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TRIBUNA

Los judíos y las palabras

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
viernes 22 de enero de 2016, 21:26h
En lugar de comentar la trepidante y cotidiana (¿es un oximorón?) actualidad constante (¿es otro?), me permito comentar un libro sugestivo, que tiene el título de este artículo, y que ha sido escrito por Amos Oz y Fania Oz-Salzberger, y que me ha aliviado de una realidad cotidiana, para la que he suspendido mi juicio hasta tener alguna visibilidad.

Los autores, padre e hija, son dos autoridades intelectuales y morales en Israel y en muchos países del mundo.

Amos Oz es un candidato permanente al premio Nobel de literatura, y es una de las figuras más destacadas de una corriente, minoritaria pero muy importante en Israel, que condena el obtuso militarismo de su gobierno, y defiende la creación de un Estado Palestino, con todas sus consecuencias y competencias. Sus novelas y ensayos son leídos en España, y en 2007 recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Fania Oz-Salzberger es historiadora en la Universidad de Haifa, y ha colaborado con instituciones académicas y centros de reflexión política de distintos países europeos, americanos y de otros continentes.

Padre e hija han redactado una obra espléndida sobre la cultura hebrea desde los tiempos bíblicos hasta los contemporáneos, en los que la cuestión judía y la fundación del Estado de Israel se han convertido en los hitos más notables y controvertidos de nuestra época. Además, está escrito con un estilo divertido, mordaz y, al mismo tiempo, tierno y comprometido. Su humor, muy judío por otra parte (hay bromas sutiles con Dios en la Biblia hebrea), enlaza, por ejemplo, con la comicidad de Groucho Marx y de Woody Allen.

En “Los judíos y las palabras” los dos autores explican por qué ese pueblo es como es. Amos y Fania Oz rechazan que exista una continuidad racial (los hebreos se mezclaron con pueblos muy diversos, de Asia, Europa y África, etcétera, hasta el día de hoy), y no existió una continuidad cultural o de costumbres, y tampoco hubo continuidad en su idioma y en la grafía del mismo. El hebreo que se enseña en las escuelas de Israel es un idioma que tiene poco más de cien años, pero a lo largo de los siglos, desde la Edad del Hierro, hace dos mil quinientos años, el habla de esas gentes (un pueblo disperso mucho antes de la destrucción de Jerusalén por los romanos (70 d. C.), como señalan ambos autores) se ha modificado, como cualquier idioma a lo largo de su historia.

El pueblo judío es un pueblo del libro. Amos y Fania Oz afirman que “la nuestra no es una línea de sangre, sino una línea de texto”. En efecto, la lectura, discusión y aprendizaje de los libros, en los que Dios revelaba al pueblo elegido sus orígenes y las leyes que debía cumplir, fue el factor que mantuvo su identidad durante tanto tiempo, a pesar del éxodo que ha marcado el devenir histórico de los judíos (“Exodo” es el segundo libro de la Biblia hebrea).

La Biblia (término universal para referirse al libro, así “biblioteca”, etc.) y el Talmud (los comentarios “bibliográficos” a los libros santos) fueron la causa de una sorprendente alfabetización del pueblo hebreo. Desde lo remoto de los tiempos, los niños (en menor medida, las niñas) aprendían a leer esos papiros, pergaminos, tabletas (en barro, y ahora en Ipad) o libros, mientras comían dulces en su hogar o en la sinagoga. “La escolarización, en definitiva -escriben los dos Oz-, comenzaba poco después del destete.”

¿No explicaría la extraordinaria influencia de los judíos en la cultura y civilización occidental su condición de hombres (y también mujeres) capaces de leer, escribir y contar? El espíritu investigador y crítico que caracterizó a Baruch Espinoza, Karl Marx, Sigmund Freud o Albert Einstein, y otros grandes genios de ayer y de hoy (¡no olvidemos nuestros compatriotas, desde Don Sem Tob a Rafael Cansinos Assens!) forman parte de una tradición social y religiosa que hizo de los judíos una élite de estudiosos, en la que el discípulo, además, podía llevar la contraria al maestro, sea su padre, o fuese el rabino. El joven Jesús de Nazaret discutiendo con los doctores del Templo, o el joven Karl Marx invirtiendo la lógica de su maestro Hegel, actuaron dentro de la misma tradición crítica.

¿Hay alguna otra creencia monoteísta -es decir, procedente de Abraham- en que se incentive tanto el debate con los libros revelados por Dios? Tuvo que llegar Lutero y los protestantes para que los cristianos pudiesen leer la Biblia en su lengua materna, y eso sucedió a partir del siglo XVI, y sólo en los países donde la Iglesia Católica perdió el poder estatal. ¿No tiene eso relación con las dificultades que padecieron los países católicos asentando libertades, como la de expresión, cátedra, religiosa, incluso, las libertades económicas?

Esa tradición crítica hizo posible que el judaísmo tuviese su propia Ilustración, también el siglo XVIII y en Alemania. Moses Mendelssohn, el abuelo de los compositores Félix y Fanny Mendelssohn, fue su principal impulsor. Amigo de Lessing, compitió con Kant -a quien derrotó en un concurso intelectual-, Mendelssohn es la prueba de que el judaísmo y Alemania contribuyeron al humanismo europeo. Amos y Fania Oz consideran a Mendelssohn la tercera autoridad de la religión judía, tras Moises y Maimonides.

Esa relación de los judíos con la crítica intelectual generó una parte importante del antisemitismo. No me voy a los ejemplos foráneos. En España, Hugo Wast (1883-1982), un escritor hispano-argentino (seudónimo de Gustavo Zuviría) , y Mauricio Karl (1898-1982), un policía (seudónimo de Mauricio Carlavilla), ambos franquistas entusiastas, tuvieron una gran popularidad con sus teorías paranoicas sobre los judíos, a los que imputaban una conjura contra el catolicismo, acompañados, obviamente, por protestantes, masones, homosexuales, intelectuales, ¡y hasta por los reyes borbones!

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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