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TRIBUNA

La perversión escolar

Juan José Vijuesca
miércoles 27 de enero de 2016, 20:36h

Hay quienes prefieren ocultar una verdad para no herir a la mentira. En esto de mirar hacia otro lado cuando nos jugamos el futuro de nuestros menores si lo que interviene de por medio es el maltrato infantil, créanme ustedes, padres y madres, educadores, gobernantes, legisladores y hasta la odiosa vara justiciera de medir que tenemos en este país, porque desde este momento les digo que estamos acabados como generadores del propio sistema. Si la verdad queda en el silencio de la impunidad, este caso nunca será el último, porque la patología social ya se habrá hecho viral. Por ello, desgraciadamente, hoy vuelvo a citarme con las conciencias ajenas por motivos de crueldad infantil.

Para muchos, hoy en día la educación es algo recurrente, y buena parte de la citada impiedad obedece a la permisividad, que ya desde temprana edad goza nuestro propio entorno. Lo que en verdad aterra es la parte subliminal que llega en forma de manada para que los menores, jóvenes adolescentes e incluso algunos educadores sin escrúpulos, alimenten la inteligencia artificial tomando de las propias redes lo perverso y después comerciar en grupo con la integridad física y psicológica de la víctima en cuestión.

Vengo a ello por una causa de aterrador ejemplo, uno más por desgracia. Advierto que el contenido de esta carta, que parcialmente reproduzco, pudiera herir la sensibilidad de algunas conciencias ajenas. La dejó escrita para sus padres un niño llamado Diego, tan sólo 11 años de edad, presuntamente víctima de su entorno escolar, y lo hizo antes de encaramarse a un balcón de su casa y lanzarse al vacío para suicidarse. Puede resultar incómoda su lectura, pero siempre será preferible sentir el escalofrío de lo que nos jugamos con nuestros hijos o nietos, a tener que llevar sobre nuestros brazos la muerte de la estúpida contemplación que, como antes les dije, trae causa permisiva al asumir que las cosas les sucedan siempre a los demás:

“Papá, mamá, estos 11 años que llevo con vosotros han sido muy buenos y nunca los olvidaré, como nunca os olvidaré a vosotros. Papá, tú me has enseñado a ser buena persona y a cumplir las promesas, además, has jugado muchísimo conmigo. Mamá, tú me has cuidado muchísimo y me has llevado a muchos sitios. Los dos solos sois increíbles pero juntos sois los mejores padres del mundo…………. Os digo esto porque yo no aguanto ir al colegio y no hay otra manera para no ir. Por favor, espero que algún día podáis odiarme un poquito menos……….Os echaré de menos y espero que un día podamos volver a vernos en el cielo. Bueno, me despido para siempre, firmado Diego”.

Comprobarán que este niño pide a sus padres que le odien un poco menos por la decisión tomada de quitarse la vida. Mayor horror, como igual compasión, no cabe para tanto desgarro emocional que produce. Con él se ha marchado el secreto de su aterrada experiencia escolar. ¿Perversión o acoso? Todo parece indicar que estamos ante una nueva víctima derivada de una más que probable, enigmática y extraña secuencia escolar, por desgracia con un desenlace de lo más terrible y cuya crueldad resulta difícil de asimilar.

Este es el momento y el lugar para evitar que el desarraigo de valores nos imponga el modelo de la no cultura, de la no educación y del no respeto. De no intervenir les digo que no merecerá la pena sentir el dolor ajeno, porque ya será demasiado tarde para todos nosotros.

Y aquellos que tomaren causa lacerante sobre un niño, ya fuere de palabra u obra, caiga sobre ellos el castigo de la severidad. (El autor)

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