De jóvenes quisimos ser periodistas y escritores o “literatos”. Otros tenían claro que querían ser políticos. Y entonces, estos se volvieron previsibles y alguno como Salvador entró en eso que se llama las jóvenes generaciones o juventudes, que da igual del signo que sea, el caso es que nos sigue sonando a tiempos pretéritos. Eran el periodismo y la lectura y la escritura esa manera más honda de suspirar, como una necesidad y, a la vez, un cautiverio. Descubrimos la música clásica primero y el rock de la Movida y del anglosajonismo después, como esa fragua genética que nos van haciendo las personas y los hechos, el amor y sus fatigas.
Y ahora, en este divertido happening de la investidura, hemos caído en la cuenta de que hace falta inventariar aquella España que no hace mucho que fue, con la boca cerrada ahora de la incuria intelectual, que solo se contempla el ombligo ante el saqueo patrio mientras el Rey se hace la foto con Pablo el nazareno: “He estado viendo los ciervos, ¡qué maravilla!”, suponemos una indirecta para que al líder de Podemos le inviten cenar, o vemos cómo posa en Palacio con Mariano y con Pedro mientras estos, plebeyos, le hacen bailar la yenka a Su Majestad, un pasito adelante, otro para atrás, un, dos, tres. Solo falta la “capra” hispánica. Pablo quería crear el estilo de una colectividad desplanchada, de una generación de sandalia, y Pedro, Mariano y Albert, creyéndose neonovísimos, buscaron el “nuevo” look en el ropero del faralae folclórico de una derechona de hace tres temporadas. A algunos los cuatro ya nos han cogido tarde y muy post, muy de vuelta de todo, aunque Sara Barroso no nos entienda o nos quiera entender dónde tenemos algunos las izquierdas castellanizantes y la liberté, que lo son sin ser descamisadas. Es que los republicanos de Valladolid somos así, mademoiselle.
Por esa añoranza de lo que fuimos y de lo que somos sentimos así las cosas que nos ocurren, las zancadillas que se ponen los (anti)líderes políticos mientras el país continúa “en funciones” divinamente –dicho sea de paso–, como si devorando y regurgitando la prensa de cada día asumiésemos ese destino que los candidatos nos marcan. Y nos desayunamos con un leviatán de corrupción en el PP valenciano, que cobraba comisiones del 3% a las empresas adjudicatarias. Los sobornados de Fritz Lang al lado de la Operación Taula parece un episodio de Pocoyó, pero con un rostro de cemento after shave de corrupto levantino, como el que lleva Alfonso Rus, con énfasis de galán chulesco de ruta del bacalao. El juez le ha dejado disfrazarse en carnaval a cambio de una fianza de dos millones de euros, que es lo que todos tenemos a mano, encima del frigorífico, un suponer, por si un togado nos quiere meter en chirona: “tráeme el sobre, amor, que esta noche duermo en casa”. Y todo arreglado, y vámonos a los toros de Valencia. Eso lo dice después de reponerse de las diarreas y flatos de las portadas. Por disimular, mayormente, esa siniestrez hortera de todo corrupto, marca de la casa.
La sobrasada y los choricillos han dejado con su pringue unos terribles lamparones de grasa a todo el PP valenciano –tanto a su estructura provincial como a la autonómica– y Rita Barberá no está incluida en la lista de imputados porque es senadora: solo el Tribunal Supremo la puede investigar. Ella es el toples obsceno de la alta-baja política en la playa de la Malvarrosa. Ellos, su terno de gitanazos de verde luna con apostura de mozo provinciano muy entregado. Cincuenta cantaores y bailaores que le han batido las palmas a la alcaldesa, entre concejales y empleados peperos y que tendrán que ir desfilando ante la policía judicial, cual cuerda de presos mascletá style.
La empresa que creó en 2000 la banda de Rus y Caturla, Ciegsa, ingresó unos sobrecostes de mil millones de euros, según la actual Administración autonómica, sobre todo aumentando durante años en un 36% el presupuesto de las aulas prefabricadas de colegios e institutos valencianos y comprando billetes de lotería para blanquear dinero de comisiones con partidas de miles de euros, que ya es raro que no les tocase: Emilio Llopis esperaba a los niños cantarines de San Ildefonso como el agua de mayo y se tiraba sus días y sus noches revisando sus cientos de participaciones, lo cual demuestra la estafa –de la lotería y la otra–. Otro tuvo más “suerte”: un vicepresidente de la Diputación de Valencia, Enrique Crespo –caso Emarsa– hizo del sorteo una roldana psíquica y ganó 11 millones de euros en la lotería de la Navidad de 2011, lo cual demuestra que si no te hinchas a comprar números, el gordo ni toca… ni se te acerca.
¿Dónde están los ideólogos de las Españas de hoy? Consagrados a hacer política de sus grandes y graves limitaciones éticas. Mientras Taula le estalla en la cara, el Congreso se divierte jugando a los sillones o a ser musa de la tele: el político de temporada y estraperlista, que no conoce la ropa entallada ni la chaqueta cruzada de la alta política, busca su asiento, así que corran, señorías, y den vueltas al hemiciclo. Y si hay que darlas alrededor del trono, pues también. Está en juego el sucio arte de triunfar en política, nada menos. Los españoles… a ver el fútbol y la champions league o el telediario, que viene a ser lo mismo.
@DavidFelipe1975