La Segunda Guerra Mundial siempre entrega novedades culturales, especialmente en el ámbito de la historia. Sin embargo, también es posible observar algunos aportes valiosos en la literatura, como sucede con esta novela de la escritora Ben Pastor, nacida en Roma pero que ha hecho su vida intelectual en los Estados Unidos.
En el caso de Cielo de plomo continúa la ficción policiaca judicial con un personaje que es parte de su creación en otras novelas, el comandante Martin Bora. En esta ocasión la obra está ambientada en Ucrania, en 1943. Se trataba de una sociedad profundamente conmovida durante la década precedente, primero por la represión comunista, que había llevado al hambre y a la muerte a cientos de miles de personas, y luego por la llegada de los nacionalsocialistas de Hitler, cuando comenzó la invasión a la Unión Soviética.
Bora representa, dentro de la historia, una cierta nota de humanidad y comprensión frente al drama de la guerra. Más todavía cuando se han producido algunas cuestiones complejas, incluso aterradoras, como las matanzas de mujeres y niños en Krasny Jar, y dos asesinatos de personajes, ambos rusos, a los que había recibido precisamente el propio Bora y que poco después aparecen muertos. Lo que podría considerarse fruto de la casualidad o una enfermedad, termina llevando al comandante a iniciar una investigación personal y cuesta arriba para entender bien qué había pasado exactamente con “Khan” Tibyetsky y Platonov.
Para ello interroga a cuantos tiene a su alcance, tales como soldados alemanes, médicos que habían atendido a los rusos, incluso a la examante de su padre. De esta manera se va organizando un verdadero puzle cuyo resultado es imprevisible, aunque parezca evidente que Khan y Platonov no habían muerto por causas naturales. En las noches, o en momentos de soledad, Bora escribía un diario donde iba registrando sus conclusiones provisionales, descubriendo las causas de las muertes (envenenamiento, por ejemplo), que la autopsia se había pospuesto por 24 horas para esconder las causas, que los médicos y otros personajes negaban la información que tenían sobre los hechos.
En alguna medida la descripción y actividad de Bora tiende a mostrar que no todos eran iguales dentro del nacionalsocialismo, en la línea que muestra el coronel Stauffenberg en Operación Valkiria, cuando se organiza el intento de asesinato de Hitler, que finalmente fracasa y lleva a la muerte al principal impulsor de la idea. Y, por lo mismo, enfatiza los abusos de las SS o la Gestapo como autores de los principales abusos y crímenes. No se trata de justificaciones, pero sí de un intento de comprensión de los matices y perfiles personales que existen en los distintos ejércitos. En cualquier caso, y por distintas vías, la crudeza y el sinsentido de la guerra van apareciendo de las formas más diversas, lo que genera emociones, dolor, repulsión, depresión, enfermedades, muerte.
“¿Cómo volveremos con nuestras familias después de esto?”, se preguntaba Bruno Lattmann. No se trataba solo de lo que habían hecho ni lo que les habían hecho a ellos, sino de “lo que hemos visto hacer a otros, aquello de lo que no hemos podido apartar los ojos”, lo que muchas veces causaba náuseas, vergüenza. Entre esas cosas estaba matar personas por causas ajenas a la lógica de la guerra, por mera crueldad o venganza, o quizá para ocultar otros crímenes.
Estamos ante una obra bien escrita, y con una investigación histórica y literaria realmente extraordinaria, abundante, con sólidos conocimientos geográficos y una ambientación adecuada, dentro de lo que constituye una obra de ficción y no de historia propiamente tal. Por lo mismo, resulta interesante y atractivo leer los crímenes de Cielo de plomo, así como las investigaciones de Bora, sus dudas y contradicciones, y la búsqueda de algunas verdades parciales en medio del horror. Es decir, esa dicotomía siempre presente en las guerras, como combate militar y combate moral.