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TRIBUNA

La patria de la infancia

martes 19 de enero de 2016, 20:09h

Guardo en el recuerdo el episodio que Jean Daniel relata en “Los míos”, el libro que el viejo camarada de Albert Camus, dedica a los amigos idos, cuando cuenta su viaje en coche por la isla de Córcega, guiado por Marie Susini, que rememora los paisajes de la infancia. Jean Daniel recoge la satisfacción de la escritora al comprobar que los detalles que le había contado, por ejemplo, sobre el convento de los franciscanos o de las monjas de Evisa, y sobre los pinos gigantes y enhiestos que ladean la carretera ya junto a la cima de Vico, permanecían como los había descrito, pues temía haberlos exagerado. Otras cosas, otras actitudes, por el contrario, han cambiado, así el menosprecio por el ruralismo, o el atraso, o el descuido de la lengua. En un momento del trayecto Marie Susini se pone a hablar en corso con el chófer y le dice a Jean Daniel “Y pensar que cuando era niña nos daba vergüenza hablar corso”. No hay por qué ruborizarse, anota Jean Daniel: se puede revivir el pasado, sin condenar el presente, simplemente observando, que un día sucede a otro, “que todo cambia”, aunque algunos días se quedan varados, a un lado, casi inútiles.

He pensado que alguna vez podía hacer lo mismo con mis amigos, esto es, llevarles al escenario de mi infancia: les podría mostrar la casa donde nací en medio del pueblo, pared con pared del Ayuntamiento. Se trata de un edificio noble de piedra, de solo dos plantas, como los que le llaman la atención a Jovellanos cuando, según relata en sus Diarios, pernocta en Ollauri en casa de los señores de Pobes al lado de la iglesia de San Salvador. En el primer piso, vivían los maestros y el secretario. Había también una gran Sala donde se celebraban determinados acontecimientos por las fiestas de la patrona en diciembre: desde la balconada que daba a la espaciosa plaza del pueblo se disparaban los cohetes; pero no recuerdo que la estancia se utilizase para celebrar concejos abiertos, pues las reuniones del ayuntamiento tenían lugar con regularidad en el despacho de la secretaría. En la Sala se guardaba una gigantesca bandera de España con un mástil que en vano intentábamos levantar mis hermanos y yo, y allí dejábamos los hijos del secretario las bicis. Solíamos husmear en las estanterías de sus armarios, colocados en un estrado, donde se depositaban los Boletines de la Provincia y los primeros libros que devoré, que desgraciadamente no fueron los Episodios Nacionales de Galdós. Volúmenes un tanto abstrusos de teoría política -recuerdo un prontuario del pensamiento de Vázquez de Mella, que después he adquirido en alguna librería de viejo-, y algún relato de la gesta del Baleares durante la guerra civil, que se habrían enviado obligadamente a todos los Ayuntamientos de España por los servicios de propaganda del régimen y que mi padre prudentemente, pues la orientación del pueblo no era la falangista que predominaba en el sector del adoctrinamiento estatal, dejó a buen recaudo.

En la parte alta de la casa, separada del piso de abajo por un formidable portón, cuyos goznes no siempre estaban engrasados, vivía el alguacil con su mujer y su hija, una chica soltera que había sufrido una caída en su infancia que la dejó contrahecha de por vida: gente sencilla, con quienes pasábamos la mayor parte de las anochecidas, fuera de la formalidad y los rigores con que nuestros padres trataban de educarnos. Tenían animales domésticos, el fuego era natural, y eran de un trato directo y afectuoso que para mí desde entonces ha caracterizado a la cordialidad en su grado más alto. El alguacil, con todo, para desesperación de mi padre no siempre estaba disponible y así podía no responder cuando lo solicitaba, convocándole a alguna labor por medio de un timbre cuya perilla pendía del techo en mitad de la secretaría. Ocasionalmente, si se prestaba buen oído, los muelles del portón podían sentirse poco después de que sonase la llamada del timbre, denunciando la desaparición sigilosa del ujier municipal. El alguacil tenía un hermano llamado Julián que solía andar por el pueblo con una boina roja de requeté, que no le abandonó como indumentaria cuando falleció y lo expusieron junto al Alto de la casa, en una estampa que entonces me sobrecogió y que resultará incomprensible para los chicos que no son de pueblo, y a los que se les oculta con exceso de pudor la dureza de los trances de la existencia.

Pienso que podría convocar a los amigos, mayormente gente de la academia. Nos reuniríamos, tal vez en el próximo Convento de los Agustinos, que tiene un claustro renacentista sobresaliente, a debatir algún problema acuciante: por ejemplo la reforma del régimen local, donde podría explicarles que los municipios pequeños en donde ya no hay una élite local que cumpla la función tradicional de irradiación de la cultura en el medio rural, pues no existen condiciones para que los funcionarios de la administración puedan residir en los pueblos, queda para los alcaldes y concejales desempeñar, sin coste alguno ya que no reciben ninguna retribución, una inapreciable labor de asistencia social, controlando, de otro lado, que los servicios del gobierno regional no omitan atender a las demandas de la población en las cuestiones de su competencia. Después podríamos visitar algunos lugares de la propia población de Haro, comenzando por su bella iglesia de Santo Tomás de gótico plateresco, o acercarnos a otros sitios próximos, hablemos de Laguardia o de Briones.

El pueblo está en su sitio, como constató la escritora Sasini a Jean Daniel en su paseo corso, y su paisaje con el monte azul de Toloño al fondo y las terrazas de suave pendiente con almendros y vides, sigue siendo el mismo, creo yo, sin melancolía y con la esperanza mantenida…

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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