Grecia acaba de padecer su primera Huelga General de este año 2016, la tercera contra Alexis Tsipras desde que es primer ministro de su país, y, sin duda, la de más contundentes resultados. Los aeropuertos vacíos, la flota atracada en los puertos, el transporte público paralizado, bloqueos en puntos neurálgicos de la red de carreteras a cargo de los agricultores, los hospitales públicos en servicios mínimos y unos 50.000 manifestantes en las calles de Atenas son algunas de las estampas que está dejando esta Huelga General. El motivo de estas masivas protestas es el rechazo a los recortes en la seguridad social y en el sistema de pensiones que el Gobierno izquierdista ya tiene perfilados y se dispone a ejecutar sin más contemplaciones. A estas alturas es muy obvio que la formación de Syriza lleva sistemáticamente a cabo lo contrario de lo que propugnaba en sus programas y predicaba en su agitación social con la que desestabilizó a los partidos tradicionales y estranguló la incipiente recuperación económica helena.
Idéntico desprecio a los resultados de las urnas se puso de manifiesto cuando ganó un referéndum contra el tercer rescate, para acto seguido plegarse a condiciones más duras que las denunciadas contra sus oponentes políticos. Y exactamente lo mismo se vivió el pasado año al darse vía libre a los desahucios por razones hipotecarias, poniendo fin a la moratoria anti-desahucios acordada por la derecha y los socialistas. Ahora le toca el turno a las pensiones y la seguridad social. O no era cierto que las cosas se podían hacer de otro modo, o a Syriza lo único que le importaba era hacerse con el poder, utilizando la demagogia más descarada para despejar el camino, y ejercerlo después de espaldas a la ciudadanía y a sus compromisos políticos. El cinismo de Syriza alcanza tal extremo que ha llegado a apoyar la Huelga General contra su política social, al mismo tiempo que no le tiembla el pulso para ponerla en práctica. Una charlotada en toda regla. El propósito de esta charada, obviamente, es justificarse en las redes sociales sugiriendo que su alma está con las reivindicaciones de los huelguistas, pero que tiene que ceder a las presiones de los acreedores europeos. La culpa siempre es de los otros.
Conviene tomar buena nota de esta línea de actuación. El propio Alexis Tsipras se ha vanagloriada de que tras su llegada al poder “Europa ya no es la misma.” ¿En qué? Su supuesta política contra la austeridad ha resultado ser, un año después, una estafa mayúscula. Lo que no impide que el jefe de filas de Syriza señale a la coalición de izquierdas de Portugal y a la supuesta alianza del PSOE con Podemos como ejemplos de la aparente revolución que él dice haber puesto en marcha en el sur de Europa. Tras el decepcionante balance de su primer año de Gobierno, la única enseñanza que se puede extraer es la comprobación de cómo se vende el alma a cambio del poder y cómo se utiliza la demagogia populista para traicionar todas las promesas una vez que se accede a la dirección de un país.
Claro que las consecuencias no se limitan a la mediocre gestión de Tsipras que ha de sufrir una ciudadanía engañada. Un desatino de tal calibre invita a sacarse de la chistera imaginarios agravios y retóricos motivos de enfrentamiento con sus predecesores, con el fin de camuflar los despropósitos reales de su Ejecutivo. Además de una mala administración, la sociedad se ve polarizada y sometida a un desgarro estéril. Lleva razón Alexis Tsipras: se debería tener muy en cuenta la política que está realizando en Grecia. Para evitarla, habría que añadir.