El francés sentenció una eliminatoria que aporta luz a los vallecanos. Por Diego García

La desapacible atmósfera que acogió la vuelta del cruce entre Atlético de Madrid y Rayo Vallecano, en pos de alcanzar un billete de acceso a los cuartos de final de la presente edición de la Copa del Rey, esbozó el marco idóneo de la incertidumbre con que se desplegaban las variables de dicho enfrentamiento. El 1-1 registrado en el primer capítulo, de cerrado desarrollo, avanzó el cariz del envite de este jueves. Los visitantes, según avanzó su técnico en la previa, cruzaron el sur capitalino para “poner nervioso” al candidato, en un ejercicio de búsqueda de sensaciones colectivas que no adolecería de falta de fe. La urgencia por encontrar el rédito en la identidad se cruzaba con el punto de cocción ajustado al asentamiento de las piezas en los roles y automatismos de los defensores de la elástica rojiblanca. Seguía el club recién golpeado por la FIFA ultimando su proceso de crecimiento en la mezcla entre calidad y orden. Por el camino se le cruzó un partido con más que perder que el oponente: un paisaje de inherente aspecto resbaladizo.
Contempló Diego Pablo Simeone la empresa a afrontar como un día más en el campo de pruebas que ha representado el recorrido hasta esta altura de calendario. Sentó a Juanfran -lo que conllevó la presencia de Gámez- y configuró un centro del campo alejado de la disposición titular. Kranneviter y Thomas cerraban el doble pivote con Koke fluctuando por delante y Correa y Carrasco abiertos a la cal. Jáckson aprovechaba las molestias de Torres y el merecido descanso de Griezmann y Vietto para disfrutar de la enésima alternativa goleadora. Moyá también volvía a la alineación con Savic, Godín y Filipe Luis como resquicios de la normalidad. Así, salpicado de rotaciones y con la lupa puesta sobre las evoluciones de los menos habituales en la fórmula se presentó el Atlético. Sentenciar con premura para ahorrar sudor figuraba como directriz. El argumento aproximaba este objetivo a través de la necesidad de mantener el compromiso y atención, el rigor combinativo y la excelsa disposición en repliegue como antídotos a la campanada que anhelaba el libreto contrincante.
Paco Jémez, que elabora el sistema de juego en función de su filosofía y no del rival, no escatimó en el refuerzo de confianza a su vestuario. Si se pasaba de eliminatoria y se componían las maletas para centrarse en la supervivencia liguera serían cuestiones complementarias al estilo. Las goleadas sufridas en Bernabéu y Camp Nou no amilanan al preparador, que evidenció su coherencia al entregar la medular a Trashorras y Baena, con Embarba, Lass y la perla Montiel como desestabilizadores adelantados. Javi Guerra coronaba la valiente apuesta. Por detrás, Castro y Llorente ejercerían como sostén de un esquema que, a buen seguro, transformaría a sus laterales -Quini y Nacho- en carrileros de vocación atacante. La cohesión de un equipo que ya ha cedido 43 tantos en Liga habría de tomar forma para mostrar una cara más sólida y competitiva. Además, la reducción de los errores en la circulación primaria y en el balance tras pérdida debían acompañar para salir a flote en el gélido Manzanares.
Arrancó el primer acto bajo el sino anunciado: ambos púgiles intercambiaban presiones abrasivas con diferentes pretensiones. Los locales tratarían de volar en la recuperación y los visitantes, por el contrario, conducirían su intencionalidad al manejo de la pelota para crecer a través del control del tempo. Con el escenario desplegado se vislumbraban los movimientos tácticos que marcarían el transcurrir. Los colchoneros delineaban el anhelo de imponer superioridades exteriores con las parejas Filipe-Correa y Gámez-Carrasco al tiempo que los laterales del Rayo acometían su estadía en la medular, sumados a la circulación, con Baena incrustado entre los centrales para afianzar la salida de pelota. Y la red de piezas en el posicionamiento de elaboración vallecana, con regusto de trabajado laboratorio, empezó a esbozar réditos. Desembarcó el conjunto franjirrojo para imponer su estilo y adoptó la consecución práctica de su pretensión con celeridad, mandando en el tramo inicial. Alzando la espalda de su zaga para ahogar el respiro combinativo rojiblanco, que quedó cercenado, posponiendo la primera posesión larga de los colchoneros.
El doble pivote no conseguía encontrar a Koke para alcanzar fluidez y continuidad en el cuidado del esférico, viéndose obligado el líder liguero a adoptar el pliegue defensivo de su sistema. El presumible arranque incendiado de ritmo de los pupilos del Cholo se descubrió descontextualizado tras el golpe de personalidad técnica rayista. Se registraron sólo dos acercamientos, que no supusieron más que anécdotas en el paradigma, en plena exhibición de control anestésico vallecano. Jackson abrió fuego en el 10 con un testarazo tras córner de Koke para la detención efectuada por Yoel pegado al poste y respondió Embarba con un control de pecho en escorzo desde el pico del área y volea, en media vuelta, que Moyá sacó con dificultades.

Pasado el minuto 15 alzó la intensidad y sus líneas el Atlético, pero el Rayo aceptó el reto imprimiendo finura y precisión a su circulación, para mostrarse escurridizo y lograr explotar el espacio tras la primera línea de presión local, con Embarba y Trashorras como organizadores de la orquesta en su perfil vertical. El dominio del esférico visitante gozaba de niveles absolutos, sin angustia y con ánimo contemporizador, con el Atlético mudando la piel de favorito gobernador del pulso a astuto especulador, replegado en su cancha, atento al tapón de los pasillos centrales y aguardando el momento y espacio para realizar el fogonazo en transición que sentenciara el cruce. No quedaba espacio para la relajación del monopolizador del tempo, pues no conseguía inquietar a Moyá a pesar de su brillante elaboración y cualquier agujero en la vigilancia tras robo rojiblanco significaría la complicación definitiva del trance, en primera instancia, y la fiscalización de la consistencia mental del deprimido plantel, que podría figurar expuesto a un nuevo desvanecimiento relacionado con la inercia pesimista que arrastra.
Consumida la primera media hora matizó de manera sensible el Atlético el soliloquio vallecano en base al refresco de la amenaza en vuelo, que obligó a los visitantes a aminorar su ambición y concentrarse en guardar la ropa si querían no verse inmolados por la vía de la ortodoxia de su estilo, como tantas veces le ha ocurrido en el campeonato doméstico. Sin embargo, el viraje en la escena no gestaba una mayor periodicidad en la producción de remates. El tacticismo de guerrilla en el centro del campo dictaba el devenir de la trama en este intervalo que disparaba el minutero, desprovisto de interrupciones, hacia la recta final antes del intermedio. Por todo ello, las acciones de pizarra se volvían a antojar decisivas, a la espera de la reproducción de pérdidas o errores en el cuidado de la posesión que secundaran opciones en transición. A la espera de que lo natural de los imprevisto deshiciera el nudo en el que se había tornado la línea argumental. El cabezazo de Thomas tras la falta frontal botada por Carrasco que Yoel despejó con dificultades -minuto 32- sintetizó este punto estratégico.
A la espera de oquedades en las estructuras, y con los porteros fuera de la dinámica de actividad acostumbrada, sobrevino un punto de inflexión nuclear. El decrépito despeje del repliegue rayista ofreció una oportunidad de cosecha aislada al Atlético. Y la pegada colchonera, que exprime sus recursos ofensivos y goles al extremo para rentabilizarlos con soberbia regularidad, atisbó el horizonte despejado. El esférico cayó en las botas de Carrasco, el sempiterno desestabilizador solitario. Su defectuoso envío en la frontal fue traducido en seda por Correa. El argentino embocó el regalo con un cañonazo que se estrelló en el travesaño para besar la red de Yoel en un homenaje estético. Se adelantaba el eficiente bloque local en la primera acción clarividente a pelota corrida. Sin alardes creativos ni alegría en su paleta. Pero con la venenosa mordedura familiar. En el espesor de la reducción de remates, los rojiblancos siempre sobreviven.
Quini reaccionó con un lanzamiento muy desviado desde media distancia en el 43 mientras se desataba el respingo postrero local. No en vano, el segundo tanto colchonero no tocó realidad por poco gracias a un dos contra uno, en presunto fuera de juego, que Correa no acertó a conectar con Jackson, con el portero batido. La jugada ensayada en el córner subsiguiente, con triangulación de Carrasco, Correa y Koke, que finalizó con disparo desatinado del luso desde el área grande bajó el telón y el descanso quedó decretado. Se marchó a vestuarios por delante un Atlético inteligente en su lectura de las potencialidades y aptitudes de los comparecientes. El Rayo había batallado por relamerse a domicilio en su pentagrama pero no alcanzó la orilla y volvía a posar su rodilla en el verde por mor de su falta de concreción. No merecía la derrota parcial pero lo fino de la distancia estadística debía incendiar la competitividad y alejar los reflejos que tendían a deshilachar al optimista proyecto de la avenida de la Albufera.
Sin cambio de nombres recomenzó el partido. No hubo sustituciones pero si una modificación definitiva: el Atlético alzó sus líneas y vatios para encerrar al Rayo, que padecía entonces los riesgos de su guión y sollozaba por encadenar despejes acertados que achicaran la tormenta. Yoel y Baena hubieron de multiplicarse en los primeros diez minutos de reanudación para sostener a los suyos ante el aluvión de centros laterales local. La trayectoria de control exhibida no ofrecía más estela que la del pasado. El ritmo dictado por el bloque local elevaba la exigencia sin balón de los visitantes y el partido cayó, de manera inexorable, en un viaje sin conductor.
Llorente se retiró lesionado para la entrada de Dorado en el 53 y Montiel -desprovisto de situaciones de brillo- dejó su lugar a Manucho. Buscaba el Rayo colocar a dos rematadores y corredores al espacio como referencias que inquietaran el arranque local y refrescaran la sensación de riesgo ante la comodidad posicional colchonera. En definitiva, buscaba una regresión al estadio previo de paz horizontal con añadidurade la exigencia contrarreloj. En dicho terreno de incerteza, sin patrón ni gobierno, Jémez introdujo a Bebé por Lass -tan despojado de las condiciones adecuadas para su manejo como el canterano recién sustituido-, para inyectar pulmones y verticalidad en pos del arranque de las tablas en el partido y en la eliminatoria. En consecuencia, no emergían posesiones prolongadas con un Atlético dispuesto a volar tras robo, a amortizar su calidad en contragolpe en lugar de oponer resistencia al discurso rayista y cerrar el envite luciendo clase asociativa.

Bajo dicho paraguas atravesó el duelo el ecuador del segundo acto. El Rayo se apresuraba para conectar lógica en la frontal oponente a su frenesí, pero su encendido coraje ante el ajustado marcador no manifestaba atisbo alguno de claridad en este intervalo. No la había tenido en tres cuartos de cancha en los 75 minutos previos y ahora que se acercaba la recta final tampoco parecía dar con el conducto que tradujese su solvencia en la creación en llegadas al área. Mientras tanto, el bloque de Simeone se afanaba por rematar antes de crear la situación oportuna y el técnico decidió profundizar en el tenebroso carril de la indecisión, del ida y vuelta. Sacó a un intrascendente Correa –al margen de su gol- para dar entrada a Antoine Griezmann. Y el duelo avanzó repartiendo inconexas opciones: Jackson y Embarba probaron suerte desde la frontal en sendos lanzamientos que concluyeron en los guantes de Yoel y en la valla publicitaria del lado izquierdo de la meta defendida por Moyá. La épica visitante se cruzó con la impaciencia con el cuero local en un mejunje de imprecisiones.
No había logrado Jémez incorporar mordiente a su última fase de juego, pues la acumulación de piezas ofensivas no enchufaba comprensión de intenciones y las acciones, aceleradas, morían una y otra vez en envíos infructuosos. El Cholo quiso, en el último cuarto de hora, abordar la arista capital que no entendió como importante: discutir la pelota al Rayo. Para alcanzar la calma que zanjara la caótica angustia de entrega al repliegue y al acierto en contragolpe, a través del cuero, sentó a Krannetiver -gris con la pelota y serio en la ejecución táctica- para incluir a Gabi en el último tramo de partido. Quería subir líneas el preparador del Atlético para empezar a ganar el acceso a cuartos por la vía del ahogo oponente. El Rayo sacaba la pelota con claridad y esa situación desencadenaba el resto de componentes del caos. La recuperación de la posesión vendría como consecuencia. Sin embargo, se descubrió Simeone satisfecho antes de que los suyos viraran el modelo. Un saque de esquina peinado por Godín y mal despejado por la zaga rayista, asistió al remate, de chilena, del iluminado Greizmann. El segundo gol arribó por cauces tradicionales, tanto en forma como en autoría, y la sentencia tomó cuerpo a diez minutos para el silbatazo.
Acto y seguido, Jáckson se despidió otra vez más con el vacío como recompensa y Óliver encontraba minutos como prolongación de la clausura pretendida por su entrenador. De los minutos de desconcierto e interés huido sobresalió la calidad del punta galo para engañar a Yel en la desesperada salida y cerrar el 3-0 definitiva y su enésimo doblete particular. Decidió el envite el francés, que se niega a abandonar su estado de gracia, redondeando un marcador un tanto irreal en relación con los méritos metafísicos de un Rayo que regresa a su realidad después de esta apnea copera con más picos que valles. Avanza de fase un Atlético que no se exigió como en anteriores eventos pero que alimentó su pelaje ganador con una deflagración previa al epílogo que sacó de la escena cualquier pulgada de sorpresa cuando bregó por ganar en el cuerpeo táctico y anatómico. Parecería contradictorio, pero puesto este enfrentamiento en perspectiva, Jémez extrajo más nutrientes para su zurrón que Simeone. Bien es cierto que el punto de partida de ambos no resulta, en ningún caso, asimilable.
Ficha técnica:
Atlético de Madrid: Moyá; Gámez, Savic, Godín, Filipe; Thomas, Kranevitter (Gabi, m. 72), Koke; Carrasco, Jackson Martínez (Óliver, m. 81) y Correa (Griezmann, m. 68).
Rayo Vallecano: Yoel Rodríguez; Quini, Llorente (Dorado, m. 53), Ze Castro, Nacho; Embarba, Trasshorras, Baena, Lass (Bebé, m. 65); Montiel (Manucho, m. 58); y Javi Guerra.
Goles: 1-0, m. 39: Correa; 2-0, m. 79: Griezmann.
Árbitro: González González. Amonestó al local Filipe Luis (m. 60).
Incidencias: 28.000 espectadores asistieron al partido correspondiente a los octavos de final de la Cpa del Rey, disputado en el estadio Vicente Calderón.