Muchas son las voces que reclaman su indignación desde las páginas de la prensa “cultural” esta semana. Algo nuevo para distraernos del teatrito político. Los cervantinos oficiales se quejan. Montan su particular retablo para alborotar a los incautos. ¿Cuál es la razón del enojo de mentes serenas y destacadas como la de Rico, Trapiello y Marías? La respuesta es sencilla: no ha llegado todavía el plan oficial de las conmemoraciones del cuarto centenario de la muerte del gran Miguel de Cervantes Saavedra. Si no hay plan, tampoco existe presupuesto. Toda la vida cultural se desmorona y decae ante los ojos de los académicos. Desolación, dicen unos. Apatía, añaden otros. En fin, un lamento generalizado se recoge en la expresión: “Que los ingleses se queden a Cervantes; lo tratarán mejor”…
Es fascinante el pueblo español y su cultura. Mejor dicho, su trato a la propia cultura: es tan peculiar que pueden “regalar” a Cervantes, Lope, Calderón, Quevedo y Garcilaso a cualquier otro país del mundo sin que esto afecte lo más mínimo su legado cultural. ¿Cómo es posible? ¿Será una exageración? Al contrario, es un hecho comprobado de que la cultura en lengua española es tan rica que si nos olvidamos de unos autores, siempre descubrimos un millar de otros. Y para comprobarlo, hojee, amigo lector, la Historia de la poesía hispanoamericana, de Menéndez Pelayo, y para la prosa las colecciones de diarios y relaciones. ¿Por qué Gran Bretaña se empeña tanto en promover a Shakespeare? Es único. No hay otro nombre, contemporáneo de Shakespeare cuya obra traspasara las fronteras de Albión, mientras Lope, Calderón, Garcilaso, Quevedo transformaban el teatro europeo y su prosa. El propio Shakespeare se inspiraba en lecturas españolas, entre las cuales el Quijote. The History of Cardenio es el ejemplo más palpable por el nombre del pastor cervantino, pero si analizamos las tramas de las obras europeas del XVI y XVII nos encontramos con muchas más afinidades. De este modo, poco sirven los aspavientos de los sabios sobre la “entrega” de Cervantes a los ingleses. Estos ya homenajean a Cervantes, aunque sea de modo indirecto, promoviendo a Shakespeare.
La actitud de los sabios indignados por la pasividad institucional debe hacernos pensar. Apelan a los llamamientos que hicieron años antes del centenario cervantino al Ministerio, al Gobierno, a la Academia… Demuestran su malestar, claman contra los gobernantes y contra España, y contra el pueblo español. Pero ¿qué han hecho ellos, los grandes cervantinos, las élites “culturales”, para que la obra de Cervantes siguiera presente a pesar de las inercias estatales? ¡Ah!, han traducido al Quijote del castellano al castellano. Gran logro para divulgar la obra entre los indocumentados o ingenuos. Da igual que esta “traducción” echa al corral y denigra la tradición de los más destacados filólogos que confirmaron que la lengua que hablamos llegó a su plenitud en los siglos XVI-XVII. Da igual que esta traducción equipara el inglés de Shakespeare con el español de Cervantes, sin tomar en consideración que la gramática de Nebrija escrita en español, no tiene parangón en la filología inglesa, excepto Pamphlet for Grammar de Bullokar (1586), donde todas sus gramáticas fueron redactadas en latín hasta 1685. Además, la sedicente traducción desvirtúa el meollo del Quijote que es una ironía sobre el habla arcaica de las novelas de caballerías. La traducción, o mejor, el ejercicio para un erudito ocioso, aniquiló la ciencia filológica y la obra literaria, pero la Academia iba de palmeros. ¿Qué han dicho los mismos sabios sobre el craso error de la lápida cervantina en la Iglesia de las Trinitarias? Nada. Persiles puede ir acompañado por Segismunda o por Sigismunda, ¡qué más da! A Cervantes le da igual y a los académicos les va la marcha, porque el acto de inauguración fue incluido en los planes ministeriales.
En resolución, amigo lector, Cervantes no ha fracasado aunque no conmemoren su muerte. Fracasaron los cervantinos, los especialistas en su obra, sus traductores y editores, porque sus obras no añaden ni quitan importancia a Cervantes. Con el mismo éxito que se dedicaron a enmarañar las páginas podrían haberse dedicado a cavar sus huesos. Si no supieron divulgar a Cervantes en sus obras e investigaciones, tarde es dar voces sobre la negligencia del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Sus esfuerzos y reclamos son tan útiles como las pintadas alas del Cupido que iba en las Cortes de la Muerte (El Quijote, II, cap. XII).