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Mozart y nuestra época posrevolucionaria

miércoles 27 de enero de 2016, 00:47h
Estuve en el Teatro Real escuchando “La flauta mágica” de Mozart. Disfruté mucho con la representación que dirige Ivor Bolton, basada en una producción de la Komische Oper de Berlín, aunque en su escenografía y reparto de voces había una presencia notable de apellidos españoles, por ejemplo, Joel Prieto, Joan Martín-Royo o Mikeldi Atxalandabaso que interpretaron los esenciales papeles de Tamino, Papageno y Monostatos, respectivamente.

“La flauta mágica” ha sido mi ópera favorita, y cuanto más la escucho y la comprendo más me gusta y me sorprende. Tengo varias representaciones en disco, pero es la versión de Otto Klemperer, grabada en Londres para la EMI hacia 1964, la que forma mi canon particular de belleza: Nicolai Gedda y Walter Berry, como voces masculinas, pero sobretodo las femeninas, como Gundula Janowitz, Lucía Popp, Elizabeth Schwarzkopf y Christa Ludwig, constituyen un conjunto cuyo resultado musical no se ha superado, para mi gusto, nunca hasta ahora.

¿Y qué decir de la música de Mozart? En “La flauta” se habrá alcanzado la cumbre en belleza musical, lugar al que llegan muy pocos, y entre esos grandes creadores sitúo a Juan Sebastián Bach y a Ludwig van Beethoven. Menciono a esos tres incomparables músicos para señalar que estuvieron conectados artísticamente entre sí, pues Mozart incluye un bellísimo salmo luterano de Bach en “La flauta”, y Beethoven hará algo parecido en varias obras suyas con partituras de Bach y de Mozart.

Esos tres genios de la música fueron símbolos de los estilos barroco, clásico y romántico: Bach fallece en 1750, Mozart en 1791 y Beethoven en 1827:¡he ahí el corto período de tiempo en el que la música, el arte y la política -por no hablar de otros fenómenos culturales- experimentaron la mayor transformación de sus respectivas historias!

Veamos a Mozart, y a su última ópera, no sólo como música, sino inserta en el movimiento artístico de su tiempo, y también dentro de una Europa que culmina el Siglo de las Luces y observa asombrada la inicial Revolución que se ha producido en Francia.

Mozart estrena “La Flauta” en el Theater auf der Wieden de Viena el 30 de septiembre de 1791. Mozart está atravesando una mala etapa, tiene graves problemas de dinero, y su salud no es nada buena; fallecerá el 5 de diciembre de ese año, y tiene un entierro de pobre. Sin embargo, la música que compone desborda hermosura y no trasmite pesimismo ante la vida.

La explicación a su optimismo está en las noticias de Francia, como le sucede a tantos otros espíritus cultos y creativos de Europa. “La flauta” irradia ideas y sentimientos que son nuevos, no solo en Europa, sino a lo largo de la historia humana. La “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” se ha aprobado y proclamado en Francia en el verano de 1789. Es el fin de un mundo antiguo, del feudalismo, pero también de dominaciones sociales y religiosas. La Asamblea Constituyente francesa ha afirmado que “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”.

Un ser humano es igual a otro, y eso debe reconocerlo la ley. Nos resulta difícil imaginarnos que la envidiada e imitada Monarquía francesa pudiese haber declarado algo tan inesperado. Al otro lado del Atlántico, los rebeldes norteamericanos han aprobado algo parecido, pero es un pueblo de agricultores, que mantienen esclavos para cultivar sus haciendas, y además tienen una población pequeña, si se la compara con el número de habitantes de Francia. Aquello era una extraña excepción extravagante, pero lo que ocurre en Paris confirma en Alemania, y en toda la Europa ilustrada, que Kant había tenido razón acerca del triunfo de la Razón.

Ese es el optimismo jubiloso con el que escribe Mozart su ópera. El libreto, escrito por un masón como él (Mozart fue readmitido en la Orden de la que había sido expulsado por vida licenciosa), es un alegato a favor de las nuevas ideas. “La flauta”, canónicamente, no es una ópera, pues tiene varios pasajes hablados, y Mozart, con el libreto de Emanuel Schikaneder, ha hecho la primera obra teatral que busca transformar a sus oyentes y espectadores; “La flauta” será el modelo para las posteriores creaciones que hacen del arte una palanca para cambiar la sociedad y las creencias.

¿Hizo Mozart una ópera revolucionaria? Formalmente, Mozart abre el camino a Beethoven y a Wagner, pero no es especialmente rompedor con las formas. ¿Y políticamente? Sí lo es, pero de una Revolución que se mantiene dentro de las ideas y actitudes propias de la Ilustración. Un día antes del estreno de “La flauta”, la Asamblea Constituyente se disolverá en París, y despide al rey Luis XVI (ahora rey constitucional), a pesar de las tensiones habidas con él, con fuertes aplausos. Sarastro, el símbolo de la Luz y de la Humanidad, canta al final de la ópera: “los rayos del sol (las Luces)/ rompen la noche (la negra superstición pasada).”

Mozart se mantiene clásico en las formas y en sus contenidos ideológicos. Su música canta al nuevo Hombre liberado, y a una humanidad que vivirá en paz y armonía. La ópera termina bien, con final feliz. Mozart repudia el suicidio, cuando Papageno no se mata al descubrir que su amada le corresponde. ¿No es esto lo contrario del Werther suicida, del joven Goethe romántico de 1774? El romanticismo posterior tendrá siempre finales trágicos. Como la próxima Asamblea Legislativa que desembocó en el Terror y en la negación de las virtudes ilustradas. Nuestra época no es romántica porque la revolución ya es el pasado. Por eso “La flauta” se entiende mejor ahora.
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