“La política, cuando se le sacan los discursos, las propagandas, queda esta réplica gansteril del toma y daca. Y no hay género que describa mejor la política argentina que la novela negra”, esta frase es una buena muestra de cómo Jorge Fernández Díaz no tiene medias tintas en sus expresiones ni en sus opiniones, y así ocurre con esta novela, un relato en el que las medidas de suavizar lo que se quiere contar son nulas. No hay una necesidad de dar un toque amable, quiere que el lector sienta cada punzada en su estómago con cada una de las situaciones que se describen en el libro.
Ante todo, para evitar las posibles segundas lecturas o elucubraciones hay que dejar bien claro que lo que se recoge en las páginas de este libro es todo ficción, aquel que desee pensar que no es así solo debería analizar que en caso de ser cierto todo o parte de lo que en él se relata, posiblemente habríamos asistido ya al sepelio del autor.
El personaje principal de esta historia es Remil, tal y como él se describe es un héroe infame. Trabaja para la parte más desconocida y con menos escrúpulos de los servicios de inteligencia argentinos, La Casita, bajo el mando del coronel Calgaris. Recibe encargos de su superior y los ejecuta de la manera más efectiva posible y sin ningún tipo de remordimiento o sentimiento.
Con la llegada al país de una abogada española, Nuria Menéndez, comienza su descenso personal a los infiernos. Esta abogada que aparentemente llega a Argentina por negocios de lo más inofensivos, realmente oculta otros más ambiciosos. Al tener los servicios de inteligencia la necesidad de controlar a esta recién llegada al país, Remil será el elegido para protegerla, una decisión que tendrá consecuencias feroces en su vida.
En El puñal descenderemos a las cloacas no solo de la política y de los poderes fácticos de un país. La trama de esta novela alcanzará hasta la mismísima Casa Rosada y traspasará las fronteras argentinas. Pero también llegaremos a los suburbios de los sentimientos personales, de la traición, de la sospecha, de todo lo que es consecuencia del sórdido mundo en el que se mueven los personajes.
Estamos sin duda alguna ante una buena historia, una historia pensada por y para el lector, para su entretenimiento y para la conexión virtual con el escritor que la ha creado. Quizás sea el perfecto reflejo de lo que en varias ocasiones ha confesado el autor, quien, leyendo el libro de El signo de los cuatro de Arthur Conan Doyle, descubrió su faceta de escritor, al querer emular a Conan Doyle, llegando al lector del mismo modo que le estaba llegando a él su lectura.
Por último, si en los agradecimientos se incluye a Arturo Pérez-Reverte, está claro que ha habido un buen consejero y confidente en la elaboración del libro, y quizás llevado por la trama de la novela, el autor español, después de leer en secreto uno de los borradores, y antes de regresar a Madrid, decidió convertirse en un agente especial más, mojó el original en la bañera de su cuarto de hotel y destrozó las páginas. No lo hizo por repugnancia, sino por miedo al plagio. Usó el procedimiento de los agentes secretos de la Guerra Fría.