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ÓPERA PRIMA DE DANIEL GUZMÁN

A cambio de nada: frescura en el extrarradio

jueves 04 de febrero de 2016, 21:46h
La ópera prima de Daniel Guzmán, A cambio de nada, sabe buscarse una identidad propia dentro del explotado subgénero de la adolescencia de extrarradio. La abuela del realizador, con un papel destacado en la cinta, es una bendición.
A cambio de nada: frescura en el extrarradio
Desnudo, contemplando el Mundo, o mejor, su mundo. Así, como el protagonista de su cinta al final del segundo acto, se ha quedado Daniel Guzmán tras parir su ópera prima, A cambio de nada, diez años después de dejar en 'standby' una acomodada carrera como actor para lanzarse a la aventura tras la cámara. Lo hizo, de hecho, a cambio de nada, movido –y no es poca cosa- por la certeza de saber lo que se quiere. Pero al final, le está dando mucho: el reconocimiento empapado en cariño de sus compañeros de profesión, un buen recorrido en festivales (fue Biznaga de Oro en Málaga) y una respuesta en taquilla muy positiva teniendo en cuenta el “tamaño” de la película (se estrenó con sólo 105 copias).

A cambio de nada no deja de ser un retrato del adolescente problemático de extrarradio, en la línea de cintas como Barrio, de Fernando León de Aranoa, o 7 Vírgenes, de Alberto Rodríguez. En este caso, el chico se llama Darío, vive en un barrio de Madrid y lidia con la separación de sus padres junto a su amigo incondicional –más responsable y cauto, fiel como él solo y poco agraciado en lo físico- Luismi. Cuando la cosa se tensa, Darío se escapa de casa, consigue un medio trabajo y algo parecido a una cama en el taller de un conocido del barrio, Caralimpia, el perdedor con aires de héroe que vive en los márgenes de la ley; y conoce a Antonia, una mujer que recoge muebles de las calles con su motocarro para venderlos en un puesto del rastro, la soledad hecha carne.

A pesar de que el planteamiento ha sido contado muchas otras veces en nuestro cine, hay que reconocerle a Guzmán varios puntos a favor. En primer lugar –y aquí, quizás, no entre tanto el espectador de salas como el especializado-, es admirable la honradez del cineasta en su visita al pasado. Guzmán se autorretrata en A cambio de nada. Se pone de nombre Darío y se cuenta a sí mismo y a sus circunstancias, sin pretensiones de heroicidad ni ceremonias a los últimos días de la niñez o los primeros del mundo adulto celebradas desde la experiencia del hoy. Naturalidad y frescura como base de su receta para narrar sin grandilocuencias, ejercicio muy logrado gracias al cuidado de los diálogos –los chicos de 16 años hablan como los chicos de 16 años- y a unas interpretaciones bien entonadas del dúo protagonista, Miguel Herrán y Antonio Bachiller.

Por otra parte, y derivado de ese desapego a la épica, la cinta no se adentra en la oscuridad y el tremendismo propios de la mayoría de su género. Sí, hay unos padres divorciados que no pueden estar en la misma habitación sin lanzarse puyas y que, perdidos en lo que les separa, no actúan conforme al bien de lo único que los une. Pero hay que agradecerle a Guzmán que no transite por los parajes del maltrato, el alcoholismo, las drogas, la prostitución o la muerte. Un alivio que le otorga personalidad a la película y que facilita el juego entre el drama y la comedia, fluido y convincente.

En tercer lugar, hay una línea transversal a toda la cinta que tiene que ver con la nostalgia del pasado y que, probablemente, salga de nuevo del propio autoanálisis de Guzmán. Ese Caralimpia que vive de las redes sociales que existían antes de Facebook y Twitter (no, no Menssenger ni MySpace), que apela al “código de honor” como si viviera en una película de piratas, que pide a los proveedores que “le fíen” y siempre tiene en mente el gran y último golpe que le proporcionará una buena vida; un Lute del siglo XXI. Esa Antonia en una casa de paredes empapeladas, sobreviviendo en el pequeño comercio en la era de la gran superficie y lo digital, manteniendo intacta la habitación de un hijo ausente que bien podría ser la del propio Guzmán. Y esa banda sonora, eminentemente diegética, que va de Julio Iglesias a La Polla Récord. De nuevo, la película adquiere aquí una identidad propia, ambientada en el hoy, pero con unas referencias muy marcadas que remiten al tiempo del que bebe el origen de la historia.

Por último, un nombre propio: Antonia Guzmán. Su abuela era una de las condiciones 'sine qua non' para que Guzmán estrenara la película que realmente quería hacer. Y su participación es, de hecho, uno de los pilares sobre los que se sustenta el ese alma honesto y puro que define la cinta.

Una propuesta amable que, aunque quizás no sorprenda, ha sabido encontrar una identidad. Un bautismo del director que puede entenderse como necesario, un soltar marras como punto de partida. A partir de ahora, estaremos pendientes de Daniel Guzmán.


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