paso firme, sin remilgos y asumiéndola sin reparos. La dicha de vivirla nos corresponde, por lo cual no estamos en posición de conceder lo contrario ni merece que lo hagamos. Avancemos presurosos y adentrémonos en un nuevo periodo de 366 días, porque considere usted y agende que 2016 es bisiesto, y hagamos de este nuevo paquete de jornadas, las más lucidoras, las más luminosas y las más enriquecedoras de nuestra vida. Usted las protagonizará ¿verdad que entonces sí se puede?

Pues empingorotados, que hay que llegar peinaditos y acicalados a tan memorable suceso, acometamos nuestra marcha y apresuremos las uvas que aguardan ser consumidas como el año que se fue.

Ya 2016 asoma y su alforja se acompaña cuajada de nuevos datos, de nuevos sucesos que narrarle, si me dispensa su atención. Mientras tanto, ante nuestra copa brindemos alegres y dicharacheros: “horrible tormento, qué haces afuera, vente pa´dentro”. O si prefiere algo menos castizo, exclamemos: “¡qué si esto, qué si lo otro, salud!”. Va por todos ustedes….

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