El impactante desarrollo y económico social de la capital de la nación en el primer tercio del siglo no constituía un fenómeno nuevo en su historia. En los estertores del absolutismo fernandino, los contemporáneos asistieron, satisfechos, a un proceso de semejantes características en varios de los centros urbanos más importantes de la Península y sus Archipiélagos. Los amantes del primer y gran periodismo español –el que patentaron, a pie de obra y en medio de mil y una dificultades, Larra y Mesoneros gozaron y pueden seguir haciéndolo, con la lectura de esos dos gigantes, respecto a su reflejo en Madrid, bien que, conforme recordara en el artículo precedente, sus secuelas se dejaron sentir en la fisonomía de otros núcleos capitalinos, comenzados a recuperar de los devastadores efectos de la guerra contra el francés y del otro gran desgarro producido en el alma española por el fin del imperio ultramarino en la América continental. Un quindecenio más tarde, es decir, en la generación siguiente a la más castigada sin duda de nuestra modernidad -¡triste y terebrante record!-, el hecho se repetiría advenida la feliz conclusión de la excruciante primera contienda carlista y despegada por fin la sociedad española hacia un afianzado horizonte constitucional y de indudable y elevado desarrollo económico en la década moderada.
Justamente en ella sentó plaza como descollante paseante en Cortes el escritor que mejor conociera y manejase los resortes de la lengua que tendría al autor de Juanita, la Larga como uno de sus escritores más universales, acaso el postrero de sus anales contemporáneos. Dueño ya de los incontables registros de su prosa y en posesión plena de sus no menores ambiciones, el joven cordobés Juan Varela (1824-1905) quedose deslumbrado con el espectáculo de luz y poderío material y social desprendido por un Madrid cuyas metas de progreso y fuerza semejaban enlazarse con sus propias ilusiones y ensueños. En el género en que sería, incuestionablemente, maestro supremo de las letras españolas, el epistolar, el futuro autor de Cartas desde Rusia, observador tan buido en la descripción de tipos y costumbres nos dejó viñetas y cuadros de impagable colorido y penetración a la hora de recoger en sus misivas a su madre la imagen radiante del Madrid que lo acogiera en el kairós acaso más importante de su biografía.
Un ancho medio siglo separara estas correrías valerianas por la Villa y Corte de las emprendidas por el haz de figuras destacadas de la literatura que, con lugar de nacimiento en Andalucía en fechas liminares, grosso modo, con el Desastre, se asentaran en sus barrios mesocráticos para tallarse un porvenir, con el ahínco inherente a una vocación irrenunciable, en el siempre incierto mundo de las letras. Recuperada de las consecuencias más letales, de la gran crisis del 98, el censo de Madrid se abría sin trabas a la aportación de savia provincial. Ese había sido desde siempre su destino y principal razón de ser y la más importante entre sus funciones, revalidando con toda propiedad, al igual que en muchas otras coyunturas semejantes, la legitimidad de su rango y condición. Por lo demás, resultaba normal que, en tesitura tan expectante de bienestar y progreso, no existieran cuotas ni restricciones a los contingentes que, anhelosamente, depositaban sus sueños de bienandanza en la residencia de la ciudad que todavía recibía en gran parte del país la denominación de “Corte”.