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TRIBUNA

La mota cuántica

sábado 09 de enero de 2016, 18:34h
La filosofía se ha convertido en una asignatura marginal en la mayoría de los países de la UE. Casi todos los gobiernos consideran que es absurdo mantenerla en los planes de estudios, pues el mercado laboral no demanda el conocimiento de la dialéctica socrática, el imperativo categórico o el argumento ontológico. De hecho, muchos entienden que estos conceptos reflejan cierto oscurantismo, una forma de pensar superada por el actual paradigma científico. La idea de la inflación cósmica postulada por el Big Bang ha despojado al universo de misterio. Es suficiente saber que el cosmos procede una mota microscópica de vacío sometida a una intensa interacción gravitacional repulsiva. Desconocemos el origen de esa mota cuántica. Según la física, no es un tema demasiado importante, pues lo importante es que “el universo se hizo a sí mismo interesante”, según Craig J. Hogan, profesor de astrofísica de la Universidad de Chicago. Especular sobre esa mota es inútil, pues se ha perdido casi toda la información sobre ese instante inicial. No es improbable que esa “mota” procediera de un universo mayor, pero investigar sobre esa posibilidad parece a estas alturas tan absurdo como retomar la disputa medieval sobre los “universales”. Tampoco es demasiado importante saber qué nos espera. La inflación cósmica podría continuar indefinidamente hasta desembocar en la muerte térmica o, por el contrario, la materia podría alcanzar una densidad crítica, provocando un colapso con altísimas temperaturas. Se ha denominado a este colapso Big Crunch (“Gran Crujido”), pero sería falso pensar que significaría un regreso al origen del cosmos, pues los millones de años transcurridos afectarían al proceso, llevándonos a un escenario mucho más turbulento y complejo. En cualquiera de los dos casos, la vida –tal como la conocemos- desaparecería.

Es tentado pensar que el Big Bang y el Big Crunch son los dos polos de un baile cósmico, donde la vida aparece y desaparece cíclicamente. No es una perspectiva esperanzadora, pues la vida podría reaparecer como partículas estables, capaces de interactuar con la luz, pero la vida humana y su civilización, con todos sus logros, no se resurgiría como en el mítico eterno retorno de las culturas agrarias de la Antigüedad. Desde el punto de vista de un naturalista, carece de sentido lamentarse, pues la extinción de las especies es una ley evolutiva que permite la aparición de nuevas especies, mejor adaptadas a los cambios del entorno. Personalmente, me parece un pobre consuelo para los que amamos la música de Beethoven, la pintura de Rembrandt o la poesía de Antonio Machado. Craig J. Hogan no ignora esta posibilidad, pero no le parece particularmente desalentadora: “Dentro de mil millones de años, si llegamos a tener herederos culturales, éstos ciertamente no serán humanos, y probablemente no vivirán en la Tierra, pero habrán aprendido de nosotros acerca de su origen y del nuestro”. Si no son humanos, no es probable que su sensibilidad estética coincida con la nuestra. Los últimos cuartetos de cuerda de Beethoven no les parecerán sublimes, sino incomprensibles y tal vez tan ridículos como la música de la taberna del primer episodio de La guerra de las galaxias. Escucharán los morosos y trágicos acordes introductorios del último movimiento del cuarteto de cuerda nº16 en Fa mayor Opus 135, titulado “Der schwer gefaßte Entschluß” (La difícil decisión), con la misma sorna y estupor que nosotros oímos al conjunto alienígena tocar sus extravagantes melodías.

En su Breviario de podredumbre (1949), Emil M. Cioran escribe: “Me aparté de la filosofía en el momento en que se hizo imposible descubrir en Kant ninguna debilidad humana, ningún acento de verdadera tristeza; ni en Kant ni en ninguno de los demás filósofos”. Cioran abandonó la filosofía para adentrarse en el terreno de la música, la mística y la poesía, donde advirtió pasión, intensidad, vehemencia. No comparto el juicio de Cioran. Yo sí advierto acentos de tristeza en Kant. El discreto y tímido filósofo de Königsberg opinaba que no puede probarse racionalmente la existencia de Dios, pero entendía que sin una eternidad que repare las injusticias y preserve la belleza, no habrá un mañana para el ser humano, especialmente para las víctimas de los peores agravios. La política dice adiós a la filosofía, pero la filosofía no dice adiós al hombre, pues las preguntas esenciales siguen en pie, interpelándonos con la misma insistencia. La “mota cuántica” puede ser el principio del universo, pero –como diría Karl Jaspers- “no coloca al hombre frente a sí mismo”. La filosofía sí lo hace y no es algo baladí, sino el primer paso para humanizar un mundo caracterizado por la violencia y la insolidaridad. Jaspers sostiene que no se puede entrar en comunicación con el otro, comprenderlo, amarlo y respetarlo, sin conocerse a uno mismo, de acuerdo con el viejo aforismo griego, piedra de toque del saber socrático y agustiniano. “En la reflexión filosófica –continúa Jaspers- se lleva a cabo algo que escapa a sus detractores: el hombre alcanza en ella su origen”. Es decir, su condición de ser racional, que sólo se realiza plenamente mediante una existencia orientada hacia la libertad, la dignidad y la fraternidad. La filosofía no posee una utilidad inmediata, pero aporta algo mucho más importante: identificar los fines más éticos y humanos, que en ningún caso pueden ser la ambición de poder o la satisfacción del placer. Siempre he pensado que desterrar la filosofía es desterrar de algún modo a Dios, pues es imposible explorar los confines del universo y no sentir que algo sostiene y explica el misterio del Ser. “En el principio existía el Logos, y el Logos estaba con Dios, y el Logos era Dios”, escribió San Juan al inicio de su Evangelio. No pretendo impugnar el reinado de la “mota cuántica”, pero –al igual que el filósofo polaco Leszek Kolakowski, católico, humanista y marxista desencantado- pienso que “un mundo iluminado por la fe es más inteligible que un mundo sin fe”.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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