Los modos de la democracia II: El concepto de ciudadanía
viernes 25 de enero de 2008, 21:25h
El liberalismo político se fue readaptando, no sin dificultades, a las nuevas circunstancias históricas a lo largo del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Así se transformó en democracia liberal, la cual tuvo que reinventarse en unas pocas décadas, con dos guerras mundiales de por medio, para responder a la nueva sociedad de masas, que era el fruto del propio desarrollo del liberalismo y de la segunda revolución industrial. La democracia de masas trajo la democracia de partidos y el parlamentarismo liberal entró en crisis y hubieron de transformarse notablemente los modos de la propia democracia. Fueron muchos los autores de izquierda y derecha que pensaron que el liberalismo había quebrado definitivamente y que el parlamento había perdido su sentido originario, sometido como estaba a las actuaciones de los diputados en bloques partidistas sin que el diálogo sirviese de punto de encuentro. Carl Schmitt fue uno de los más lúcidos analistas de esta crisis, bien que para arrimar el ascua a su sardina antiliberal, pero el liberalismo transformado, corregido, democrático, enriquecido con ideas sociales o socialista, si se quiere, ha mostrado una fortaleza y una utilidad maravillosa.
El Diccionario de la Real Academia Española define modo de las siguientes formas -cito las que aquí interesa: 1) Aspecto que ante el observador presenta una acción o un ser. 2) Procedimiento o conjunto de procedimientos para realizar una acción. 3) Moderación o templanza en las acciones o palabras. 4) Urbanidad y cortesanía en el porte o trato. 5) Forma variable pero siempre determinada que puede recibir un ser, sin dejar de ser el mismo.
Todas estas acepciones cuadran bien con el concepto de democracia liberal que aquí se maneja. La última le era especialmente grata a María Zambrano, que sabía bien del origen de la misma por su maestro Ortega. “Modo” es una palabra técnica en la filosofía de Suárez para definir la sustancia como algo no estático, cuyas implicaciones últimas quizá el propio escolástico no vio. Leibniz, que decía haber aprendido en Suárez su metafísica, se percató raudamente de las consecuencias de tal definición y vio claro que el ser se debía entender como una vis activa. El hombre y todo lo humano tiene que comprenderse en perspectiva individual y social, desde un presente que implica un pasado y se orienta hacia un futuro. Así, al pensar hoy la democracia, tenemos que adaptar sus modos al tiempo presente sin renunciar a sus fundamentos.
La democracia es un nivel alcanzado, una altura a la que ha llegado lo humano y de la que no conviene descender si no queremos deshumanizarnos, pero los modos de la misma no son rígidos y deben poder adaptarse a las sociedades complejas en las que vivimos. Conviene repensar el concepto de ciudadanía, base de la democracia, en un doble sentido. Primero: la soberanía nacional-popular tal y como es entendida desde el siglo XIX resulta un concepto demasiado estrecho para un mundo globalizado. Hay que articular nuevos modos para una efectiva representación de la ciudadanía en los organismos internacionales, cuyo peso cada vez es mayor en la política aunque algunos quieran retrotraernos a los condados y señoríos medievales. Esos nuevos modos de representación no tienen por qué pasar necesariamente por el esquematismo de un ciudadano un voto y de elecciones periódicas, no obstante ser un sistema de representación que hasta ahora se ha mostrado válido y efectivo. Las formas de representación pueden ser muy diversas, lo que hay que garantizar es que sean verdaderamente representativas de la voluntad popular, que hayan pasado por las instancias jurídicas pertinentes y que estén articuladas en la ley. Ni lobbies, ni la democracia boba de las encuestas internautas sin ninguna garantía no ya política sino ni siquiera estadística.
Segundo: la idea de soberanía popular no se ajusta a lo que vemos diariamente como pueblo. El pueblo ya no son los mayores de edad con derecho a voto, sino un conjunto social más heterogéneo. No se trata de abrir la mano sin más y sin meditación previa de sus implicaciones a todo residente en un país, pero no se puede excluir sistemáticamente del gobierno de los asuntos públicos -¿no habíamos dicho que esto era la democracia?- a las personas en función de su nacionalidad, cuando contribuyen cotidianamente al -digámoslo con una expresión clásica-, bien común. El liberalismo fue en su origen revolucionario, y no puede anclarse ahora en un conservadurismo nacionalista.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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