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TRIBUNA

Simone Weil

sábado 06 de febrero de 2016, 20:09h

Simone Weil es una de las mujeres más fascinantes del siglo XX. Casi todos las vidas suelen caracterizarse por una decepcionante asimetría entre las ideas y los hechos. Sólo las grandes personalidades son capaces de transformar su existencia en un testimonio de su lucha interior. No se debe confundir esa tensión con el fanatismo, donde no hay un atisbo de duda. Las vidas ejemplares siempre están acompañadas por la duda. No titubear, no conocer la perplejidad y la vacilación, es una manifestación de mediocridad moral y el caldo de cultivo de las peores atrocidades. Casi todas las biografías de Hitler, destacan su fe inquebrantable en unas pocas ideas que jamás experimentaron cambio o evolución. Nunca sufrió el asedio de la duda, que exige ir hasta el fondo de las cosas. Su pretensión no era comprender y, menos aún, hallar la verdad, sino ejercer un dominio total sobre la realidad. Simone Weil sí pretendía descubrir la verdad y, por ese motivo, su pensamiento aún palpita como algo vivo, cambiante y dramático.

Hija de un médico de origen judío, nació en París en 1909. Educada en un clima laico, su inteligencia despuntó en la escuela, al igual que la de su hermano André, uno de los grandes matemáticos del siglo XX. Discípula de Alain, que ejerció una poderosa influencia en su visión del mundo, consigue una cátedra de Filosofía en el instituto de Le Puy, con sólo veintidós años. Durante sus años de formación en la Escuela Normal Superior, se interesa por la lucha sindical y obrera, pero sin afiliarse a ningún partido. Cuando empieza a ejercer la docencia, cede la mayor parte de su sueldo a los trabajadores en paro. La pobreza le parece la única opción ética en un mundo marcado por la desigualdad. No se trata sólo de conciencia social, sino de un acercamiento intuitivo a la experiencia religiosa: “Me sentí fascinada por San Francisco de Asís desde que tuve noticia de él”, escribiría años más tarde. “Siempre he creído y esperado que la suerte me llevaría un día por la fuerza a ese estado de vagabundeo y mendicidad en que él entro libremente”. Su pasión por la filosofía y la enseñanza no logra retenerla en las aulas. Desea vivir como una obrera, soportando la precariedad y la dureza de un oficio manual. Durante año y medio, trabaja como fresadora y como operaria de Renault. La experiencia le resulta demoledora. Su frágil constitución no soporta las condiciones laborales de la época: “Estando en la fábrica, confundida a los ojos de todos, incluso a mis propios ojos, con la masa anónima, la desdicha de los otros entró en mi carne y en mi alma”. El comportamiento inhumano de los supervisores se graba en su memoria como una herida imborrable: “He recibido para siempre la marca de la esclavitud como la marca de hierro candente que los romanos ponían en la frente de sus esclavos más despreciados. Desde entonces, me he considerado siempre una esclava”.

Simone Weil intenta recobrar fuerzas en una pequeña y miserable aldea de Portugal, que vive de la pesca. Su experiencia como trabajadora manual sólo ha acentuado su aproximación a la fe. Una noche contempla a las mujeres de los pescadores, caminando con cirios al lado de las barcas, mientras cantan himnos “de una tristeza desgarradora”. Celebran las fiestas de la localidad, pero su procesión sólo transmite penuria y desesperanza: “Allí tuve de repente la certeza de que el cristianismo era por excelencia la religión de los esclavos, de que los esclavos no podían dejar de adherirse a ella, y yo entre ellos”. Vuelve a la enseñanza, pero cuando estalla la guerra civil española, se alista como brigadista y pasa una breve temporada en el frente de Aragón. Aprende a manejar un fusil, pero no dispara un solo tiro. Las escenas de violencia que contempla le producen horror y consternación. En las trincheras, no hay épica, sino degradación y crueldad. En 1937 viaja a Asís y, un año más tarde, a Solesmes, donde se produce su primera experiencia sobrenatural: “Cristo mismo descendió y me tomó”. Empieza a leer a los místicos, consciente de haber vivido un hecho extraordinario: “No había previsto la posibilidad de un contacto real, de persona a persona, aquí abajo, entre un ser humano y Dios”. Su vivencia mística se enriquece con la lectura de los clásicos griegos, donde llamea incipiente el misterio de la fe. Despliega una actividad incesante: traduce a Platón, publica intensos y clarividentes artículos en Cahiers du Sud, trabaja como jornalera agrícola, traba amistad y se cartea con el sacerdote dominico J. M. Perrin. Cuando los nazis invaden Francia, huye con su familia al extranjero. No hay otra forma de evitar la deportación y el exterminio. Consigue llegar a Nueva York, pero cruza de nuevo el Atlántico para reunirse en Londres con la “Francia libre” del general De Gaulle. Pide incorporarse a la Resistencia, pero De Gaulle sólo acepta su colaboración en actividades propagandísticas. Enferma de tuberculosis, se niega a ingerir raciones de comida superiores a las impuestas a sus compatriotas por las circunstancias bélicas. Su salud se deteriora rápidamente y muere el 24 de agosto de 1943, con treinta y cuatro años.

Simone Weil es un personaje incómodo. Judía, se identificó con el catolicismo, pero se negó a bautizarse por un exceso de escrúpulos teológicos. Nacida en una familia burguesa, hizo causa con la clase trabajadora, oscilando entre el pacifismo y el espíritu revolucionario. Prolífica escritora, casi toda su obra apareció póstumamente. No es una pensadora sistemática, pero sus ensayos y cartas se adentran con inaudita hondura en las cuestiones esenciales: Dios, la belleza, la muerte, la libertad, el sacrificio individual. Algunos consideran que sus actos reflejan un desarreglo neurótico; otros, apreciamos esa grandeza que nace de la voluntad de transformar la vida en un reflejo coherente de un itinerario intelectual y espiritual. En una época poco propicia a las aventuras del espíritu, su muerte puede resultar particularmente desconcertante, pero yo considero que es la mejor prueba de su honestidad: “Para quienes viven de forma adecuada, la muerte es el instante en que, por una fracción infinitesimal de tiempo, la verdad pura, desnuda, indudable, eterna, penetra en el alma. Puedo decir que jamás he deseado para mí otro bien”. Simone Weil no pretendía exaltar la muerte, sino la verdadera vida, que siempre es un camino abocado al encuentro con Dios. En ese peregrinaje, la incredulidad y el miedo no dejan de salir al paso, incitando a retroceder, pero Simone Weil no dio marcha atrás. Sus dudas son un eco de la angustia que torturó a Cristo en el huerto de Getsemaní. Imitando su ejemplo, aceptó una carga que ponía a prueba su resistencia física y psíquica. Quizá no tenía muy clara su misión, pero yo creo que una de sus frases expresa nítidamente el sentido de su sacrificio: “mostrar a las gentes la posibilidad de un cristianismo verdaderamente encarnado”.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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