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ENTRE ADOQUINES

Pedro Sánchez, Mr. No dijo Sí

miércoles 03 de febrero de 2016, 20:15h

Que este farragoso proceso político nuestro - los votos de aquellos que nos dignamos a ir a las urnas nos metieron en un berenjenal al que los políticos definen pomposamente como “llamada al diálogo” - coincida con el inicio de los caucus y las primerias en Estados Unidos, resulta, si uno tiene fuelle y estómago para comparar, de lo más curioso y aleccionador. Por una parte, para que dejemos de pensar que nuestro sistema electoral es el colmo de la complejidad – malo o desfasado, desde luego que sí – y, por otra, para que veamos cómo debería elegirse al candidato de cada partido mucho antes de que llegue el momento de las elecciones. Porque no vale cualquiera. Los expertos politólogos – algunos se consideran como tales solo por participar en tertulias – dirán que comparar el sistema electoral español con el estadounidense equivale a complicarse la vida con el asunto del huevo y la castaña, aunque personalmente me resulte solo un sano intento de poner los pies en la tierra, mezclando, a pesar del consiguiente lío, churras y merinas.

Vamos, que todos somos, votemos como votemos, con independencia del país donde lo hagamos, personas que están en este mundo (el privilegiado) con, en el mejor de los casos, preocupaciones tan cotidianas como estudiar, encontrar un trabajo, formar una familia, disponer de un hogar más o menos humilde, cobrar una jubilación llegado el momento, obtener asistencia sanitaria en caso de enfermedad y disfrutar, en definitiva, de nuestro paso por la vida teniendo cubiertas las necesidades más básicas. Si hablando de sistema electoral alguien rebate que España y Estados Unidos no pueden ser países más antagónicos, les confieso que siempre me ha llamado mucho más la atención lo que supone que en España, como en el resto de los países de la Unión Europea, sigamos pensando que la política del “Estados del bienestar” supone exigir cada día más sin admitir su creciente coste y que en Estados Unidos, donde el darwinismo social sigue rigiendo los destinos de la gran mayoría, hasta un presidente se tope con un rotundo muro a la hora de intentar extender ayudas estatales que palien las carencias, circunstanciales o permanentes, de sus ciudadanos. Esta sí que me parece una gran diferencia, a pesar de que países europeos como Dinamarca ya estén poniendo límite a su política del “bienestar” ante la llegada de refugiados, confiscando sus pertenencias cuando superen determinada suma, porque, alegan, para todos no hay. En esta necesaria cobertura social es donde EEUU y Europa son dos mundos.

Sin posibilidad de segunda vuelta electoral para aclarar directamente nosotros, los votantes, lo que queríamos para los próximos 4 años, ahora tenemos que asistir a la interpretación que cada líder político realiza a costa de nuestros votos. En esas estamos, admitámoslo. Con tertulianos erigidos en portavoces y políticos convertidos en adivinadores, tenemos que conformarnos con tardes bochornosas como la del pasado martes. Cinco ruedas de prensa, cinco, ninguna de las cuales tenía desperdicio. Primero, la de Rajoy: más que de costumbre a su aire, que parecía que nadie le había ni siquiera insinuado lo que significaba que esta vez el rey no le hubiera ofrecido la investidura. Inmediatamente a continuación, un enrabietado Pablo Iglesias, tan distinto del día anterior en el tono de su discurso que a todos nos dio por pensar que sabía algo que los demás sabíamos, pero que luego pudo comprobarse que en realidad simplemente había derrapado por querer ir más deprisa. Acto seguido, el pulcro Rivera, mucho más tempestivo e informado, ya daba la espalda a Rajoy acusándolo de haber perdido su último tren, de haberse tirado del caballo, y se ofrecía de santo mediador: “que pase el siguiente”. Casi sin tiempo para comentarlo, Patxi López confirmaba que Pedro Sánchez había dicho que sí a Felipe VI y que con unas semanitas de plazo, quizás un mes, nos montaba un gobierno como un Sol. Y por fin, el citado protagonista ensayaba, con una sonrisa nunca antes vista en él, es decir auténtica, el discurso de lo que podría ser su investidura. ¿Habemus Papam?

Mientras, en el lejano Estado de Iowa, durante el inicio de la larguísima carrera para llegar a convertirse en candidato presidencial, los votantes empezaban a hablar en caucus y primarias de forma que ningún político tuviera ocasión ni tentación de querer interpretar lo que decían. Y el primer mensaje resulta, a mi juicio, envidiable: no a radicales como Donald Trump; sí a la continuidad de las reformas de Obama que promete Hillary Clinton en un país donde todavía tienen que hablar los demás Estados. Hasta que llegue el momento de ver una verdadera “fumata blanca”.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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