La política es una profesión de alto riesgo. El político siempre es despreciado. No importa su talento ni su talante, ni su inteligencia ni su sensibilidad. El político camina en el filo de la navaja. Si lo hace bien, la gente dirá es su oficio; pero si se equivoca y termina mal parado, la gente dirá: se lo ha ganado a pulso, era un majadero. Pocas profesiones hay en el mundo tan denigradas como la de político, quizá por eso, por esa mala fama, a muchos les cuesta hablar bien de los políticos. En las épocas convulsas, como la que vivimos, sale lo peor de los profesionales de la política. El político por el simple hecho se serlo sufre una mengua de su personalidad moral, pero, cuando se equivoca tan estrepitosamente como Rajoy al negarse a someterse a la investidura, puede arrastrar al país al precipicio. Es, en verdad, cuando estamos al borde del abismo, cuando adquiere su verdadero sentido el complejo significado de la palabra política. Claro que es importante la política y, sobre todo, contar con buenos políticos.
No creo que Rajoy pase a la historia por su buen hacer político. Más aún, creo que está llevándonos a un callejón sin salida. No ayuda a sacarnos de la profunda crisis institucional que sufre nuestro país. La perplejidad en la que nos dejó su decisión de no atreverse a formar Gobierno solo es comparable con el obstruccionismo que cada día ejerce para que otros no formen gobierno. Independientemente de que haya tratado de influir en la decisión del Jefe del Estado, en la que no entro porque carezco de un solo dato fiable, es difícil hallar en la historia de España a un gobernante que se niegue a ser el protagonista principal de un proceso de investidura, sobre todo si se tiene en cuenta que representa a la fuerza política más votada. Visto a distancia ese proceder suena extraño. Pero ahora, después de una semana que ha transcurrido desde que el Rey le mandara a Pedro Sánchez formar Gobierno, la cosa no es una rareza sino que empieza a resultar perversa. Es una terrible puerilidad. Es como si Rajoy se negara a cualquier solución para conformar un Gobierno.
En efecto, Rajoy está cumpliendo a rajatabla su negativa a conformar un gobierno para España. Retrasa su encuentro con Sánchez. No dice cómo podría ser un gobierno tripartito del PP, PSOE y Ciudadanos. Y, en fin, persiste en su error: primero se lo dijo al Rey; después, para que todos nos enterásemos bien, se lo comunicó a los españoles: no puedo conformar gobierno, pero me quedo para que otros no lo consigan sin que yo lo presida. Ni come ni deja comer, como dicen los castizos; y ayer, ante el Grupo Parlamentario del PP en el Senado, lo repitió con otras palabras y, además, hizo una advertencia digna de comentario:"Los números pueden dar para sacar adelante una investidura pero la falta de coherencia y los intereses tan dispares hacen imposible en España un Gobierno que se pueda considerar como tal sin el PP, imposible."
Puede no gustarle al señor Rajoy, obviamente, un Gobierno que sume los votos del PSOE, Podemos y otras fuerzas políticas separatistas, pero decir que es imposible es negarse a aceptar la realidad. A su terrible banalización de la política, durante cuatro años, ahora habría que añadirle otro vicio político e intelectual, mantener que es imposible lo que parece a ojos de todos los españoles es “una posibilidad real”, a saber, un Gobierno de Sánchez e Iglesias. La puerilidad de negar lo real es, en fin, el peor vicio de un político.