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BIOGRAFÍA

María Lara y Laura Lara: Ignacio y la Compañía

domingo 17 de enero de 2016, 17:03h
Actualizado el: 31/05/2016 00:10h
María Lara y Laura Lara: Ignacio y la Compañía
XIII Premio Algaba. Edaf. Madrid, 2015. 384 páginas. 28 €

Por Carmen R. Santos

La llegada de Jorge Mario Bergoglio al Papado trajo a la actualidad más inmediata a una de las órdenes religiosas más veteranas, que más influencia ha ejercido en distintos ámbitos, y que, aparecida en España, se extendió por otros muchos países. Sin embargo, solo con el Papa Francisco un jesuita llegó al Vaticano. Y su acceso a la más alta cumbre de la Iglesia ha conllevado un cambio sustancial, para muchos una verdadera revolución, en una institución donde la necesaria fidelidad a la tradición y la no menos imprescindible adaptación a los tiempos no han dejado de acompañarse de tensiones. Pero quizá ningún otro como el actual Pontífice para proponer y desarrollar el equilibrio, nada fácil, entre ser fiel a lo irrenunciable y, paralelamente, innovador. Y en esa idónea condición ha tenido sin duda mucho que ver su pertenencia a la orden creada por san Ignacio de Loyola, pues ni la congregación ni su fundador rehuyeron nunca los retos.

Del espíritu y los muchos avatares que han ido surcando el discurrir de la Compañía y de su fundador proporciona cabal cuenta este volumen debido a las historiadoras y profesoras María Lara y Laura Lara, que ha conseguido con todo merecimiento -compartido con Carlos V. Emperador y hombre, de Juan Antonio Vilar Sánchez- el XIII Premio Algaba de Biografía, Autobiografía, Memorias e Investigaciones, auspiciado por la editorial Edaf y Ámbito Cultural de El Corte Inglés.

Entre los numerosos aciertos que encierra la obra, es el primero haber logrado compendiar una larguísima, compleja, y polémica, historia de la Compañía ofreciéndonos lo trascendental y significativo, pero sin necesidad de castigar a los lectores con un libro que buscase la acumulación, en muchos casos superflua en este tipo de empeños, antes que la esencia. Y no es poco mérito en un asunto que tiene multitud de fuentes primarias y secundarias, de ingente bibliografía. Como bien apuntan las hermanas Lara existe un “mar documental” sobre los jesuitas y por eso, confiesan, “al sentarse ante el papel en blanco a escribir sobre la Compañía, la primera impresión del autor que se lo propone es la de sentirse abrumado”. María y Laura Lara han nadado muy bien en ese mar abrumador realizando una afortunada labor de síntesis, donde la copiosa documentación consultada se emplea con tino y criterio. A la agradable y provechosa lectura contribuye una excelente edición del libro, en el que se incluye abundante material gráfico.

La Compañía es quizá la orden que ha despertado más controversia y tiene defensores y detractores muy polarizados. Entre estos últimos en nuestro país algunos tan significados y a ultranza como Ramón Pérez de Ayala -autor de la novela A.M.D.G., titulada con las siglas de la divisa de la Compañía: Ad maiorem Dei gloriam-, o Manuel Azaña, presidente de la II República española. Pero, frente a cualquier tentación, no resulta menos destacable que en el trabajo de María Lara y Laura Lara primen el rigor y la objetividad, como corresponde a una investigación, sin encerrar propósito hagiográfico y mucho menos proselitista o, en el otro extremo, descalificador. Las autoras describen los hechos y han abordado la materia de su estudio en toda su amplitud, en tanto que, entre otras cosas a tener en cuenta, “la biografía ignaciana ha pasado por tres fases: edificante, crítica y antropológica. En la Contrarreforma se lo presentó como las antípodas de Lutero, durante la Ilustración los protestantes agudizaron la hostilidad hacia las figuras del catolicismo y, en el presente, se insiste en el afán del primer jesuita por adquirir un conocimiento del hombre histórico y de la naturaleza en su totalidad”.

Antes de despertarse en él la vocación religiosa, Ignacio, nacido en la localidad guipuzcoana de Azpeitia en 1491, fue un joven impetuoso y mujeriego que se volcó en la carrera de las armas. Pero el destino le tenía reservado otro cometido, que empezó el 20 de mayo de 1521. Ignacio participa con las tropas castellanas en la defensa de Pamplona, atacada en esos momentos por el ejército francés. Debe, sin embargo, retirarse de la batalla a causa de una herida en una pierna, que le dejará como secuela una leve cojera. En la convalecencia en el castillo de Loyola, lee, entre otros libros, la Vida de Cristo, del cartujo Ludolfo de Sajonia, y Flor Sanctorum, de Jacobo de la Vorágine, que serán decisivos para su cambio de rumbo. Ahora, su ímpetu ya no estará ligado a la espada sino a la cruz, pasando “del castillo a la misión”, como reza el subtítulo de este ensayo de las hermanas Lara, que nos sumerge con solvencia, a la par que amenidad, en la trayectoria de Ignacio y de la Compañía de Jesús desde su puesta en marcha en el Renacimiento hasta nuestros días.

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