Unos titiriteros contratados para el carnaval por la alcaldesa de Madrid y autodenominados de abajo, por sus instintos, sin duda, no tuvieron ocurrencia más vulgar que fastidiar a unos inocentes niños que deseaban pasar un rato divertido ante un escenario de guiñoles. La cuadrilla de comediantes se dedicó con rencor guerracivilista a enaltecer la violencia, la irreligiosidad y el terrorismo en un escenario más dantesco que carnavalesco. Los autores del disparate demostraron su obsesión por la propaganda, la destrucción de valores y lo morboso, ¿cómo no dar rienda suelta al sexo y al crimen en el adefesio de espectáculo que montaron? Uno de tantos pecados del comunismo soviético fue adocenar la cultura y el arte, cercenando el florecimiento de las más puras actividades artísticas que nacen del espíritu del hombre. A través de comisarios y consignas ideológicas la cultura se mecanizó y se hizo uniforme y gregaria. Han pasado más de cincuenta años desde que Czeslaw Milosz y Raymond Aron escribieran La mente cautiva y El opio de los intelectuales, respectivamente, y todavía hay una izquierda nostálgica del sometimiento a la estricta obediencia de la URSS, que permanece aislada en sus reductos dogmáticos. Con su “liturgia de la mentira” como advierte Fernando Sánchez Dragó, ni sabe ni quiere saber que el arte sano y libre es una necesidad.
En la capital de España se demuestra diariamente la incapacidad para generar cultura de quienes tienen como modelos, no a Plauto o Terencio, ni a Lope de Vega, Shakespeare o Jacinto Benavente, sino a milicianos y brigadistas internacionales del “No pasarán”. ¿Qué sería de las generaciones venideras dejando la educación en manos de esta tropa? Lo mismo que les sucedió a miles y miles de niños y adolescentes alemanes cuando llegaron los cuadrúpedos con sus camisas pardas: enfermaron de fanatismo, odio y barbarie. Desde su engreída superioridad moral estos lacayos creen dirigir sus creaciones a mentes de cierto primitivismo. Eso es calumniar al público, a su buen gusto, buen juicio y buenas costumbres. Lo más positivo del suceso fue la atinada reacción de la ciudadanía. Los padres allí presentes enseguida se percataron de la manipulación y el adoctrinamiento que estaban padeciendo sus hijos y se rebelaron ante tamaña injusticia y abultada majadería. Aun hay esperanza. No toda la sociedad se halla anestesiada ante tanto desbarajuste moral y tanta formación ramplona.
Y mientras, la alcaldesa de Madrid y su equipo de desgobierno a buscar responsabilidades. Que se miren a sí mismos y las encontrarán, porque la política consiste en armonizar a los hombres en una sociedad, aglutinar y vertebrar a toda la nación y no elucubrar montajes para la agitación política e ideológica, generando una vastísima siembra de ignorancia y resentimiento. El gobierno municipal de Madrid no solo es letal para la inteligencia, también para la convivencia.