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TRIBUNA

¿En qué manos estamos?

Antonio Domínguez Rey
sábado 23 de enero de 2016, 19:33h

El voto de los ciudadanos es solo cédula crediticia de los diputados elegidos. Tras las elecciones comienza un baile de cifras, alianzas, coaliciones que desvirtúan la voluntad de las urnas. Los diputados la reparten según convenga a sus intereses, los del partido, a conciertos económicos, influencia extranjera, etc. Es el turno de los ingenieros políticos, cuando no de asentadores y detallistas de abastos. Mercan con el voto según evolucionan las estrategias.

La acción política pierde confianza y el Estado se resiente. En tales situaciones se remueve el trasfondo revolucionario y arribista de quienes huelen pescado en río turbio. La situación es de puja en lonja. Incierta, preocupante.

Cuando hay cambio de legislatura y de partido en los gobiernos, las democracias sólidas procuran agilizar el traspaso de poderes en el menor tiempo posible. Actúan así para que los asuntos de Estado no se resientan, paralicen y debiliten tanto su economía como el prestigio internacional. España presumió durante años, los de la Transición, de forma política exportable a países que salían de una dictadura o intentaban un parlamento demócrata. Este sueño se esfumó. La Constitución está en entredicho y a la forma de Estado la minan diversos frentes.

Unos partidos pretenden desestabilizar la integración territorial, otros buscan apaños y remiendos. Nacionalismo, neocomunismo, socialismo y neoliberalismo barajan los votos para darle la vuelta al país o mantener sus prebendas. Los comunistas buscan subvenciones externas con que procurarse las internas en los estrados e invertir el proceso histórico. La táctica ideológica que abanderan les da resultado. La dialéctica marxista-leninista goza de buen cultivo en España. La primera parte, la marxista, se la sirve en bandeja el socialismo amanerado de la actual oposición política. El socialismo no ha echado raíces profundas en la sociedad española. Se limita a un lavado de rostro y, sin pretenderlo, se ha convertido en espita de la inercia social que arrastra España desde el franquismo. La Alemania de Willy Brandt creyó que extendía al sur de Europa un brazo del socialismo moderno. Pronto se dio cuenta de que esto era otra cosa. Y aun así siguió invirtiendo en el tejido productivo de la Península Ibérica como refuerzo de la Unión Europea. Aquellos préstamos llegaron a plazo y requieren devolución con intereses. Este pago no lo va a escudar nadie, sea quien sea el presidente de gobierno.

La otra válvula de escape, neoliberal, quiere recuperar el tiempo perdido y el dinero volatilizado como por encantamiento. Y paga con pérdida de votos su empeño a pesar de la recuperación económica. A esto se une la escisión de afiliados en nuevos grupos políticos. Y todo ello se vuelve contra sus intereses y, dolor más profundo, los del Estado. Los neoliberales representan la otra parte de la inercia política que nos mueve desde el franquismo y atraviesa la Transición con reparto del producto de la deuda y otro dinero reciente que vierte ahora Bruselas en las arcas del Banco de España. Bajo la garantía, y lo olvidamos, o no lo sabe el común de la “gente española, del oro nacional depositado en bancos de Lausana y Londres. Hay una fianza o crédito de fondo que incita la puja y el reparto de cartas entre diputados, partidos, bancos que los subvencionan y empresas, industrias, mercados que viven de su expansión y trocean las Comunidades Autónomas. Cataluña, Valencia, Baleares, Andalucía…

La dialéctica leninista navega en bonanza sobre este panorama. Depende del acierto en la síntesis del análisis. Socialismo y neoliberalismo a la española incrementan la contradicción que necesitan. Basta aplicar con agudeza la negación de los extremos y esperar la ocasión que encienda la chispa. El leninismo se mantiene de momento en la fase práctica de rentabilizar las paradojas de los términos, que son muchas. Las alimenta y ceba con recursos propios o ajenos, especialmente la imagen en grado social de entontecimiento público. Ha conseguido ampliar su potencia mediática entrando en el parlamento. La onda expansiva se irradia ahora en equis focos. Cuando hablan sus diputados, lo hacen al espectador oculto tras las cámaras y saben cómo despertar la desidia e indiferencia. Del franquismo sociológico late aquí la nostalgia de un autócrata. En este caso, un Franco de izquierdas. Tal vez para compensar el ritmo de la historia.

Queda aparte, pero con efecto retroactivo de propulsión acelerada, el sector nacionalista. Ahí confluyen todas estas vertientes en grado minúsculo y potencia de masa relativa. El nacionalismo catalán sigue otro tipo de dialéctica, entre fenicia, helénica, romana y florentina. Consiste en mantener la tensión social para aumentar el respaldo soberanista que la mayoría catalana aún le niega. Su praxis es de tira y afloja, pero con cálculo sabio. Mantiene oscilante el fiel de la balanza según se muevan los intereses y partidos nacionales. Los socios bailan con su propia sombra. Pretenden un referéndum o consulta federada, sin compromiso independiente, pero avalado por un partido nacional al menos. Allanan así el escollo de la frontera roja trazada por el leninismo. La prebenda sería mutua, a tres bandas. Y un salto cualitativo para Cataluña. Incrementa un poco, ya que no de golpe, el respaldo social e internacional de su aventura histórica. Sería también una zancada para el comunismo. El salto dialéctico. Y esto mientras el partido socialista negocia además otro plan B, o A, según se mire por el ventanillo de los corrales, con el partido del Gobierno en funciones. El ministro de asuntos internos a la cabeza.

A la zaga, el País Vasco, Galicia. El Cantábrico y el Atlántico. Ni una ni otra zona ha pensado en el potencial de esta fusión marítima. Las aguas confluyen en Estaca de Bares, paraje sublime del norte ibérico donde se pierde la pasión política y despierta el ansia de infinito. Es el mar océano de los emigrantes gallegos. Cuando vuelven, su visión de mundo es otra. Nunca les quedó prurito de convertir el Atlántico en realidad política de sus sueños. Y en cuanto al Cantábrico, lo domina Francia. El marxismo-leninismo de esta costa quedó huérfano al trascender la negación violenta y ser víctima hoy de sus víctimas de ayer. El cambio político operado vino impuesto por el error de estrategia al abatir en marzo de 2010 a un gendarme francés. El independentismo vasco busca ahora modos de integración democrática que le permitan seguir con el programa. Y esto ya requiere cambio de logística. Las contradicciones locales, reflejo de las citadas, le favorecen también el análisis y la síntesis. Los abertzales no levantan la losa que la República francesa puso sobre sus cabezas.

Y aquí nos encontramos, expectantes, a la deriva, pendientes del manoseo de votos. Y observando, incrédulos, las miradas de los líderes hacia países de apoyo mutuo. Venezuela, dicen que también Irán, los leninistas; Portugal, los socialistas. Y Bruselas, ¡qué remedio!, los gubernamentales. Unos se equivocan de país y otros recurren a donde nunca lo hicieron. Portugal sería baza importante si se optara por una alianza ibérica ante el resto de Europa. Pero ir a Lisboa para conocer cómo los socialistas de allí lograron un frente de izquierdas para formar gobierno, son ganas de hacer turismo o vergüenza ante la cara de los acreedores nórdicos. Portugal rechazó hace tiempo un sistema de autonomías regionales. Y su orgullo nacional no admite escusas.

Los diputados juegan con la bola de lamayoríademocrática sacando de la chistera otra cosida con retales. Moldean a su antojo la voluntad del pueblo sin que el votante pueda incidir en estecálculo. Debiera.

Para ello, son necesarias otras elecciones. La segunda vuelta de las primeras, pero con corto plazo entre una y otra convocatoria. Si no es así, solo nos queda confiar en la altura de miras de quienes tienen en sus manos la responsabilidad del Estado.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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