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ORIENT EXPRESS

Los archivos de Vichy

domingo 03 de enero de 2016, 19:29h
El gobierno francés ha aprobado, antes de que venciesen los plazos previstos en la ley, la libre consulta de los archivos relativos a la Segunda Guerra Mundial procedentes, principalmente, de los Ministerios de Asuntos Exteriores, Justicia e interior. Se trata, en buena medida, de la documentación del Gobierno del Estado Francés entre 1940 y 1945, es decir, del régimen presidido por el Mariscal Pétain: Vichy.

Es difícil hacer juicios sobre este periodo sin hacerlos sobre Europa entera de uno u otro modo. La colaboración no fue excepcional sino frecuente en distintos niveles de la Administración de los países ocupados. Quizás la excepción sea Polonia, donde la ocupación nazi persiguió la destrucción del pueblo polaco, su cultura y su memoria, es decir, fue una operación de exterminio. Uno debería aproximarse, pues, al fenómeno de la colaboración con cierta prudencia a la hora de dar lecciones morales a uno u otro país. El fascismo no fue solo un fenómeno italiano, francés o -si a eso vamos- español, sino que impregnó buena parte de los movimientos políticos de extrema derecha en Europa y cuyas influencias llegaron, por ejemplo, a Sudáfrica, al Extremo Oriente y al mundo árabe. Hubo incluso un fascismo chino.

Sin embargo, sería engañoso identificar, sin más, a Vichy con una determinada tendencia política. En la colaboración confluyeron fascistas y comunistas que venían de los movimientos pacifistas de la década de 1920. El profesor Simón Epstein ha estudiado las figuras de numerosos colaboracionistas y su conclusión puede ser desconcertante: no hay un único perfil. Al contrario, parecería, más bien, que muchos de ellos “devinieron” colaboracionistas por motivos muy diversos -convicción o resignación tras la derrota, ideología, oportunismo, miedo- sin que esto, naturalmente, justifique nada. Así, en Vichy hubo antiguos miembros de la Cagoule -la organización de extrema derecha violenta fundada en 1936- y antiguos comunistas que vieron en la Alemania nazi la vía para lograr los pretendidos objetivos revolucionarios y sociales. Por ejemplo, Jacques Doriot. No era tan infrecuente. El propio Mussolini, por tomar el ejemplo italiano, había sido socialista. No hubo grandes diferencias entre unos y otros en lo relativo -pongamos por caso- a las leyes sobre el Estatuto de los Judíos de octubre de 1940 y junio de 1941 y la participación en el Holocausto. Unos y otros coincidían a menudo en el antisemitismo y la xenofobia pero no todos venían del fascismo ni de la extrema derecha nacionalista. En realidad, en el régimen de Vichy coexistían varias tendencias radicales que, en sus extremos, se tocaban. Muchos de ellos trataron de reconvertirse de nuevo cuando se hizo evidente que el edificio construido en 1940 se resquebrajaba. Algunos huyeron a Sigmaringen con Laval y los demás. Céline, observador privilegiado, describió aquellos meses entre septiembre de 1944 y mayo de 1945 en Alemania como un “baile de cangrejos”.

Tampoco sería justo simplificar la Resistencia francesa. Hubo, sin duda, comunistas que dieron ejemplo al mundo con su sacrificio contra los nazis. Sin embargo, no fueron los únicos. La Resistencia no fue una empresa exclusiva de los comunistas. Desde la primera hora, se involucraron en la lucha contra la ocupación muchos franceses que venían de las más diversas tendencias ideológicas. Ahí está Daniel Cordier -alias Caracalla- joven católico, antiguo Camelot du Roi, de una familia de tradición maurrasiana, militante de Acción Francesa. A los 19 años, se unió a De Gaulle -era el 21 de junio de 1940- y llegó a ser un estrecho colaborador de Jean Moulin, director del Consejo Nacional de Resistencia. Se atribuye a De Gaulle la frase que describió a los resistentes de la primera hora: “en Londres no encontré más que la Cagoule y la sinagoga”.

Suele decirse que la resistencia fue minoritaria en Francia como si, en el resto de Europa, lo habitual hubiese sido lo contrario. Sin embargo, la resistencia fue más diversa de lo que se suele creer. En primer lugar, Francia combatió contra el Reich durante meses y, con todos sus errores y fallos estratégicos, no fue por falta de sacrificio de vidas que la República resultó derrotada. Se calcula en unos 60.000 franceses los caídos antes de la derrota. Las fuerzas de la Francia Libre combatieron en los territorios de ultramar contra Vichy y engrosaron las filas aliadas. En el territorio metropolitano, los esfuerzos de la resistencia de 1940 se incrementaron cuando el partido comunista movilizó a sus militantes después de la invasión de la URSS. Ahora bien, eso ocurrió en junio de 1941. De Gaulle llevaba ya un año en Londres y no era el único que luchaba contra los nazis. Algunos como Georges-Marc Benamou creen que el genio del general fue unir a todos esos franceses, que se detestaban mutuamente, en la tarea común de derrotar a los invasores.

Yo creo, sin embargo, que no todo fue el talento de De Gaulle. Había, en Francia, un rechazo a la invasión que se manifestó de modos muy diversos y hundía sus raíces en distintos motivos: el patriotismo francés, la humillación de la derrota, la propia dureza del régimen de ocupación, la oposición al antisemitismo... Sin duda, parte de las élites escogieron el “atentismo” -esperar una ocasión propicia para revolverse contra los nazis- pero hubo ejemplos de verdadera oposición, por ejemplo, de la Francia rural y costera desde el comienzo. En la isla de Batz (que contaba con unos mil habitantes) once valientes -entre ellos cuatro de la isla, nos cuenta Gilles Perrault- se embarcan hacia Inglaterra el 24 de junio de 1940 mientras el pueblo canta en el muelle La Marsellesa. Ese mismo año, cuando en París se proyecta Die deustche Wochenschau -un informativo al que imitaría nuestro NO-DO- el público aplaude las menciones a Inglaterra y abuchea las imágenes de soldados alemanes. La prensa colaboracionista tiene que publicar una advertencia de los ocupantes: “Estas manifestaciones deben ser consideradas como actos de provocación contra las fuerzas de ocupación. Su persistencia implicará el cierre de todos los cines de París”. En octubre de 1940, los alemanes ordenan que las proyecciones del informativo se hagan con las luces encendidas y con la policía mirando la sala de espaldas a la pantalla para controlar al público. El pueblo celebra, en secreto, funerales por los aviadores británicos derribados sobre Francia. El 11 de noviembre de ese mismo año en Brest, las coronas florales que se depositan llevan los colores de Inglaterra. En Lanester, en Morbihan dos mil personas asisten el 30 de diciembre al funeral de unos aviadores ingleses. Muchas llevan flores, de nuevo, con los colores de la Union Jack. Hay que recordar que, en julio de ese año, los británicos habían hundido la escuadra francesa en Mers El Kebir para que Vichy no la pusiera al servicio del Reich: 1380 muertos y 351 heridos. La propaganda colaboracionista presentaba a los británicos como los verdaderos enemigos de Francia. Sin embargo, sus esfuerzos no parecían dar fruto. Hitler en persona dirigió la operación propagandística de trasladar los restos de Napoleón II -hijo de Napoleón I y María Luisa- a París para darles sepultura en Los Inválidos. Creyeron que así se ganarían a los patriotas y nacionalistas franceses. Fue un fracaso. Por París, cuya población ya sufría el desabastecimiento a manos del ocupante, corrió el chiste de que los alemanes “nos quitan el carbón y nos devuelven las cenizas.” Hay muchos más datos, pero creo que estos bastan para señalar que. sería injusto acusar a los franceses, sin más, de una colaboración general o de una pasividad cómplice.

Hay muchísimo que contar sobre Vichy y la resistencia; es decir, sobre Francia durante la II Guerra Mundial. Ojalá esta apertura general de los archivos produzca el avance de la investigación y el conocimiento de uno de los periodos más dolorosos y complejos de la Historia de Francia.
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