El presidente del Gobierno en funciones, Rajoy, lanzó un búmeran sobre las cabezas de los políticos. Confía en que regresará a sus manos tarde o temprano. Es posible, hasta probable. Olfato no le falta, a pesar de cuanto dicen. De creer lo dicho a derecha e izquierda, estaríamos ante un caso triste de la historia reciente de España. Los medios telemáticos ya han convertido el presente en parte de la memoria histórica. Lo fabrican y empaquetan a gusto. Crean su auténtica sustancia, la tensión que lo alimenta: la expectativa. Este dramatismo del instante, al que se atrae el pasado y reduce el futuro, es la verdadera esencia mediática de hoy día. Los medios sociales viven de tal drama. Lo fomentan con intensidad. Lo convierten en “meme” (Richard Dawkins). Cuando consiguen el clímax ansiado, funciona todo: audiencia, nóminas, aplausos, créditos, propaganda. El espectáculo.
De casi nada o poco le sirve a este presidente revirar un legado penoso del equipo de gobierno anterior, longevo de ocho años de legislatura (2004-2011) y tan hondo, profundo de deuda pública. La suficiente como para enredar al heredero y no permitirle levantar cabeza durante cuatro años (2011-2015). Ni siquiera abrir, o casi, el programa electoral que le otorgó mayoría absoluta de votos en 2011. Una legislatura confiscada por el índice elevado de paro y circuida por el déficit de Estado. Tampoco le ayudaron ni empujan los elogios recibidos de otros presidentes e instituciones europeas y americanas: Merkel, Cameron, Hollande, Obama, Christine Lagarde, por citar los más conocidos. Y de seguir oyendo a quienes lo demonizan asignándole todos los males presentes de España, nada dice a su favor la tasa más alta de crecimiento económico en Europa, del tres por ciento.
Rajoy es, dicen, el chivo expiatorio de la situación precaria que vivimos. Nadie más tiene la culpa de que el paro haya bajado, la hacienda crecido, el empleo mejorado, aunque poco, y de que las expectativas sean halagüeñas. Es, afirman, el mentiroso por excelencia, al que le salen enanos por todas partes. Sus mentiras y ardides tapan los de otros, tan o más sonoros que los suyos, pero mejor disimulados. En un examen de manipulación icónica, pierde frente a sus adversarios inmediatos. No genera titulares de prensa toreros. Es hombre de despacho. Y a España no le basta el argumento económico. Quiere calor humano. Se entiende mejor cara a cara para leer las intenciones del gesto.
Y ahí está, esperando que del horizonte surja el búmeran rebotado de cabeza en cabeza. Pendiente de que no le dé a él en pleno rostro. Y confiado exclusivamente en el sensus communis, fondo del realismo práctico.
Si nos remitimos al drama antes citado, lo que falla aquí es precisamente el sentido común que, hasta ahora, le ha funcionado al presidente Rajoy. Y quiebra porque ha cambiado el concepto de opinión generalizada. Hoy depende de la telemaquia, de la vigencia creada por los medios de comunicación con el gancho de las expectativas. La recuperación económica suscita de inmediato el deseo del objeto común. Quien aún no lo tiene, lo ansía, sobre todo si la ocasión supuso sacrificios, renuncias, pérdidas, ajustes. Surge el mimetismo, la imitación, dice el filósofo francés René Girard interpretando la mimesis clásica y la catarsis que desencadena al convertirse el drama, la acción escénica, en cura o sustituto del conflicto representado. El deseo del objeto apetecido responde a un modelo creado por el interés común cuya mediación se convierte en litigio por ambición apropiadora de sujetos o colectivos enfrentados. Se pasa entonces a la fase de mimesis nombrada de antagonista. Surge el conflicto, la contrariedad, y a veces, cuando desaparece la raíz cultural, religiosa, económica, o se desfonda abriendo una crisis profunda, la violencia. Crispación de palabra, gesto, actitud, mirada, y en muchos casos colectiva, como en civilizaciones de antaño y actuales. La guerra sigue siempre presente en algún rincón o cuenco de la humanidad. Es el aspecto trágico. La cultura y valores citados realizan la mediación de catarsis, como ejemplificó Aristóteles en su Poética. Cuando no es así, se rechaza al sujeto comunitario o agente de la crisis. Se le expulsa o sacrifica. Se convierte en chivo expiatorio. Conocemos de sobra el esquema.
Lo importante de este paradigma acelerado es la transición generada para crear patrones o esquemas de aceptación y rechazo. Hoy cumplen esa función los medios comunicativos. Se elabora un guión con lenguaje preciso y manipulado. En casos, persistente, invasivo, escalonado, recurrente como metralla. Se reparten los papeles con funciones simbólicas efectivas. La publicidad y propaganda adquieren relieve importante. Algunas encuestas colaboran a la creación periódica de vigencias y opiniones. Y una vez creado el esquema, se arroja sobre la víctima seleccionada. Es entonces cuando el antagonista se apropia del objeto imitado y desplaza al poseedor de turno, en cada época histórica con modo propio. Pero el objeto cambia de condición. Es ya lo mediado, el producto del modelo urdido. Un “meme”. Estos fenómenos se replican en paradigma funcional bastante común.
En el caso de Rajoy, el punto culminante de la dramatización fue el puñetazo recibido en Pontevedra durante la última campaña electoral. Y de manos de un joven relacionado con su familia lejana. Puro emblema de épocas históricas, sin grado de tragedia, afortunadamente.
Imaginemos ahora que los logros antes citados del presidente en funciones los cumpliera otro líder de partido opuesto, el de la oposición actual, por ejemplo. Resumiendo: que fuera este quien recibió una herencia económica envenenada; quien la hubiera superado; quien fomentara la expectativa de crecimiento económico más alta de Europa, redujera el paro, adecuara la convergencia fiscal exigida, recibiera el puñetazo. ¿Cuál sería hoy la escena? Se hubiera invertido la función, pero en ningún caso soltaría prenda el líder opuesto, es decir, el poder. Sobre todo si los votos cantasen con diferencia de número más que favorable. ¿Y por qué? Porque el contexto de apropiación posible y de antagonismo ha cambiado mientras la cabeza de Rajoy estuvo hundida en papeles y funciones europeas que no dejan alzar los ojos más allá de la letra y urgencia de Estado. Letra urgida por Bruselas en razón de los préstamos recibidos y la deuda acumulada anteriormente. He aquí otro atributo de este mimetismo: asignar al otro la expiación propia. Se produce una homología de fondo entre “meme” y memo, inducida por ligereza mediática.
Tal es la parte “memética” del tiempo que nos enreda con litigios políticos y amenazas de echar por la borda la mediación social de cuarenta años de vida democrática. Se pretende demostrar a Europa que estuvimos equivocados en todo este tiempo y mientras nos rociaban con millones de euros para que construyéramos un país moderno, competente, arraigado en una cultura centenaria. Y ahora ideamos zafar el pago o condicionarlo con paradigmas ni siquiera nuevos, sino miméticos. Ahondando en la mediación con impuestos más profundos y cualificados, pero que justifiquen el cese de la corrupción por parte. Y se alza el mimetismo a icono, símbolo, emblema. La denominada derecha se deshilacha y fragmenta impotente, sin recursos de imagen paliativa. La izquierda se agrupa y reduce la contienda electoral a todos contra uno: o ganas por mayoría o pierdes la opción. Todos contra el chivo expiatorio. La oposición ya domina el encuadre del objeto deseado. Y el campo social se divide de nuevo en dos secciones, redentores y corruptos. Recupera aliento la lucha de clases, el marxismo y su horizonte utópico, el comunismo. La “acción colectiva” engloba al sujeto en la anonimia del “se” impersonal, dice Ortega y Gasset: se piensa, se hace, se dicta. Y el pronombre, añadimos nosotros, adquiere valor neutro procesual. Entra, según el gramático de turno, en un marco de sustituciones agentes aplicadas por el sujeto que domina el discurso en cada etapa del proceso. Sujeto colectivo, agrupado, anónimo, indeterminado. Dinamiza el discurso en sordina. Y se le asocia un nombre emblemático. Un nuevo líder. Dialéctica del neutro personalizado.
Claro que esto va en serio. Se pretende retrotraer la evidente posdemocracia –tal la denomina Jürgen Habermas– a período preconstitucional. Y redactando un guión que reduce la voluntad del pueblo a sujeto pasivo mientras se crean esquemas oportunos que lo conviertan en agente de cambio ideado por ingenieros políticos mediante transacciones de votos en comandita. Cuando la gente vote de nuevo, serán otros los patrones y emblemas. Y tal vez la apatía y el cansancio de los electores sea un problema añadido. La abstención favorecerá a unos y perjudicará a otros. El conflicto electoral en esencia pura. Y los partidos carecen de autorregulación inmediata. Se estancan en las vigencias. Les cuesta renovarse. Son, como sus cabezas, residuo de una crisis cultural profunda.
El ajetreo de consultas, las quinielas de pactos, amalgamas políticas, sostienen el drama y “meme” mimético. Cada líder aprovecha los focos mediáticos como campaña de nuevas elecciones. Y de momento, dictan todos la pauta menos el presidente interino. A no ser que el búmeran retorne a sus manos galáctico.